Repasamos la representación andaluza en la Competición Internacional del Festival de Jóvenes Realizadores de Granada para entender la sensibilidad de los jóvenes ojos del cine hacia un pasado del que quieren dejar constancia

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21 Oct 2021
Víctor Esquirol
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La 27ª edición del Festival de Jóvenes Realizadores de Granada supone el inicio del mandato de Antonio Miguel Arenas como director artístico de una cita que debe ponernos en contacto con algunas de las nuevas voces que van a dar forma al cine en los años que están por venir.

Autores y autoras que nos invitan a mirar al futuro, pero que, como veremos a continuación, lo hacen con una conciencia muy nítida (y hasta vibrante) de un pasado que también debe tenerse en cuenta para seguir avanzando. La participación andaluza en la Competición Internacional da buena cuenta de ello.

Va dando el tiempo (Celia Giraldo)

Para empezar, Celia Giraldo convierte los delicados diez minutos de metraje de su Va dando el tiempo en una emocionante carta de despedida a su abuelo. Esta especie de álbum familiar conjuga la filmación en hi 8, con los 16mm… con el digital que ofrece un teléfono móvil.

Un diálogo entre imágenes de distinta naturaleza que nos hablan de la memoria y las memorias en que se ha ido conjuntando ese grupo de seres queridos, pero cuyo principal punto de interés a nivel fílmico recae en, precisamente, la combinación de formatos y texturas con la que nos introducimos en un espacio que, a priori, parece ajeno al paso del tiempo.

Es la magia de esos sitios que a lo largo de los años (y de las décadas) han ido acumulando mobiliario y objetos decorativos que, poco a poco, han ido cristalizando en una especie de cápsula que parece que solo podamos visitarla a partir de ese celuloide “de antes”.

La secuencia grabada en smartphone solo aparece cuando el piso del ya difunto abuelo ha tenido que se ser desalojado, o sea, vaciado de todos los elementos que le daban una identidad única. El hogar -habitado- plasmado y transitado como ese espacio que llama al orden: de las cosas, de las imágenes, de las emociones.

Los ojos de Érebo (Javier Barbero)

Por su parte, Javier Barbero invoca en Los ojos de Érebo el trágico (y socialmente bochornoso) recuerdo de Rosa Pitarch para dar forma a un relato casi-fantasmal (que juega claramente, y de manera audaz, con elementos fantásticos) que, justo ahora que parece que dejamos atrás la maldita pandemia del coronavirus, nos devuelve a la asfixia del cine del encierro.

Crónicas de la pobreza energética: casi todas las escenas de este corto transcurren, efectivamente, en el interior de un piso privado de la luz (eléctrica, se entiende), un servicio fundamental convertido de repente en un bien de lujo.

Una anciana se auto-confina en casa, porque como el pájaro que no ha conocido otra realidad que la de la jaula, siente que todo lo que aguarda fuera, es desconcertante y hostil. Pero también se niega a salir por el miedo a cruzarse con los demás, o sea, por el pánico a que la vean, a que le pregunten cómo está… a que indaguen en una honra demasiado pisoteada como para mostrarla en público. El drama interior como terror social, y en efecto, la película adopta mecanismos del cine de género: cuando cae la noche y nos abandona la protección de la luz del Sol, es cuando tenemos que ponernos en estado de alerta.

Sucesos extraños se suceden durante las horas de sueño. El tiempo vuelve a detenerse y objetos inanimados cobran vida propia. Pequeñas pinceladas mágicas en un contexto de realismo social que, por decencia humana, debe llamar a la más profunda de las depresiones. Pero Javier Barbero no solo persigue la denuncia, sino también la dignidad; la humanización de esa persona a la que se acompaña antes de que se convierta en triste noticia.

Un viento roza tu puerta (Jorge Castrillo, Pablo Paloma)

Ya en el exterior, Jorge Castrillo y Pablo Paloma firman en Un viento roza tu puerta una efervescente aproximación al cúmulo de vibraciones que emanan de un pequeño pueblo andaluz.

Cánticos y voces se solapan y se pisan los unos a las otras, como igualmente se atropella una serie de imágenes a camino entre el documental y el ritual lisérgico. Al ritmo frenético marcado por un montaje que en algunos picos parece ir en busca del ataque de epilepsia, la cámara captura rostros, calles, disfraces, construcciones arquitectónicas, tradiciones y pequeños/grandes milagros de la naturaleza.

El cine se comporta ahora como un virtuoso aparato de mil ojos y orejas; como una especie de esponja que capta y se empapa de todos los estímulos sensoriales con el que el mundo (o ese micro-cosmos rural erigido ahora en auténtico protagonista) nos bombardea.

Estudios de luz en secaderos de tabaco (Rocío Mesa)

Por ultimo, Rocío Mesa propone en Estudios de luz en secaderos de tabaco un breve pero deslumbrante retrato de esas cabañas de la vega granadina que antaño tuvieron el uso que el propio título señala, y que ahora resisten a los elementos como testigos silentes de un pasado que sobrevive como precario esqueleto de una estructura que, a pesar de todo, aguanta.

Seguimos, como en el anterior caso, con un blanco y negro espectral que ahora resalta los juegos de luces y sombras. Para entendernos, el primer elemento va dejando un rastro que se convierte en el segundo. Una filigrana visual hipnótica, que capta el paso del tiempo, es decir, que deja constancia de aquello que sobrevive y lo que perece a su paso.


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