De Sciamma a Ruizpalacios, pasando por Hong Sangsoo. Contra todo pronóstico, la Berlinale ha encontrado un perfecto refugio digital para dar cita a algunos de los mejores cineastas del planeta. Así ha sido una 61ª edición que nos ha hecho soñar como antaño

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10 Mar 2021
Víctor Esquirol
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El anuncio que confirmó el aplazamiento de la edición de 2020 del Festival de Cine de Cannes, no vino de parte de la organización del propio certamen, sino de Saïd Ben Saïd, productor de Benedetta, esperadísimo nuevo título de Paul Verhoeven.

El hombre corrió anunciar que dicho título (al que todos esperábamos ver el año pasado en la Croisette), retrasaba su fecha de estreno a 2021, señal inequívoca de que el escaparate donde pretendía proyectarse, no iba a estar disponible hasta la temporada siguiente. ¿Qué nos sugería dicho movimiento? Pues lo obvio: que había algunos títulos que se consideraban de una importancia incompatible con el ambiente deprimido que nos ha dejado la crisis del coronavirus.

O sea, que los hay quienes, muy legítimamente, esperan a la llegada de mejores tiempos para mostrarse al público… aunque esto implique declinar la invitación a participar en un gran festival de cine. Estas circunstancias comentaba en una entrevista Carlo Chatrian, Director Artístico de la Berlinale, pocos días antes de que arrancara la 71ª edición de este certamen.

Un cartel envidiable

Por lo visto, no fueron pocos los autores que rechazaron competir por el Oso de Oro, en espera de esa bonanza (y recuperación de la presencialidad) que, con un poco de suerte, ya se vislumbra para los meses en que se celebrarán Cannes, Venecia o San Sebastián. Pues bien, a pesar de todo, la cita alemana se las ingenió para presentar un cartel envidiable; impresionante.

Este año, el Oso de Oro tuvo a concurso a Radu Jude, a Hong Sangsoo, a Céline Sciamma, a Ryûsuke Hamaguchi, a Alonso Ruizpalacios (grandes exponentes, todos ellos, de cinematografías tan estimulantes como la rumana, la coreana, la francesa, la japonesa y la mexicana, respectivamente)… y atención, todos y cada uno de ellos resultó que llegaron ahí no solo por pedigrí, sino más bien por la calidad de sus últimos trabajos.

El repaso a tan memorable colección de “vacas sagradas” tiene que empezar, cómo no, por aquel a quien el palmarés dio por vencedor. Se trató de Bad Luck Banging or Loony Porn, provocadora, alocada y brillante síntesis de razones por las que Radu Jude es uno de los cineastas más estimulantes del panorama actual.

La doble moral de Radu Jude

Para su nuevo trabajo, el director y guionista de Bucarest siguió las desventuras de una profesora de instituto que tuvo la mala suerte de que uno de los vídeos sexuales que había grabado junto a su pareja, se hizo viral. En la era de las mascarillas y la destrucción de la intimidad, Radu Jude aprovechó primero para reflexionar sobre los modelos del contagio (del virus de la vergüenza), y después para arremeter sin piedad contra el sistema de valores (y dobles morales) que rige las sociedades modernas.

A partir del seguimiento disperso, de la recopilación de vídeos e imágenes de archivo, y de la representación bufa de un juicio de altísima y ridícula moral, Bad Luck Banging or Loony Porn lució en todo momento como la elección más oportuna de cara a la elección del nuevo Oso de Oro.

 

Hamaguchi, el talento japonés

Por su parte, Ryûsuke Hamaguchi se tuvo que “conformar” con la medalla de plata que supone el Gran Premio del Jurado. Su Wheel of Fortune and Fantasy demostró, una vez más, por qué estamos ante uno de los talentos más en forma de la autoría nipona. Se trató de un compendio de tres historias independientes, hermanadas temáticamente por el análisis del rastro que dejamos en los demás.

Las acciones que dibujó este tríptico estaban netamente condicionada casi siempre por personajes que quedaban fuera de campo. Valiente decisión desde la escritura plasmada en otro emocionante recital de inteligencia emocional. Hamaguchi concretó con ello un memorable llamamiento a la empatía humana, que en ningún momento requirió de atajos o trampas sentimentales, y que por esto logró transmitirnos tan efectivamente su bondad.

Maria Speth, la invitada inesperada

El tercer cajón del podio lo ocupó, con total merecimiento, una invitada inesperada. La alemana Maria Speth llegó a la cita con Mr. Bachmann and His Class, monumental documental de más de cuatro horas de duración, en el que un equipo de cámaras muy bien coordinadas dieron testigo de la encomiable labor educativa de un veterano profesor al cargo de una clase de niños de 13 años de edad, residentes todos ellos en un pequeño municipio ubicado en el corazón de Alemania.

Como sucediera en La clase, de Laurent Cantet, la pedagogía se erigió en luminoso ente de cohesión colectiva. En un pilar fundamental para una sociedad donde la heterogeneidad de nacionalidades, religiones, sexualidades… nos pide encontrar soluciones sólidas a preguntas tan a priori comprometedoras cómo: ¿Qué es la patria? ¿A quién puedo querer? ¿Cómo debemos enfrentarnos a nuestro pasado?

Para responder a todo esto, Speth contó con la inestimable ayuda de Dieter Bachmann, un profesor que era más bien maestro (en música, en lenguas, en historia… en conexión y comprensión humana), y que como tal, nos invitó a nosotros, espectadores, a salir del confort del aula, y a descubrir el mundo y las demás personas que nos rodean… y que nos definen.

El regreso monocromático de Hong Sangsoo

De vuelta a la lista de grandes nombres, el coreano Hong Sangsoo conquistó el Premio al Mejor Guion gracias a Introduction, enésima muestra de un cine (el suyo) en apariencia tan sencillo, como en esencia tan precioso… y por qué no, perfecto. Y en efecto, así funcionó esta vuelta al blanco y negro dentro de su propio recorrido artístico, con la alegre precisión de quien acierta siempre, sin que parezca que se lo propone.

Las largas sesiones de desinhibición por soju se bañaron ahora también con el peso que una generación mayor volcaba sobre una juventud que se debatía entre acomodarse a los cuidados de sus progenitores, o si por el contrario, salir de la comodidad del nido y buscar su propio camino en este mundo.

Y cómo no, pareció “una película más” en una de las filmografías más sólidas de nuestros tiempos, y en parte así fue… pero al mismo tiempo, sirvió para abrir nuevos caminos temáticos para dar aún más solidez al discurso de un autor que, trabajo a trabajo (algunos de ellos, tan breves que apenas pueden considerarse largometrajes), va plasmando como pocos la inmensa tragicomedia de la vida.

Ruizpalacios, retrato del Estado fallido

El palmarés (determinado por un jurado espectacular, íntegramente compuesto por anteriores vencedores del Oso de Oro) tuvo el detalle de acordarse también de Alonso Ruizpalacios, genio de la cinematografía mexicana que mantuvo su particular idilio con Berlín, ahora gracias a Una película de policías, sofisticado y virtuoso dispositivo meta-cinematográfico en forma de documental.

Rompiendo constantemente las barreras que separan la fantasía de la no-ficción, el director de Ciudad de México nos acercó a la verdadera historia de dos agentes de la ley… pero a través de los espectaculares y estilosos mecanismos del cine de género.

El Premio a la Mejor Contribución Artística fue para el impresionante montaje de un aparato cinematográfico que, además de lucirse en casi todas sus piruetas visuales y narrativas, logró tomar el pulso a la compleja e insostenible situación de un cuerpo policial repudiado por la sociedad; responsable de que su país se acerque peligrosamente a la consideración de Estado fallido… pero al mismo tiempo, loable en su condenada labor de pacificación en una realidad donde parece que no pueda haber sitio para los héroes.

La grandeza de Sciamma

Más allá de lo que el palmarés logró salvar, llamó especialmente la atención la ausencia de dos títulos que sin lugar a dudas ayudaron a dar más lustro a esta 71ª Berlinale. El primero fue Petite maman, de Céline Sciamma, quien después del salto cualitativo de su Retrato de una mujer en llamas, sorprendió con una película pequeña… que no hizo más que engrandecer su legado artístico.

Ahora la cámara siguió a una niña de ocho años de edad que acababa de perder a su abuela, y que junto a sus padres, debería poner orden en una casa familiar que evidentemente había quedado desocupada. Lo que pasó es que cuando la chiquilla se alejó de la mirada de los adultos, entró en ese mágico mundo que solo ella, tan libre de prejuicios, podía entender.

Sciamma mimetizó la mirada de su joven protagonista, y a partir de ahí, todo fue posible: una filigrana temporal que habría puesto en jaque a las mentes más preparadas en materias de física cuántica, hizo que los adultos retrocedieran a esa magnífica edad de descubrimiento y maravillamiento ante cualquier imagen o sonido nuevo. Así, hijas y madres se convirtieron en las mejores compañeras de juego, pero también en una sociedad imparable a la hora de enfrentarse a los grandes retos vitales.

Koberidze, objetivo inmortal

Pero por encima de todas estas películas, sobresalió el descubrimiento de What Do We See When We Look At the Sky?, segundo largometraje del director germano-georgiano Alexandre Koberidze, que de no ser por el Premio FIPRESCI otorgado por la crítica internacional, hubiera vuelto a casa con los bolsillos vacíos.

Clamoroso olvido por parte de un jurado oficial… que a lo mejor reconoció, de manera involuntaria, que mientras todos los mortales se disputaban el Oso de Oro, el que ahora nos ocupa apuntaba hacia un objetivo mucho más alto: ¿la inmortalidad? Por qué no.

La extraña acción de este cuento de hadas (que a ratos parecía más bien un documental etnográfico, o un romance digno de los grandes clásicos del cine silente) nos llevó a un cálido verano en la idílica ciudad georgiana de Kutaisi. Allí, dos desconocidos sintieron un flechazo al cruzarse no una, ni dos, sino tres veces por la calle. Lo que pasó a continuación, fue tan imprevisible como, al final, inolvidable.

Dos horas y media de magia, en que a partir de la tierna observación de la realidad, Koberidze fue fabulando y de paso, construyendo un maravilloso mundo donde nada era nocivo; donde todas las energías velaban por la felicidad de las personas, de los animales… de cualquier ser vivo. Aquello fue un milagroso canto a, efectivamente, la vida; a la inmortal capacidad del cine para hacernos soñar.


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