En Filmin el ciclo de películas ‘Back to Indie’ nos invita a (re)descubrir títulos fundamentales de una serie de autores que, operando al margen de la industria, nos traen historias humanas de impacto universal

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17 Ago 2020
Víctor Esquirol

Cuando la plataforma Filmin anunció el estreno de la colección Back to Indie, entonces supe inmediatamente que mi siguiente batería de recomendaciones cinéfilas iba a orbitar alrededor de una lista de películas que a simple vista destaca por un puñado de títulos aquí inéditos, y pertenecientes a la filmografía de varios autores actualmente fundamentales dentro de la escena más radicalmente independiente del cine made in USA. Un plan irresistible.

El cine indie luce aquí de la mano de genios de la talla de Rick Alverson (de quien hace poco pudimos ver por fin la desasosegante The Mountain, estupenda “feel bad movie” paranoide disponible también en Filmin), o de Joel Potrykus, genio punk de quien podemos recuperar Ape, comedia con toque amarguísimo marca de la casa. Cine de la precariedad para tiempos precarios; un título que ya en 2012, año de su presentación oficial, parecía presagiar Joker, fenómeno a manos de Todd Phillips que conquistó el León de Oro de Venecia de 2019, y que se convirtió en una de las películas populares más reveladoras de dicha temporada.

Pero volviendo a la deliciosa marginalidad de Back to Indie, tenemos también The Color Wheel, uno de los primeros trabajos de la dupla ganadora compuesta por Alex Ross Perry y Sean Price Williams, cineasta y director de fotografía que empezaron a asentar, allá por 2011, una de las sociedades más potentes del cine independiente americano con este drama cómico romántico preciosamente filmado en blanco y negro… y contundentemente apuntalado con un guion en el que la risa se transforma en rubor con la rapidez de ese escalofrío incómodo que puede atravesar nuestro cuerpo.

Juerga playera

Tenía pensado hablar de todo esto, y también de Vacation! enloquecida semana de juerga playera concebida por Zach Clark; una previa-de-resaca en la que las voces femeninas de su quinteto protagonista pueden escucharse ahora en clave de antesala del estado de súper-(in)conciencia pasada de vueltas pregonada por Harmony Korine en Spring Breakers o The Beach Bum (la primera de ellas disponible en Filmin, claro está). Por supuesto, también quería mencionar Greener Grass, delirante pastiche firmado a cuatro manos por Dawn Luebbe y Jocelyn de Boer donde el sueño americano se deforma invocando el recuerdo deformado de los ya de por sí deformantes John Waters y Todd Solondz.

También quería detenerme en las ganas incontenibles que tengo de ver Silver Bullets, Green, We Go Way Back, Little Feet o Bad Fever, para así seguir familiarizándome con los respectivos corpus fílmicos de autores tan estimulantes como Joe Swanberg, Sophia Takal, Lynn Shelton, Alexandre Rockwell o Dustin Guy Defa. Pero al final la conciencia “me obliga” a volcarme más con la que de momento ha sido la gran revelación cinéfila, en lo que llevo explorado de este magnífico ciclo.

Me refiero a Patrick Wang, escritor, economista, director y actor estadounidense al que admito que hasta este momento no tenía en el radar… pero que ahora mismo está muy arriba de mi lista particular de artistas a seguir. El motivo está en las casi cuatro horas y en las dos partes en las que se divide su mega-proyecto titulado A Bread Factory.

Se trata de una especie de obra teatral partida en dos actos hábilmente diseñados para que conozcamos a los miembros de una comunidad unida en la defensa de lo que más importa (el arte)… y compactada en la lucha contra algunos de los males que desgraciadamente están dando forma a los tiempos que nos ha tocado vivir.

El veneno de la gentrificación

Para ponernos en situación, resulta que un espacio artístico que lleva unos cuarenta años gestionado por las mismas mentes, está a punto de ser barrido por los nuevos vientos de una globalización que inevitablemente llevan consigo el veneno de la gentrificación. Este es el punto de partida, y el conflicto está siempre presente a lo largo de más de 240 minutos, pero en muchas ocasiones salta a la vista que dicha tensión ha pasado del primer plano a ejercer de telón de fondo; de catalizador para que los personajes que están en escena se muestren tal y como son.

En este marco se mueve la compañía de Patrick Wang, con filia afrancesada por la palabra recitada y gusto filo-japonés por el retrato de unos espacios que evidentemente también son parte activa de esta función. Sin echar mano en ningún momento de efectos digitales ni de cualquier tipo de filigrana narrativa, A Bread Factory brilla como un objeto fílmico-teatral que arrolla por la libertad que proclama cada uno de sus gestos. Patrick Wang da un recital de trabajo con su reparto actoral, de colocación de la cámara, de decisiones en el montaje final…

Es cine de la verdad humana, que de forma lúdica nos habla del luminoso y sagrado proceso de aprendizaje vital; que de manera igualmente orgánica plasma el poso que las demás personas dejan en nosotros… que da gusto hasta en la manera que tiene de captar el ruido ambiente.

Es como si el maestro documentalista Frederick Wiseman hubiera rejuvenecido y se hubiera pasado a una ficción que, como ya he dicho, emana de una realidad que emociona. Es cine social porque es de interés general, y porque mima a cada una de las capas que nutren a una marea humana que, cuando adquiere conciencia de su propia naturaleza, es imparable.


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