Los ‘True Crime’ están de moda y han venido para quedarse, pero no es oro todo lo que reluce. Analizamos siete obras maestras perpetradas… a sangre fría

Esther Lopera
14 Abr 2019
Esther Lopera

El documental True Crime está de moda en las plataformas desde hace ya unos años y parece que ha venido para quedarse. Para aquellos que todavía no se han introducido en este interesante y enfermizo mundo, un True Crime es una serie o película documental basada 100 por 100 en un crimen real. Esta rabiosa tendencia ha llevado a las productoras a colgar en sus catálogos una buena cantidad de productos. El morbo está servido.

Netflix y HBO hace años que vieron el filón y han sido las primeras que han ayudado a resolver casos importantes, sacando los colores a un sistema judicial y policial que resulta fácilmente manipulable e injusto –especialmente- para las clases sociales más desfavorecidas.

Esta máxima es tan interesante como el hecho de que los realizadores de estos documentales se convierten en investigadores profesionales y el espectador, en el único juez que puede derrocar una sentencia. La ecuación se completa con el papel de los medios de comunicación, el cuarto poder, a la orden del sensacionalismo más burdo.

Cuando esta compleja fórmula se analiza con rigor y se explica desde un punto de vista documentalista, habemus un buen producto. A continuación, analizamos algunas normas que siguen (o deberían seguir) las historias sobre crímenes, junto a algunos ejemplos que son ya un icono de la historia de los True Crimes. Cuantas más se cumplan, mejor será la serie.

Atención: este artículo contiene spoilers. Si quieres disfrutar como un enano de las docu-series que citamos, deja de leer ahora. Te querremos igual.

Norma 1: Conseguir que el asesino confiese

Este subgénero no existiría sin la inestimable aportación Errol Morris, el artífice de los documentales que desentrañan la verdad. Morris es un cineasta especializado en la no-ficción que ha sido listado por The Guardian como uno de los diez directores más importantes del mundo. Sus documentales causaron un rebrote del cine en los años 80, especialmente con La delgada línea azul (The thin blue Line, 1988), considerada como la influencia directa de los documentales sobre crímenes.

Para que su cinta alcanzara este estatus Morris trabajó previamente como detective privado en Nueva York, un hecho que fue decisivo para empezar a desarrollar en sus trabajos un estilo propio investigativo. El sello Morris destaca por mezclar el drama y la ficción junto al relato verídico, una artimaña que utiliza inteligentemente para recrear los posibles escenarios de un crimen, con la meta final de destapar al auténtico culpable.

Así lo hace en La delgada línea azul, donde investiga el caso de Robert Wood, un policía de Dallas asesinado a tiros en 1979 por un conductor al que había parado. El jurado sentenció culpable y condenó a cadena perpetua a Randall Dale Adams, el cabeza de turco en este caso.

Alguien que estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado. En el desarrollo del documental, Morris consigue que el auténtico asesino confiese su culpabilidad a cámara. El caso se reabrió tras el estreno. Fue la primera vez que un director cruzaba la delgada línea (azul) que separa un investigador privado de un realizador de cine.

 

Norma 2: Continuar la estela de Errol Morris

La serie que más fielmente sigue la estela del maestro Morris es también una de las mejores que se han estrenado en los últimos años: El gafe: La maldición. La vida y muertes de Robert Durst (The Jinx: The life and deaths of Robert Durst, 2015) de Andrew Jarecki. El documental explica el caso de Robert Durst, al que se le atribuye la muerte de su mujer Kathleen, su amiga Susan y su vecino Morris, que aparece descuartizado.

Durante seis capítulos, se desgrana una investigación policial llena de agujeros, que se suma a una adaptación cinematográfica que deja mucho que desear (All good things, 2010) y a un torpe seguimiento mediático. De esta manera, el espectador duda de la culpabilidad del presunto asesino.

En el último capítulo, cuando Durst cree que tiene el micrófono apagado, se larga al lavabo y suelta para sus adentros -pero con voz clara- una frase en la que confiesa que ha sido él quien ha matado a las tres víctimas. Gracias a esta última y escena, Durst fue arrestado y actualmente está pendiente de un nuevo juicio. Jarecki se convierte así en el nuevo Morris.

 

Norma 3: Aportar pruebas que reabren casos

Un momento clave de los True Crime es el día en que HBO se convirtió en el detective Colombo. Ocurrió por primera vez en Paradise Lost (1996-2012), tres documentales dirigidos por Joe Berlinger y Bruce Sinofsky que relatan el brutal asesinato de tres niños mutilados en 1993 en Wes Memphis, Arkansas. Los culpables en esta historia son tres adolescentes condenados a 20 años en prisión, uno de ellos a pena de muerte. Los chavales argumentaron siempre su inocencia defendiendo que las evidencias no eran suficientemente fuertes.

La única prueba con la que contaba la acusación era la confesión de uno de los chicos, que era menor en ese momento y que fue interrogado y presionado sin la presencia de su tutor, una triquiñuela que la policía norteamericana utiliza varias veces en estos casos para conseguir un falso culpable. En dicha confesión, el pobre chico apunta como al cabecilla del asesinato a su amigo, un ser oscuro fan de Metallica cuyo crimen hasta la fecha era ser un inconformista con la sociedad americana. Siendo justos, con este argumento la acusación podría haber enchironado a toda la juventud de los 90.

En la segunda cinta los directores, que se las ingenian siempre para colarse en los juicios y captar las imágenes de primera mano, aportan como prueba un cuchillo manchado de sangre que consiguen en una entrevista a uno de los padres de los niños mutilados. Con esta acción, HBO consigue reabrir el caso, rodar un segunda parte de Paradise Lost y dejar a la policía norteamericana a la altura del betún.

 

Norma 4: Seguir un juicio desde el principio

La tercera máxima de los auténticos True Crime es intentar seguir el caso que relatas desde el principio. Hay algunos ejemplos que lo hacen a rajatabla, Y se han convertido en master-pieces de este subgénero, como lo es El caso de la escalera (The Staircase, 2004).

En este documental, repartido en 13 episodios por Netflix, se narra el juicio del novelista Michael Peterson, acusado de asesinar a su mujer Kathleen, cuyo cuerpo fue encontrado muerto sobre un charco de sangre en la escalera de su mansión.

Esta serie sigue de cerca la defensa del escritor, quien contrata al documentalista francés Jean-Xavier de Lestrade para que narre con pelos y señales el seguimiento del juicio.

Con un relato hilado con todo detalle, imágenes y audios incluso del momento del accidente (o asesinato), veremos cómo la defensa prepara sus argumentos, adelantándose a la acusación. Y cómo ésta oculta pruebas y describe posibles escenarios imposibles, utilizando falsos testimonios de profesionales al servicio de la fiscalía, con el único objetivo de ganar la batalla.

Viendo este documental, entiendes los agujeros que imperan en la justicia americana y sabrás por qué el trabajo que ejercía el personaje de Dexter es tan interesante.

 

Norma 5: Destapar interrogatorios al margen de la Ley

Lo hemos visto en Paradise Lost pero casi da más lástima en Fabricando  un asesino (Making a Murderer, 2015). Los interrogatorios ilegales que perpetran los investigadores a menores es un habitual en los casos más espinosos. Esta serie de dos temporadas dirigida por Laura Ricciardi y Moira Demos te encoge el corazón. Explica el caso de Steven Avery, un chatarrero de la américa profunda sin estudios y con un pasado complicado. Junto a su familia se verá perseguido por la policía del estado de Illinois, que intentará cargarle dos muertas.

Por la primera, cumple una condena de 18 años, hasta que unas pruebas de ADN demuestran su inocencia. En la segunda acusación, la propia justicia y la policía se ensaña con él para vengarse, consiguiendo encarcelarlo con pruebas dudosas y con un falso testimonio. Esta vez es el interrogatorio que la policía ejerce sobre su sobrino Brendan, un menor con un bajo coeficiente intelectual al cual presionan y manipulan para culpar a Steve y encerrarlo como cómplice de asesinato.

El pobre Steven Ivory y Brendan Dassey continúan en la cárcel, a la espera de que se reabra el caso, mientras el espectador continúa con la agria sensación de que jamás se hará justicia, porque significaría reconocer el fallido sistema judicial por el que se rigen los Estados Unidos.

 

Norma 6: Retratar asesinos carismáticos

Aquí no hay donde escoger, porque el asesino es el que es. A veces, el realizador tiene suerte y cuenta con personajes que son de película, como Robert Durst en El gafe. Otras los directores escogen la historia de un asesino histórico que sea todo un icono, como hace Joe Berlinger (sí, el mismo de Paradise Lost) en Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy (2019).

La serie aborda la mente criminal del asesino en serie Ted Bundy (1946-1989), que se cargó a más de 30 mujeres a sangre fría, a través de las entrevistas que le hizo Stephen G Michaud en la cárcel, en el corredor de la muerte. Para los fans de Mindhunter: la serie también recoge el testimonio de John E. Douglas, el policía del FBI en que se basa el personaje de la serie de David Fincher.

Berlinger consigue que odies a muerte al asesino. Durante los seis capítulos la historia va perfilando la conducta y el carácter de Bundy, un monstruo narcisista con cierto atractivo, doble personalidad y un alto coeficiente intelectual que no vacilaba en matar a golpes y mordiscos a sus jóvenes víctimas.

Además, muestra cómo la sociedad puede ser tan monstruosa como el propio asesino, retratando las manifestaciones que se formaban delante de la cárcel, donde cientos de personas aclamaban que se le aplicara la pena de muerte a Bundy, utilizando de promoción carteles, camisetas y un pin con forma de silla eléctrica. Con todo, el asesino se achicharra en la silla en el capítulo final, mientras el espectador se queda con cierto a olor a chamusquina.

 

 

Norma 7: Mostrar el papel del cuarto poder

Los medios de comunicación son un arma de doble filo. En los casos sobre crímenes pueden actuar como auténticos verdugos. Por ello, suelen hacer un flaco favor a los presuntos culpables.

El rol de los medios ha sido especialmente dañino en el caso de Madeleine McCann, cuyo efecto queda muy bien reflejado en la serie La desaparición de Madeleine McCann (2019), dirigida por Chris Smith. Un caso que recordamos porque en España podías ver su evolución en las tertulias matinales de la televisión e incluso en los medios generalistas.

Pero, ¿por qué el caso de una niña inglesa que desaparecía en Algarve (Portugal) ocupaba las páginas de la prensa española? Pues porque el circo mediático que protagonizaron los padres -desesperados por encontrar a su hija- fue de traca. Si preguntas a cualquier persona de tu entorno sobre este caso enseguida te dirá que fueron los padres los que asesinaron a la niña, algo que jamás se confirmó pero que la prensa sostuvo durante meses.

Esta serie no consigue estar a la altura de las arriba mencionadas, justo porque el resto de normas se las pasa por el forro: no cuenta con personajes carismáticos, no sigue el caso desde el principio, no tiene material de los juicios, los padres se desvincularon de la serie.

Y lo peor es que hacen una recreación absurda de los hechos, que poco tiene que ver con lo que hacía el maestro Errol Morris. Aun así, es interesante cómo muestra el papel de los periodistas y retrata muy bien el daño que pueden hacer en un caso de una desaparición (¿o asesinato?). Un caso que por cierto todavía no está resuelto.

 


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