Argentina se marca una sesión doble de cine social (‘Planta permanente’) y drama íntimo (‘La muerte no existe y el amor tampoco’) en un Festival de Huelva que sigue desgranando su sección oficial a través de Filmin

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16 Nov 2020
Víctor Esquirol
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Argentina marca territorio con un programa doble de altura. Primero aparece Fernando Salem con una sentencia más que inquietante: La muerte no existe y el amor tampoco.

La muerte no existe y el amor tampoco: revelación en Patagonia

Se trata de un título que, por cierto, aparece partido e intercalado en la propia narración del film, como si se tratara de un conjunto de revelaciones que marcan las etapas en el viaje que debe emprender la protagonista.

Se trata de una joven psiquiatra instalada en Buenos Aires que regresa a su recóndito pueblo natal en la Patagonia, para cerrar una de las carpetas más dolorosas que se puedan llegar a gestionar. Pues resulta que los padres de su mejor amiga (fallecida unos años atrás) le han pedido que se una a ellos para esparcir sus cenizas.

En el gélido invierno austral, el director y co-guionista adapta una novela de Romina Paula que bebe de la fuerza catárquica del regreso. Tenemos a un personaje central que vuelve a sus orígenes, y con dicho acto, vuelve a convivir con la vida que podría haber tenido, pero a la que renunció en un punto del camino. Se apodera así de la historia una cierta atmósfera fantasmal que sorprende porque en ningún momento renuncia al plano más físico.

En esta historia, al fin y al cabo, los muertos pueden establecer contacto directo con los vivos, y los recuerdos que despiertan calan evidentemente en el complejo tejido emocional de un relato que, con todo esto, plasma de manera convincente los anhelos desvanecidos, las desilusiones y las amarguras con las que nos enfrentamos al mundo durante la vida adulta.

Planta permanente: luminoso relato

Por último, Ezequiel Radusky se asocia en la escritura con Diego Lerman para concebir Planta permanente, una película sencillamente redonda. Un trabajo que tiene la rara virtud de abordar de manera sencilla (que no simple) temáticas de una complejidad casi insondable.

Pero no, aquí todo se sigue y se entiende con una nitidez luminosa, que para nada tapa la multitud de capas que componen el relato. Al revés, les da a todas, y con una naturalidad apabullante, una visibilidad ideal para que, al final, al espectador no le falte ningún pedazo de información a la hora de emitir el juicio de valores que pide la exposición de hechos.

Siguiendo los pasos de una veterana encargada de la limpieza de un edificio gubernamental, Radusky pone sobre la mesa una serie de debates, conflictos y tensiones que, dentro de la escala aparentemente mínima en la que operan, ofrecen un mapa muy detallado de los campos de batalla donde se libran algunas de las batallas más definitorias de nuestros tiempos.

Lo público contra lo privado, la regularización y la precarización, la picaresca y la lealtad inquebrantable… y cómo no, lo viejo y lo nuevo. En los espacios visitados visitados por Planta permanente, cabe todo esto, y el conjunto no se satura, sino que siempre parece encontrar algún rincón más para almacenar más sabiduría popular, social… humana.


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