‘Farrucas’ llega al Festival FICAL de Almería, tras triunfar en el Festival de Sevilla con un Premio Especial. Hablamos con su director, que nos desgrana algunos detalles de este extraordinario proyecto rodado con varias jóvenes de el barrio de El Puche en Almería

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20 Nov 2021
Víctor Esquirol
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Farrucas llega al Festival FICAL de Almería, tras triunfar en el Festival de Sevilla con un Premio Especial o en el Festival de Vila do Conde como Mejor Cortometraje Documental y un estreno mundial en el Festival de Málaga. Hablamos con su director, que nos desgrana algunos detalles de extraordinario proyecto rodado con varias jóvenes de el barrio de El Puche en Almería.

En tu anterior cortometraje en solitario, Víctor XX, retratabas inquietudes, miedos y curiosidades de una persona claramente enmarcable en la comunidad LGTBIQ+, aquí seguimos a cuatro amigas; cuatro adolescentes racializadas del barrio del Puche. ¿Como cineasta se puede decir que tienes un fuerte interés hacia los escenarios, personajes y temáticas más “periféricas” de nuestra sociedad?

Sí, para mí es inevitable, ya que yo mismo formo parte de una periferia. No estoy racializado y considero que me beneficio de una serie de privilegios que, por ejemplo, hacen posible que me dedique al cine, pero no dejo de ser trans, lo cual me sitúa en cierto margen de la sociedad. Para mí, ahora mismo, no tiene sentido ponerme a hablar de algo que yo no sienta como cercano, a lo mejor por esto acabo explorando estos territorios.

¿Cómo llegas al barrio de El Puche? ¿Cómo descubres a las cuatro jóvenes protagonistas de esta historia?

El Puche es un barrio que, como almeriense que soy (me he criado en Níjar), en cierto modo ha estado siempre presente en mi vida. Se trata de una zona que tiene que bregar con muchos prejuicios y que lleva encima una historia de castigos muy fuerte, y esto que tiene pocas décadas de historia. El barrio se formó a partir de unas inundaciones que se produjeron en los años 70, que hicieron trasladar a un núcleo de población importante, en principio de manera temporal… pero que a la larga se confirmó como permanente. Es una historia conocida en Andalucía y en otras partes, no es que solo forme parte de Almería. Yo llego al Puche por varios motivos, el más importante sea tal vez mi indagación en mis propias raíces, a través de unas lecturas de Antonio Manuel, un conocido intelectual andaluz. Así entro en contacto con la huella morisca, algo que de inicio me viene dado porque soy muy fan del flamenco.

¿Cómo ha sido esa búsqueda de la identidad?

En toda esta búsqueda de lo identitario, que no solo tiene que ver con lo trans: hay un proceso de remover los cimientos de todo lo que hasta ese momento me había definido, o lo que me había gustado, pero que nunca hasta este momento me había parado a mirar con detenimiento. Aquí entra en juego lo andalusí: en mi familia, todo el mundo es andaluz, nadie recuerda a alguien que no fuera andaluz… Me interesaban las identidades que pueden conformar una misma persona. En el caso de Farrucas, si tienes orígenes marroquíes pero has nacido y te has criado en España, me pregunto cómo se conjuga esto a nivel cultural.

¿Qué te atraía de esto?

Esto me atraía porque evidentemente tiene mucho que ver con las raíces del flamenco, con las raíces andalusíes, con todo el legado cultural y folclórico de mi mundo. Con esta deriva teórica que me generaba mucho interés, llegué a El Puche, una amiga me llevó una tarde, tras yo comentarle todas estas inquietudes. En la primera tarde ya conocí a Hadoum y a su familia. Fue un flechazo, a partir de aquí nos coordinarnos con la asociación Ítaca, donde Hadoun colaboraba desde que era pequeña. A través de ella y de la asociación, conocí al resto de chicas: Fatema, Sheima y Sokayna.

En los títulos de crédito finales, se detalla que la palabra “farrucas” se refiere a las personas que saben distinguir la verdad de la mentira. Precisamente, y en parte, la película se dedica a mezclar ambos extremos, pues puede ser vista como una ficción con formas de no-ficción.

La película está en un terreno que, depende de quien mire, verá más o menos documental, cuando Farrcuas oficialmente es una ficción. Pero los resultados pueden ser ambiguos, en este sentido. Recuerdo que en el Festival de Vila do Conde la película ganó el Premio al Mejor Documental, lo cual debo decir que me pareció maravilloso. Me hubiera encantado hablar con el jurado, tomarme una cerveza o un café con ellos, para saber en qué momento tomaron esta decisión, porque de verdad que lo veo como una decisión muy valiente. Siempre me interesa transgredir los códigos, incluso a nivel de premios. Para hablarte de esta distinción entre ficción y no-ficción, te diré que no sé en qué momento el cine es mentira, y en qué momento es verdad: el cine es verdad en el grado en que a ti como espectador te llegue como verdad.

¿Había un guion previo?

Farrucas surge de un guion escrito y muy pensado junto a Jana Diaz. Los dispositivos, tanto los de pre-producción como los del propio rodaje, son totalmente ficcionales, lo que pasa es que para llegar a esta historia, ha habido un acercamiento previamente que se ha fundamentado en la convivencia y observación de estas cuatro chicas, quienes de repente se descubrieron como “monstruas” de la interpretación. Lo bueno de esta observación es que el guion pudo ir acercándose a situaciones y momentos, a miedos y alegrías que ellas realmente tenían. De hecho, en los títulos de crédito solo aparecen sus nombres (reales), no aparece el de los personajes, porque en realidad ellas hacen de ellas mismas.

¿Realidad o ficción entonces?

Es un terreno complicado, en el que no hay respuestas claras: se puede leer desde todas las líneas que quieras. Para mí, a nivel cinematográfico, ha sido un aprendizaje, un proceso muy largo: tuvimos que volver a levantar el proyecto. Farrucas tuvo que rodarse dos veces, con dos guiones distintos. En la primera vez no se pudo completar el rodaje por diversas cuestiones, y en ese punto de decir “vale, ¿y ahora qué hacemos?”, es cuando yo realmente conocí a Hadoum, Fatema, Sheima y Sokayna. Aquí es cuando ellas, ya con un primer contacto con el cine, logran que nosotros nos introduzcamos más en el barrio. Fue un proceso largo y complejo, pero esta era la única manera de hacer la película: nosotros no podíamos llegar allí, plantar la cámara y esperar a que cuatro personas se abrieran.

Precisamente, háblanos más sobre cómo se establece esta relación de confianza entre Hadoum, Fatema, Sheima y Sokayna y la cámara.

Vivimos en un momento histórico, respecto a la relación que todos nosotros podemos tener con cualquier cámara. Ahora todos tenemos una cámara a mano, y ellas evidentemente también. Tienen una relación muy fuerte con el móvil, con las redes, con lo que es su propia imagen. Evidentemente, todo esto es algo que ellas controlan muchísimo: el tipo de mensaje que están dando. La confianza al principio se construye a base de mucha presencia por mi parte, así como la de otra gente del equipo que también convivieron con ellas.

¿Hubo ensayos?

Sí, tuvimos ensayos, aunque ellas nunca se aprendieron el guion. Ellas sabían lo que tenía que pasar en todo momento, pero tenían total libertad para hacer lo que ellas quisieran, dentro de unas pautas muy flexibles. En esto considero que tuvieron mucha capacidad de decisión, aunque seguramente ellas opinaran que no [ríe], pero yo como director diría que sí que tuvieron mucha autoría, con respecto a cómo querían aparecer y qué querían decir, cosa de la que me alegro mucho. En este caso, la confianza entre ellas y la cámara surge de una observación poco o nada intervencionista, simplemente con estar allí, y con que ellas me dejaran estar allí, claro. Yo siempre intenté ser lo más invisible posible. No quería alterar su comportamiento.

Por curiosidad: ¿la película está grabada en digital o en 16mm?

La directora de fotografía es Gina Ferrer, con quien por cierto he mantenido una estupenda relación, y con quien espero volver a colaborar. Digo esto porque a lo mejor ella te respondería mejor [ríe]. En cualquier caso, no teníamos presupuesto para rodar en 16mm. La película está grabada en HD, con una cámara que podía rodar en 4K, luego se hizo un trabajo muy apurado y fino en el laboratorio Moonlight para que el resultado final se acercara a estos 16mm. Teníamos claro, tanto Gina como yo, que no queríamos trabajar con imagen nítida; queríamos algo sucio pero elegante, era uno de los mantras que teníamos en ese momento. A mí, personalmente, no me gusta demasiado la imagen nítida, y creo que es algo que seguiré manteniendo en mis siguientes trabajos.

Saltando de tema, tanto con Víctor XX como con Farrucas, llevas un recorrido festivalero envidiable, donde por ejemplo encontramos citas del calibre de Cannes, Málaga o ahora Sevilla. Háblanos de qué implica el ecosistema de festivales en tu carrera.

Estamos muy agradecidos por el recorrido que está cosechando Farrucas, donde estamos teniendo mucha presencia y muchos premios. Veo este camino como una especie de “festival de festivales”. Evidentemente, los certámenes son muy importantes para los cortometrajes, pues este formato lo tiene muy difícil para llegar a las salas de cine, y claro, prácticamente la única manera de alcanzar esta meta es la que ofrece un festival. Esto por supuesto ayuda mucho, en caso de que a posteriori quieras hacer un largometraje. Como he dicho, estoy tremendamente agradecido por este recibimiento, porque al final, se trata de esto, de tener un contacto con el público, más ahora, que hemos podido recuperar la presencialidad. Es aquí cuando la película termina… pero al mismo tiempo comienza. Es un ciclo, en el que tú entregas el trabajo y este pasa a ser del público. Esto es algo fundamental para mí: ¿para qué hago cine, si no es para comunicarme con los demás? En un festival es donde puedo lograr esto.

Hablando de la posibilidad de hacer un largometraje, ¿qué nuevos proyectos tienes en la agenda?

Pues precisamente, el próximo verano me voy a encerrar a escribir. Antes de este punto me va a ser imposible porque he vuelto a estudiar, he empezado un master de investigación cinematográfica en la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona, y también estoy trabajando como guionista, así que durante el “curso”, no voy a tener tiempo para nada más. Pero de junio a octubre ya tengo previsto ponerme a escribir el que tiene que ser mi primer largo. Haré este proceso en la Jacaranda, que es donde vivo realmente, una residencia artística que hemos montado en Níjar, mi pueblo natal. Esto era algo que antes me causaba bastante ansiedad, porque tenía muchas ganas de lanzarme al largometraje, y de alguna manera Farrucas me calmó este nerviosismo. Me demostró que si quiero hacerlo, efectivamente lo voy a hacer, solo necesito que los astros se alineen un poco [ríe]. Ahora siento que ha llegado el momento de dar este salto.

¿Y ahora?

Ahora me encuentro en un lugar mucho más tranquilo, desde el que lo puedo verlo todo con más claridad. Ya llevo tiempo pensando en este largo, es una idea que ha ido madurando junto a mí. No me gusta hablar mucho de los proyectos que aún están “en la cuna”, pero sí puedo decir que quiero rodar en Almería, me gustaría hacer una historia de amor, y para entendernos, la historia vendría a ser la mezcla entre Víctor XX y Farrucas. De hecho, Farrucas ya la hice con esta idea de largometraje en mente.


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