La 46ª edición del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva culmina de la mejor manera: dejando constancia, en el palmarés, del alto nivel medio de una cosecha cinematográfica memorable

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20 Nov 2020
Víctor Esquirol
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Tiene un punto de injusto, pero la suerte de un festival se define en parte por las decisiones tomadas por un grupo selecto de personas. De jurados y palmareses hablo. Pongamos que el equipo de programación de un certamen da con una cosecha de películas prodigiosa; que el corte final de títulos hace las delicias tanto de la crítica como del público asistente.

Pero pongamos también que a la hora de la verdad, es decir, a la hora de otorgar premios (es decir, a la hora de emitir un veredicto oficial para señalar así los que deben ser considerados como mejores trabajos), los gustos de este select(ísim)o grupo falla (nunca mejor dicho) al captar el sentir general.

Para poner un ejemplo reciente: ¿qué pasa cuando en Berlín se presentan trabajos colosales de maestros de la talla de Hong Sangsoo, Kelly Reichardt, Tsai Ming-liang o Abel Ferrara… y el premio gordo se lo lleva una cinta tan irregular como There Is No Evil, de Mohammad Rasoulof? Pues que la parroquia se queda un poco con cara de circunstancias.

Lo mismo que ver a un equipo de fútbol combinar virtuosamente con el balón… para que al final este termine estrellándose contra la madera. Del mismo modo, y sin salir de la Berlinale, ¿qué pasa cuando una edición marcada por el nivel medio mediocre de la Sección Oficial es saldada con un Oso de Oro para Ildikó Enyedi y su En cuerpo y alma? Pues entonces se da el milagro, y volvemos a casa pensando que este ha sido un gran año para el festival alemán.

Pero volviendo a Huelva (que a esto voy), ¿qué pasa cuando para su 46ª edición se alinean los astros? En otras palabras, ¿qué pasa cuando los premios consiguen reflejar una selección de películas sin lugar a dudas memorable? Pues entonces pasa que dicho curso clausura con sensaciones inmejorables. El titular es el siguiente: el jurado compuesto Lucía Alemany, Marina Seresesky y Mina El Hammani ha otorgado el Colón de Oro al Mejor Largometraje a Planta permanente, de Ezequiel Radusky (film que también ha conquistado el Colón de Plata a la Mejor Actriz para gracias al trabajo de su protagonista, Liliana Juárez).

Alegría por partida doble, porque con ello se resalta una de las mejores propuestas que este año desfiló por Huelva (tanto en el formato presencial como en el online de Filmin), y porque a pesar de que sus virtudes sean irrefutables, esto para nada significaba que sean obvias. Y ahí está el -discretísimo- del conjunto: en su humildad, en su sencillez… en su honestidad.

El éxito de Planta permanente tiene un componente de emotividad que se corresponde con estos extrañísimos casos en los que el destino (que en esta ocasión lleva nombres y apellidos) decide recompensar a quien realiza bien su trabajo, y que lo proclama sin aspaviento alguno. Porque a veces, aunque solo sea muy de vez en cuando, la justicia se presenta sin que tengamos que llamarla a gritos.

Algo similar se puede comentar con respecto al Colón de Plata a la Mejor Dirección, otorgado a Nicol Ruiz Benavides por La nave del olvido, un film que, como el anterior, al principio podría dar la -falsa- impresión de ser poca cosa… pero que en el fondo es portador de esa cualidad que, por desgracia, tanto escasea hoy en día en el séptimo arte. Hablo de nuevo, y por supuesto, de la sinceridad.

También de un tacto humano concretado no solo en la relación que la cámara establece con los personajes (en este caso, dos ancianas que redescubren el amor, a través de formas que chocan frontalmente con el mundo donde crecieron), sino también en la gestión de unas fugas filo-fantásticas que confirman un tono de realismo mágico que, efectivamente, le viene como anillo al dedo a la historia.

Porque acertar como cineasta es también el resultado de una combinación óptima entre la puesta en escena, la escritura y el trabajo actoral. Y en todo esto, Ruiz Benavides muestra un equilibrio más que envidiable. Pero las buenas noticias no se detienen aquí, porque Corral, de Marcelo Brennand, se ha coronado por partida doble, tanto con el Colón de Plata a la Mejor Contribución Técnico-Artística como con el Colón de Plata al Mejor Actor, concedido este a su protagonista, Thomas Aquino.

Dos aciertos más que dignifican aún más un palmarés ciertamente digno de esta gran edición. Primero, porque Aquino sale airoso de uno de los retos interpretativos más exigentes de la Sección Oficial (para entendernos, la cámara le sigue constantemente, y esto a él no le pesa, al contrario, le hace crecer en confianza).

Después porque Brennand corresponde la ambición de su guion (una híper-pesimista visión del panorama político brasileño) con una potencia en la filmación que le lleva captar la peligrosa y volátil energía del populismo en una serie de escenas de masas (en las que la multitud celebra la banalización de la democracia) que pone los pelos de punta.

Por último, la Mención Especial del Jurado y el Premio del Público ha sido para 2020, documental de Hernán Zin alimentado por la urgencia del año más urgente de nuestra vida. Privado del apoyo aparentemente fundamental de la perspectiva histórica, el director bonaerense consigue levantar un testigo -coral- de excepción para una crisis (del impacto del maldito coronavirus en la Comunidad de Madrid iba todo esto) dramáticamente excepcional.

Con la sangre muy en caliente, prácticamente en el punto de ebullición, algunos de los principales damnificados por dicha enfermedad (pero también por la falta de cintura y/o sensibilidad por parte de la clase política) miran directamente a la cámara y muestran su rabia e impotencia sin ningún tipo de filtro. Y claro, ante esta intolerable injusticia humana, es difícil permanecer insensible.

Estemos de acuerdo o no con las formas, pesa lo más importante: la certeza de que se tenía que estar ahí. Lo mismo sucedió con la 46ª edición del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva: no nos la podíamos perder. El palmarés dio fe de ello.

 


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