Concha Ortiz, traductora, intérprete y presentadora especializada en cine, nos revela los entresijos de su trabajo tras ver ‘Los traductores’ (Régis Roisard), una película meticulosamente fiel al oficio de reinterpretar las palabras

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3 Abr 2021
Concha Ortiz
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Ayer fuimos a ver Los traductores, llevaba tiempo queriendo verla y ha sido mi primera película tras la ansiada reapertura de las salas. Caminé hasta el cine medio intoxicada por el azahar sevillano, medio en alerta para no meterme en una bulla de pasión (haberlas haylas, incluso en pandemia) y medio levitando en anticipación, casi como en regresión a la infancia estrenando unos zapatos de charol.

Todo fue tan ceremonioso que incluso conseguimos llegar al cine con tiempo para no perderme ni un segundo de los tráileres, cosa rara en mí que siempre cometo el error de llegar al borde del infarto con el tiempo justo.

Los traductores merecía todos los honores: un estreno de cine europeo protagonizado por mi primera profesión.

Cartelera del Cine Avenida. Foto: Marcelo Ripado

Un homenaje a la literatura

Una historia muy de Agatha Christie del francés Régis Roisard que rinde homenaje a la literatura como fuente de todo el bien. Una premisa con la que coincido y que critica los entresijos del mundo editorial más comercial visto desde el ángulo de quienes consiguen que un best-seller francés se entienda (y se venda) en español, portugués, chino…

En Los traductores he disfrutado de una acertada y entretenida combinación de géneros y de su impecable reparto, aunque creo que a Eduardo Noriega le podrían haber sacado mucho más brillo. Las escenas de acción, en las que normalmente suelo aprovechar para parpadear o para mirar para otro lado, mantuvieron mi mirada muy fija en la venerada gran pantalla.

De hecho hay una gloriosa escena de acción de libro de texto basada en la habilidad de comprender o no el mandarín y el español y la consiguiente necesidad de interpretarlo. Chapeau, guionistas y director, por ponerme la piel de gallina durante un minuto.

Chutes (europeos) de adrenalina

Yo era presa fácil, teniendo en cuenta mi historial, pero eso de la secreción lacrimal o la piloerección no es ciencia exacta. Los momentos de suspense están bien sintonizados y provocan pequeños pero satisfactorios chutes de adrenalina. Sí, sí, esto también es cine europeo.

Aunque en estos últimos 28 años de experiencia profesional he trabajado más como intérprete que como traductora, las dos profesiones comparten los cimientos, la mayoría de los materiales y la estructura. Digamos que se diferencian en los acabados. Más o menos.

Un oficio meticuloso

Esta película refleja muchas verdades de cómo trabajamos y me encanta poder compartirlas:

– Sí, preparamos nuestros trabajos con ese grado de meticulosidad. El hecho de que encierren a nueve traductores en un búnker con una biblioteca compendio de las mejores obras de la historia no es coincidencia ni atrezzo de un buen departamento de arte. Cada vez que tenemos que traducir o interpretar las palabras de otra persona, tenemos que haber entendido antes todo su contexto, comprender sus referencias originales y, si se citan obras ya traducidas, tenemos que verificar la traducción oficial de dicha obra.

– Sí, las condiciones laborales que denuncian existen en muchos países y en el nuestro también. Resulta interesante como distinguen entre quienes pueden trabajar en buenas condiciones y quienes no y cómo tienen más importancia los idiomas en los que se vende más.

– Sí, trabajar en malas condiciones, da malas traducciones. Uno más uno es dos. En esta película se pone el caso concreto de cómo 10 millones de personas detectan una mala traducción de un libro y lo critican en las redes. El karma y la justicia divina existen.

Sí, podemos llorar cuando estamos trabajando. Y reír y tener arcadas. Cuando las condiciones son buenas y podemos disfrutar de nuestro trabajo, nos metemos tanto-tanto-tanto en las entrañas de lo que estamos comprendiendo precisamente para comprenderlo y poder transmitirlo, que a veces se somatiza. A ver, yo me sigo emocionando, indignando, enamorando, asqueando y/o admirando con ciertos discursos. Y a veces creo que se me nota. Pero lo evito.

Una traductora puede llorar ante un texto en la intimidad de su despacho, pero una intérprete no debe dejarse llevar tanto. Yo la verdad es que a veces lo he hecho pero poniéndole una tapadera al frasco. Recuerdo un post que escribí cuando hice la interpretación simultánea en televisión del primer discurso de Trump cuando ganó las elecciones. Si no se oyeron mis arcadas es porque tiré de acting, la tapadera del frasco.

– Sí, en esta profesión somos gente muy diversa. Mis compañeras y compañeros lo son, no hay dos iguales. La película representa bastante bien este colectivo multinacional y ecléctico que suele ser el resultado de familias de nacionalidades distintas o que han viajado por todo el mundo y dan a sus hijas el preciado regalo de conocer y disfrutar de vivir en varias culturas/idiomas desde la infancia. No es mi caso. Yo fui monocultural cordobesa y estudié solo francés hasta los 14 años. Como he acabado aquí/así es otra cosa.

– Sí, nos encanta hacer listas. Tendríais que ver nuestros glosarios.

Muchos (buenos) ratos

El guion me ha tenido al borde del asiento hasta el final, una narración currada en distintos marcos temporales que a veces rozaba el filito de poder hacerse predecible pero rectificaba la trayectoria y ¡bum!: sorpresa.

Un guion, además, salpicado de justicia poética, al que agradezco que a ratos ponga en su sitio al machismo, a ratos, a la explotación laboral y, a ratos, a la supremacía de los intereses comerciales. Muchos ratos y muy buenos en una película en la que acabé aplaudiendo.

Por desgracia éramos pocos en la sala y no quedaba nadie cuando terminé el éxtasis de los créditos. O por ventura, así le ahorré a mi pareja la vergüenza ajena esa que se me da tan bien. Esto también es pasión de Jueves Santo.

Concha Ortiz, traductora, intérprete y presentadora especializada en cine


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