Repasamos la brillante participación del cine español en la Sección Oficial de Zinemaldia, claro síntoma del excelente estado de forma por el que pasa el Festival de Cine de San Sebastián

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4 Oct 2021
Víctor Esquirol
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Como ya se sabía antes de que todo empezara a rodar, la 69ª edición del Festival de Cine de San Sebastián iba a estar marcada, en gran medida, por la configuración del palmarés. En específico, por la decisión más importante en este sentido: ¿a quién se iba a otorgar el máximo honor de la Concha de Oro?

Pues bien, el jurado presidido por Dea Kulumbegashvili (última reina donostiarra, merced a la revelación que supuso su ópera prima, Beginning, el año pasado en esta misma plaza) creyó conveniente dar el Premio a la Mejor Película de este Zinemaldia a Crai Nou (Blue Moon), de Alina Grigore la que seguramente fuera la peor propuesta de toda la Competición.

Los premios son lo de menos

Y podría pasar por una catástrofe; por una debacle absoluta. Pero no, de verdad que no. Pues por segundo año consecutivo, el equipo comandado por Jose Luis Rebordinos confeccionó una Sección Oficial realmente envidiable, con un nivel medio muy alto; a la altura, de hecho, del prestigio y la historia detrás de una entidad del -gran- calibre de Zinemaldia.

Y en serio que a partir de aquí, los premios son lo de menos. Igualmente, es de justicia señalar que el palmarés tuvo una única decisión controvertida. La más importante, ciertamente, pero todas las demás consiguieron, en su conjunto, reflejar el excelente estado de forma por el que está pasando la cita donostiarra.

Allí mismo vimos, por ejemplo, la que sin duda puede considerarse como una de las mejores películas vistas este año, sin importar el certamen o la cinematografía que estemos analizando. Después de varios años mostrando pinceladas a cuentagotas, Jonás Trueba presentó por fin el mega-proyecto Quién lo impide, saldado en una cinta de casi 4 horas de duración (de 220 minutos, para ser exactos), o lo que fue lo mismo, una de las experiencias cinematográficas más estimulantes (y por ello gratificantes) de la temporada.

Quién lo impide: Sed de descubrimiento

De lo que se trataba aquí era de seguir, durante cinco años, a un grupo de alumnos de 4º de ESO y 1º de Bachillerato (al inicio del recorrido, se entiende), pero lo que pasó realmente es que se encontraron nuevos usos para una sala de cine. El más joven del clan Trueba nos recordó la naturaleza de ese espacio como punto de encuentro.

De repente, nos abordó la híper-estimulante certeza de estar en un patio de recreo; en un foro de discusión que pedía esto mismo: el debate, el intercambio de opiniones, el compartir con los demás (conocidos y desconocidos) el mar de sensaciones por el que estábamos navegando en ese momento.

Quién lo impide se comportó como un documental, pero también como una ficción romántica, y como un film político, y como un enérgico musical, y por supuesto, como una constante aventura. La épica intelectual de El año del descubrimiento de Luis López Carrasco (la cinta española más importante del curso pasado) tuvo aquí la correspondiente respuesta en el espíritu expeditivo de un coming of age evidentemente marcado por la sed insaciable de descubrir todo lo que nos rodea.

Puro nervio, pura inquietud, recompensada con el Premio a la Mejor Interpretación de Reparto (que recayó al multitudinario y jovencísimo reparto actoral). Y no hacía falta más, porque hay obras de arte que no pueden compararse con otras. Mucho menos competir directamente con el resto de “mortales”.

La hija: Gestación subrogada de telón de fondo

Precisamente, en el Fuera de Concurso estuvo otra de las noticias más agradables de este Zinemaldia. Aunque lo nuevo de Manuel Martín Cuenca, como cabía esperar, tuvo mucho de desagradable. Fuera de la carrera por la Concha de Oro pudimos ver La hija, inquietante fábula familiar convertida en relato de terror, con la gestación subrogada como telón de fondo.

De un punto al otro llegamos a partir de un thriller cocinado a fuego lento, claro, y concretado en silencios, en momentos aparentemente muertos y en escenas de tensión insoportable… en parte, porque detrás de la cámara estaba un hombre en perfecto y muy perverso control de la información que íbamos a recibir.

De esto iba todo, en realidad. De exponer las desigualdades monstruosas que hay detrás de determinados pactos. A nivel superficial, quedaba siempre claro que Manuel Martín Cuenca sabía mucho más que nosotros, porque al suspense siempre le han gustado estos trilerismos, pero sobre todo porque teníamos que vernos en la posición de la joven Irene Virgüez, de una inferioridad flagrante frente a la pareja compuesta por Javier Gutiérrez y Patricia López Arnaiz.

El cuento convertido en combativo alegato político, el que solo puede surgir tras el violento despertar de una conciencia que llevaba demasiado tiempo aletargada.

La abuela: Demonio de vejez

De vuelta a la Competición, el cine español y de género tuvo en La abuela, de Paco Plaza (con Carlos Vermut como guionista y Enrique Lavigne como productor) otro título destacable. El co-autor de la saga [REC] y responsable principal de Verónica declaró en rueda de prensa que lo que quería hacer aquí era una película de posesiones, pero con la vejez actuando como entidad demoníaca.

Y efectivamente, el experimento de juntar a Almudena Amor y Vera Valdez (nieta y abuela en la ficción) en el mismo apartamento resultó en un choque generacional de calado muy universal. La primera miraba a la segunda temiendo a la cada vez más cercana amenaza de la tercera edad, mientras que la segunda se aproximaba a la primera intentando absorber esa juventud que ya no poseía. Números que iban y venían, edades que se confundían y cuerpos que estaban listos para ser intercambiados.

Sin la necesidad de recurrir al susto fácil, Paco Plaza llamó a nuestros miedos más profundos. Lo hizo apoyándose sobre todo en un constante y a ratos muy audaz juego de imágenes reflejadas, ensombrecidas… deformadas, hasta que finalmente nos mostraran la siniestra naturaleza que siempre las definió.

El buen patrón: Oscura lucha de clases

Y por si no tuvimos suficiente ración de Almudena Amor, nos reencontramos con ella en El buen patrón, aunque en esta ocasión todo el protagonismo sería para Javier Bardem. La nueva película de Fernando León de Aranoa vino a completar el ciclo que se abrió, hará ya casi veinte años, con Los lunes al sol.

Mismo director (y guionista) y mismo actor principal para situarse, esto sí, en el otro extremo de los conflictos laborales, reflejos todos ellos de unas distancias (o abismos) entre clases insalvables.

Si antes nos instalamos en la depresión del drama social, ahora tocaría moverse por los peligrosos terrenos de una comedia negra que, una vez pasada la calentura de la carcajada, nos dejaría igualmente en la misma devastación.

León de Aranoa nos presentó al Sr. Blanco, somatización ficcionada (aunque no demasiado) del capitalismo castizo, o sea, de ese caciquismo que hace como que se preocupa por el prójimo, pero que en realidad no hace más que acumular favores que, en un momento u otro (cuando más lo necesite, vaya) se va a cobrar.

El pretexto aquí era una inspección de trabajo que debería situar en lo más alto (o no) a la empresa del tal Sr. Blanco, heredero de un imperio de la fabricación de básculas. Ante tal perspectiva, todo debería ser impecable, o aparentar serlo. En este juego de fachadas y -verdaderas- esencias se cargarían las tintas hacia la podredumbre moral de unas élites parasitarias, egoístas, solo capaces de velar por sus propios (y tóxicos) intereses.

Maixabel: Impecable lección humana

Dejando las bromas aparte, apareció Icíar Bollaín (acompañada por el inconmensurable talento en la escritura de Isa Campo) para adentrarse en esos territorios en los que muy pocos osan aventurarse. Maixabel era la película de la Competición que lo tenía todo a favor… para estamparse estrepitosamente, y aun así, salió indemne de la prueba de fuego.

Es más, el nombre de cada uno de los implicados (Blanca Portillo y Luis Tosar incluidos) salió igualmente reforzado. De lo que se trataba aquí era de dramatizar cinematográficamente la figura de Maixabel Lasa para poner sobre la mesa posibles soluciones al conflicto vasco.

En el hecho de tratar esta posibilidad como tal, radicó buena parte del acierto de una película que lo fió prácticamente todo al guion y a las interpretaciones. Bollaín, muy sobria en la puesta en escena, decidió ponernos rápidamente en contexto (porque desgraciadamente, este telón de fondo sigue estando muy fresco en nuestra memoria) para entrar materia. Una que iba a pedir mucha preparación.

Las prácticamente dos horas de metraje estuvieron dedicadas a esto: a allanar el terreno para un encuentro (no entre víctima y verdugo, sino más bien entre “víctima y victimario”) en el que cada frase y cada palabra tendrían que estar medidas al milímetro. Y así fue, concretándose de este modo una impecable lección -humana- sobre cómo abordar, de manera didáctica y humilde, los temas más complejos (por sensibles, por desgarradores).

Las leyes de la frontera: La prometida evasión

Saliendo de nuevo de la Competición, el cine español acabó de confirmar su estupenda participación en Zinemaldia con Las leyes de la frontera, nuevo trabajo de Daniel Monzón, quien llevó a Donostia la perfecta película de clausura.

Esta adaptación de una novela de Javier Cercas nos llevó a la Girona de 1978 para resucitar, desde una óptica calculadamente comercial, el cine quinqui de genios como Eloy de la Iglesia. Esto sí, como se ha dicho, el acercamiento a dicho mundo estaría planteado desde la cómoda y alegre distancia de una clase media con ganas de explorar los rincones más desfavorecidos de la sociedad.

O si se prefiere, el punto de apoyo sería el de ese cine lúdico, con su debido punto de espectacularidad, en el que los anhelos de libertad del coming of age (de la entrada en la vida adulta, vaya) se iban a canalizar a través la romantización de la vida criminal.

Pura frivolidad, pura diversión para una película que concretó sus promesas de evasión con la efectividad de su enérgico y carismático reparto principal (compuesto por los descubrimientos de Marcos Ruiz, Begoña Vargas y Chechu Salgado), pero también gracias a la efectividad con la que Monzón iba a jugar con el envoltorio cinematográfico: paleta visual colorida, montaje dinámico y una lista de reproducción (a partir de hits de la época y versiones a manos de los sevillanos Derby Motoreta’s Burrito Kachimba) irresistible.


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