Hace una década, ‘La red social’ se adelantó a sus tiempos para plantearnos una reflexión vital sobre la sociedad contemporánea: ¿Estamos más solos que nunca? Con su relato sobre la creación de Facebook, David Fincher metió el dedo en plena llaga

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25 Mar 2020
Manuel H. Martín
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¿Estamos más solos que nunca? Puede que con las redes sociales y la actitud de Abiertos las 24 horas, los siete días de la semana pensemos que es así. Todos los medios se encargan de recordárnoslo. Estamos más conectados con el mundo que nunca.

Lo cierto es que, en pleno proceso de desarrollo y crecimiento de las redes sociales, se produjo un film que, de algún modo, recogía preocupaciones propias del surgimiento de estas nuevas formas de conexión. Un film que, además, trasladaba dudas que hoy siguen vigentes, muy vigentes. Hablamos de La red social, dirigida por David Fincher en 2010.

Antes de adentrarnos en lo que cuenta la obra, gracias a un maravilloso guion de Aaron Sorkin, es fundamental hablar de su director. Fincher se ha ganado, con el paso del tiempo, el estatus de gran cineasta norteamericano. Quienes veían en él a un simple director más de videocilps cuando estrenó sus primeros largometrajes, entre ellos Seven, con el paso de los años han ido perdiendo argumentos.

Fincher, el gran narrador

Después de más de una decena de títulos entre cine y televisión, han sido muchos los que han descubierto al gran narrador que Fincher, un director que controla la imagen como pocos lo hacen, con un estilo marcado y reconocible. Cierto es que sus formas se han vuelto cada vez más depuradas, acercándose poco a poco al cine más clásico, aunque el cineasta norteamericano nunca haya evitado ciertos riesgos formales y estéticos.

La elección de las historias que contar, el control exhaustivo de los efectos visuales para visualizar con detalle los relatos (véase su forma de ambientar épocas y ciudades) o el uso de música electrónica de algunos de sus proyectos son señas de la marca Fincher.

David Fincher es un gran cineasta y, desde mi punto de vista, hasta el momento, La red social es su mejor película como director. Lo es porque, a pesar del respeto exquisito por el guion y la historia, el filme tiene una enorme personalidad en la forma de contar la historia, desde la música, la fotografía y, sin duda, el montaje.

Es una película en la que la forma no destaca sobre el contenido pero en la que, aunque parezca contradictorio, es la forma la que hace que la película destaque por encima de otras propuesta de la época y, especialmente, en el cine con tintes biográficos (sean o no autorizados, oficiales, etc).

Pulso y estética de thriller

Seguramente en manos de otro director el guion de Sorkin no hubiese tenido un resultado tan espectacular y apabullante visualmente. Visualmente, siendo un drama, el filme tiene el pulso y la estética de un thriller; auditivamente, el uso musical de las composiciones originales electrónicas de Trent Reznor y Atticus Ross rompen aún más la dinámica de este tipo de filmes. Además, en todo el conjunto, Fincher no olvida sus orígenes videocliperos, ofreciéndonos algún que otro momento sublime como, por ejemplo, la estupenda escena de la competición de regata con la versión electrónica de la pieza El salón del rey de la montaña, compuesta originalmente por Edvar Grieg.

El nivel estético de la película es increíble, aunque siempre queda patente la intención artesanal y narrativa de trabajar sobre un buen guión y darle el máximo empaque en edición. En el montaje, hay un sentido y, sobre todo, un sentimiento. Porque la aceleración que viven (o malviven) los personajes es la que, de forma orgánica, parece trasladarse en el resultado final que le ha llegado al espectador.

Luchas de poder

El relato de La red social es bien sencillo. Cuenta el origen de una gran red social y todos los tejemanejes entre sus creadores, las luchas de poder y egos. Puede que haya espectadores que cuestionen el tema biográfico. A mí, personalmente, me parecen más interesantes las cuestiones de verosimilitud y dramaturgia en los filmes que tienen a protagonistas basados o inspirados en personajes reales que el ceñimiento a la pura realidad.  Porque… ¿qué es la pura realidad?  Sencillamente, quizás sea una pregunta complicada y que nos serviría para abrir un debate que nos llevaría hacia otros caminos diferentes a esta reseña.

Centrándonos en lo que se narra en La red social, habría que destacar, especialmente, el retrato de la soledad que hace de la sociedad contemporánea. Un relato que, a pesar de estar contado con brío y ritmo, guarda cierta pesadumbre. Una visión cínica, a veces negra, que conecta con otra película del director, El club de la lucha. Si bien El club de la lucha tiene un tono diferente, más nihilista y oscuro, hay paralelismos entre ambos filmes.

Un retrato de la soledad

Más allá de la estética (por ejemplo, además de la fotografía hay uso de música electrónica), en El club de la lucha ya se hacía un retrato del sentimiento de soledad que sufrimos en la sociedad moderna, individualista, impulsiva y de consumo rápido.

Con formas menos radicales, La red social sigue la misma senda temática, presentándonos a un protagonista que, ayudado por otros, parece haber encontrado la solución para que estemos más conectados pero que, sin embargo, acaba sintiéndose más solo que nunca.  Muestra de ello es el sencillo, directo y demoledor final de La red social con su protagonista esperando frente al ordenador a que una ex novia suya le acepte.

¿Estamos más solos que nunca? La película, como buena obra de arte que es, no va a responder a nuestras preguntas aunque sí nos pueda ayudar a cuestionarnos. Puede que siempre hayamos estado solos y que la soledad en sí misma, especialmente la elegida, no sea del todo mala. Como bien dice nuestro refranero popular: Más vale solo que mal acompañado.

Independientemente de la opción que todos tenemos de estar o no solos, lo que resulta terrible es cómo La red social vislumbra algunas cuestiones hoy vigentes. Adelantada a su tiempo, el film nos sirve para reflexionar sobre nuestra sociedad contemporánea.

Una sociedad con proliferación de individuos cada vez más encerrados en sí mismos, conectados al mundo a través sus pantallas, 24 horas al día los 7 días de la semana, buscando la aceptación más desde las aplicaciones que ofrece una pantalla y que desde la conversación cercana.

Una sociedad en la que estamos entendiendo de forma mercantilista el aquí y ahora, ya sea con objetos, animales o personas. Vivimos en plena combustión, al instantáneo alcance de un me gusta o no me gusta, con la actitud de que todo puede comprarse o cambiarse rápido a través de un sencillo click.

Como le ocurre a los protagonistas del film, todo va tan rápido que no nos hemos parado a pensar en qué nos estamos convirtiendo. Quizás sea bueno parar un poco, pensar o dudar. Merece mucho la pena. Preguntas tan simples como quienes somos o hacia dónde vamos, preguntas que no llegamos a hacernos porque estamos muy ocupados, demasiado conectados. Sin embargo, seguimos sintiéndonos solos. Quizás habría que reformular la pregunta del inicio. ¿Por qué si estamos tan conectados cada vez nos sentimos más solos?

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