La primera producción española que hace honor a los grandes maestros de los True Crimes tiene sangre andaluza. El productor y director Olmo Figueredo presenta en el Festival de San Sebastián una docuserie que narra el turbulento caso del español condenado a pena de muerte en 1994 en el Estado de Florida

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25 Sep 2020
Esther Lopera

True Crime: dícese de una producción que trata de investigar los entresijos de un suceso real (y turbio) y que se explica desde el punto de vista del propio realizador, a través de entrevistas a los implicados. Los amantes de este subgénero y del periodismo de investigación disfrutarán como enanos de la última docuserie con sello español: El Estado contra Pablo Ibar. Escrita, dirigida y producida por Olmo Figueredo (La Claqueta), esta producción investiga el caso Pablo Ibar, acusado por un triple asesinato ocurrido en 1994 en Miramar, Miami.

El caso de Pablo Ibar

El Estado contra Pablo Ibar se estrena en el Festival de San Sebastián y se trata del trabajo más ambicioso de este director y productor andaluz re(conocido) por todo el sector, gracias a una carrera de fondo como productor que ha tenido frutos como La Trinchera Infinta (Jon Garaño, Jose Mari Goenaga, Aitor Arregi Galdós, 2019), Adiós (Paco Cabezas, 2019) o Tu Hijo (Miguel A. Vivas, 2018).

Con este True Crime, Figueredo se lía la manta a la cabeza e invierte seis años de su vida en desgranar el caso de Pablo Ibar, que fue arrestado en 1994 por un triple asesinato cometido en el sur de Florida. Ibar, hijo de un español y una cubana y sobrino del famoso boxeador Urtain, se declaró inocente desde el primer día. Tras un primer juicio algo turbio, el sospechoso fue condenado a pena de muerte en el 2000 y es aquí cuando recordamos este caso, pues los medios españoles se volcaron en la defensa de Ibar en un ejercicio europeo de firme rechazo hacia la pena de muerte.

Los que estudiábamos periodismo por esas fechas recordamos especialmente el bombardeo mediático: el mono naranja de Pablo inundaba los telediarios y los shows más sensacionalistas, donde se ponía en entredicho una sentencia cubierta por un halo de injusticia y la falta de pruebas.

Figueredo no necesita más de seis capítulos estructurados en forma de thriller para analizar con detalle y precisión las piezas de un caso que ha durado 25 años. La popularidad del suceso y el hecho de que estemos hablando de un español en el corredor de la muerte en Florida convierte este documental episódico en una pieza de alto voltaje que se desmarca de otros True Crimes anteriores por diferentes razones.

El ojo de la cámara (no) engaña

La prueba que condenó a Pablo supuso un antes y un después en la historia de la investigación criminal de los Estados Unidos. Y es que la docuserie explica el primer crimen que había sido filmado en su totalidad, gracias a dos cámaras instaladas en la casa de la víctima: Casimir (Buch) Sucharski. Buch, un playboy que se codeaba con la mafia, estaba obsesionado con filmarlo todo en su casa. El día del asesinato pasaba la tarde con dos amigas, Sharon Anderson y Marie Rogers, cuando dos personas irrumpieron en su casa pistola en mano y perpetraron el triple asesinato. El vídeo muestra 22 minutos de crueldad, maltrato y vejación que culminan con el sonido espeluznante de los disparos que acaban con la vida de las víctimas.

Este es el primer punto fuerte de esta producción, ya que ningún true crime hasta la fecha cuenta con la filmación detallada del asesinato en cuestión. Además, fue la prueba decisiva para encarcelar a Pablo Ibar: uno de los asaltantes no iba cubierto y algunos testigos apuntaron reconocerlo a partir de la grabación. La cuartilla con el rostro de Pablo junto al del asesino circuló por todo el Estado de Florida por su enorme parecido y fue ahí cuando su futuro quedó sellado: 16 años en el corredor de la muerte (de un total de 26 años en prisión).

Parece de recibo que el director utilice esta poderosa herramienta visual para hacer escarnio y conseguir lo que buscan gran parte de las producciones de este subgénero: provocar morbo a toda costa. Pues no. He aquí la primera razón por la que amar este documental: Olmo no se ceba con la filmación y no utiliza las imágenes para hacer un espectáculo, decisión que hay que aplaudir, pues es el recurso fácil en el que (seguramente) hubieran caído la gran mayoría de realizadores.

El rodaje se convierte en parte del proceso

Los dos primeros episodios presentan el caso y a los personajes; explican cómo el resto de pruebas cuelgan de un hilo y muestran algunas de las disfunciones del sistema judicial norteamericano, como la presión a la que está sometida la policía a manos de una sociedad ávida de venganza o la manipulación de los testigos.

Para ello, vemos el material de archivo que el equipo de esta producción recaba para relatarnos el caso. El registro audiovisual del asesinato, entrevistas a los policías, documentos e imágenes del primer juicio, apelaciones, audios de voz de la fiscalía y de la defensa componen un puzle que acabará desembocando en una primera sentencia: pena de muerte.

En 2016 y tras el apoyo institucional y económico del gobierno vasco y de la sociedad española (el padre de Pablo consigue en total más de 1,3 millones de dólares), el Tribunal Supremo de Florida suspende la ejecución y reabre el caso. Es aquí cuando el equipo de Olmo Figueredo entra pisando fuerte y se convierte en una pieza esencial en la historia. Retrata paso por paso los laberintos de un juicio que tardó años en prepararse y que sería la última oportunidad para demostrar la inocencia de Pablo. El director se convierte en parte del proceso, como lo hicieron Laura Ricciardi y  Moira Demos en Making a Murderer; y Jean-Xavier de Lestrade en The Starcaise.

Hacer partícipe al espectador

La productora fue la única empresa que tuvo acceso total a los juzgados para grabar cada detalle de este segundo juicio, y consiguió un material inédito que acerca al espectador, implicándole en el proceso. Uno de los detalles más sorprendentes del rodaje es la astucia del equipo de sonido, microfonando al equipo de defensa y al propio acusado. Una acción que deja al desnudo la presión que ejerce el acusado en su equipo de abogados y que permite al espectador escuchar cada susurro en primera línea.

Quizás por la fuerza de esta material rodado, el director no centra esta docuserie en Pablo Ibar, ni tan siquiera en el debate sobre la pena de muerte; si no que invierte todas sus fuerzas en hacer una radiografía periodística y rigurosa de las dos partes implicadas y de sus satélites.

En este sentido, conoceremos a la fiscalía (los acusadores), formada por el mismo equipo que lo envió al corredor de la muerte; y a la defensa (quizás mejor retratada), un gran equipo de abogados que lucharán y se implicarán emocionalmente para demostrar la inocencia de su cliente. Escucharemos a las familias de las víctimas y también a la del acusado. Las pruebas se presentarán con detalle y se pondrán en duda. Algunos testigos cambiarán sus declaraciones y otros las reforzarán. Veremos qué posición toma el juez y cómo reacciona el jurado ante cada argumento. El presunto culpable parecerá culpable, pero también inocente. La máxima de este documental es que nadie sabe lo que realmente pasó excepto los que allí estuvieron y la duda es un elemento inherente desde el principio.

Más allá de Errol Morris

La ola de las docuseries True Crimes empezó en 2015 cuando HBO y Netflix lanzaron The Yinx, The life and deaths of Robert Durst (Andrew Jarecki) y Making a murderer (Laura Ricciardi y Moira Demos), respectivamente. Pero el verdadero artífice de los documentales sobre crímenes reales fue Errol Morris (The thin blue line, 1988) que mezcló el drama y la ficción junto al relato verídico, una artimaña que utilizó para recrear los posibles escenarios de un crimen, con la meta final de destapar al auténtico culpable.

Figueredo coge el relevo de los maestros, pero huye del espectáculo y las trampas para tratar al espectador con respeto y permitirle que sea él quien extraiga sus propias conclusiones. ¿Por qué contar cuando puedes mostrar? Él pone sobre la mesa y bajo lupa el caso de un asesinato complejo, sin trampa ni cartón, y lo disecciona evitando contaminar al espectador con su visión, componiendo un ejercicio periodístico y ético que irradia una honestidad que no estamos acostumbrados a ver en este tipo de producciones. Ojo, que ser honesto no significa ser aburrido y prueba de ellos son los twists que encontramos al final de cada episodio y que tienen el cometido de abrir una nueva trama.

La cuidada edición, la elegancia de los grafismos y el montaje final ayudan a que esta construcción sea sólida y se convierta desde ya en un clásico instantáneo de su género, sin parangón en España y muy poco o nada que envidiar a los maestros norteamericanos que marcaron el camino.

Recuerdo ver el tráiler de El Estado contra Pablo Ibar y pensar -como fan de los True Crimes- “habemus nuestro Errol Morris español”. Ahora, tras ver la totalidad de la serie que dirige el sevillano y disfrutar de su estilo periodístico, tan alejado de Morris, podemos decir con la cabeza bien alta: “habemus nuestro maestro de los True Crimes”.


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