Entrevistamos al cineasta onubense responsable del proyecto La Primavera Rosa, integrado por cinco documentales sobre la diversidad sexual y los derechos de las personas LGTBI.

juan antonio bermudez
27 Jun 2019
Juan Antonio Bermúdez

El onubense Mario de la Torre es el responsable de uno de los proyectos más interesantes que el cine español reciente ha dedicado a la defensa de la diversidad sexual.

La Primavera Rosa es una serie de cinco cortometrajes documentales rodados entre 2014 y 2018 que recogen numerosas experiencias de la comunidad LGTBI y de la lucha por sus derechos en cinco países diferentes: Túnez, Rusia, México, Brasil y España. Pero también es una plataforma transmedia que busca expandirse con nuevas historias que puedan llegarles desde otros lugares del mundo.

Profesor de la Universidad de Granada, De la Torre debutó como cineasta en 2006 con el corto Chocolate con churros, ganador del premio New Arrivals del Festival de Rotterdam.

En 2008, estuvo nominado al Goya con el cortometraje documental Harraga y con la tercera entrega de la serie La Primavera Rosa,  Primavera rosa en México, conseguiría una nueva nominación en los premios de la Academia. Todos los episodios de la serie han logrado numerosos reconocimientos internacionales y ya están disponibles en la web del proyecto.

Mario de la Torre en un momento del rodaje de 'Primavera rosa en el Kremlin'

Mario de la Torre (primero por la derecha) en un momento del rodaje de ‘Primavera rosa en el Kremlin’

Aunque La Primavera Rosa trata sobre la lucha por los derechos LGTBI toma su nombre de otra primavera revolucionaria, la Primavera Árabe que se dio en muchos países árabes entre 2010 y 2013. ¿Esa puede considerarse su semilla?

El proyecto arranca en 2012 con las noticias de esa Primavera Árabe. En Occidente se ofrecía una imagen victoriosa de lo que estaba pasando en esos países, parecía que las revueltas iban a desembocar en unos regímenes más democráticos e igualitarios. Algún tiempo después, la ONU celebró una reunión para aprobar la primera resolución internacional que condenase la violencia y la discriminación por orientación sexual e identidad de género. Era una cita clave para todo el colectivo LGTBI, pero los países que formaban la Liga Islámica se levantaron en bloque al comienzo de la sesión en protesta para decir que los derechos de diversidad sexual no formaban parte de su idiosincrasia.

El proyecto La Primavera Rosa nace de la necesidad de dar voz a una población que ha vivido tradicionalmente anulada

Fue un mazazo para la gente LGTBI de esos países, que veían en esa resolución un resquicio para vivir su sexualidad de forma un poquito más libre. A partir de ahí, veía en las redes sociales de mis amigos de Líbano, de Egipto o de Túnez cómo su visión de la Primavera Árabe era muy negativa. Frente al cambio, parecía que lo que iba a llegar era una vuelta a un régimen militar o el ascenso de partidos de cariz islamista. Y ante esa situación me dije que había que intentar dar voz a esa población que ha vivido tradicionalmente anulada.

 

Pero para materializar ese impulso personal tuviste que implicar a más personas…

Sí, con esa idea, contacté con Rafa Linares, granadino que lleva muchos años en Madrid trabajando con Creta Producciones. También con María del Puy Alvarado, de Malvalanda Films, que había sido también productora de otros proyectos en los que había trabajado. Y con Alfonso Palazón, de Pasajes invisibles. Con todos ellos, y con la colaboración de Amnistía Internacional, nos embarcamos en diciembre de 2012 en el primer episodio, Hacia una primavera rosa, que sería el origen de todo.

 

¿Por qué elegisteis Túnez para el primer documental?

Nos parecía el país idóneo porque allí arrancó en diciembre de 2010 la revuelta popular que luego fue el desencadenante de todo lo que ocurrió en los países árabes. Y a la vez era el país que había tenido una progresión más completa, lo que permitía una lectura integral de lo que había significado la Primavera Árabe en esos países. Pero todo eso era en cierto modo una excusa para hablar de la situación real de la gente en ese país, para ver la diversidad sexual en ese contexto. Llegamos a estrenarlo ya con la idea de hacer el proyecto transmedia, que es lo que le ha dado bastante trascendencia, incluso a nivel mediático y académico.

A Túnez, le siguieron otros países. ¿Con qué criterios los fuisteis eligiendo?

Queríamos ir haciendo un país por continente y año. En el siguiente documental, decidimos optar por Europa, pero un país que tiene un contexto cultural propio, muy particular: Rusia. Pensamos que se podía contar algo interesante por los agravios tan denigrantes que había sufrido allí la población LGTBI en los últimos años. Y así surgió La Primavera rusa en el Kremlin (2015).

Luego decidimos cruzar a América del Norte y elegimos México. Había un dato que nos pareció escalofriante en la investigación previa: un 68 por ciento de las mujeres trans asesinadas allí no eran reconocidas por sus familiares; renegaban de ellas incluso después de que hubiesen muerto en circunstancias a veces monstruosas. Eso me parecía absolutamente desgarrador, es una violencia ejercida por las familias en este caso incluso después de la muerte.

 

Llama la atención que después viajaseis a Brasil, lugar que aparentemente goza de una gran libertad sexual.

En América del Sur, elegimos Brasil, sí. Nos parecía muy interesante en primer lugar porque es el país que ocupa el primer puesto en un ranking terrible, el de personas asesinadas por su orientación o identidad sexual. Y en segundo lugar por esa paradoja por la que preguntabas. Según la visión generalizada que existe en el imaginario acerca de Brasil y el sexo, parece un país muy libre, muy abierto, pero eso es una falacia. Allí nos centramos mucho en las mujeres trans que además son negras, un componente racial que influye claramente en la discriminación y la violencia que sufren. Estuvimos grabando en diferentes lugares y entre ellos en la favela Ciudad de Dios.

El quinto y último documental lo habéis dedicado a España en algo así como un cierre.

Tras cinco años de proyecto, habíamos tenido contacto con muchos activistas españoles y reclamaban que retratásemos lo que estaba sucediendo en España. La mayor parte de ese docu está grabada en Granada, pero también en Asturias, Madrid, Murcia… Intentábamos hacer una lectura de otro tipo de discriminación y de violencia más sutiles. Tenemos muchos derechos aquí, pero sigue existiendo una discriminación relacional.

 

Me llamó la atención en ese documental que incluyeseis las opiniones de un grupo de ultraderecha, Hogar Social Madrid. Siempre queda la duda de si poner el foco sobre ese tipo de discursos no supone darle más visibilidad de la que merecen. No sé si os surgió esa duda.

Realmente, la cuestión era intentar mostrar cómo todos esos discursos juegan con lo políticamente correcto pero no dejan de ocultar un discurso de odio tremendo. Intercalamos las declaraciones de ese discurso ultra con las de un activista que realiza informes acerca de la violencia en la Comunidad de Madrid y que de alguna forma desmontaba esas ideas de odio. Como curiosidad, estuvimos valorando incluir a VOX y lo descartamos porque nunca pensamos que fueran a llegar a nada importante. Dos años después, viendo lo que ha pasado, hubiera sido oportuno incluirlos.

En La primavera rosa en España, intentamos desmontar las ideas de odio que se esconden detrás de discursos políticamente correctos

Por lo demás, el documental tiene un tono mucho más reflexivo que los anteriores, que son más directos. Y lo planteamos sobre todo desde el ámbito de lo rural y de la educación. Lo importante es reflexionar sobre qué estamos haciendo y qué tipo de prácticas son lesivas para la población LGTBI.

La situación política en estos países ha ido cambiando. En Brasil, con la llegada de Bolsonaro. En Túnez, ha habido cambios políticos pero no suficientes. En México, ha habido una cierta apertura, al menos visto desde fuera. En España, una cierta involución. Los documentales constatan también que los logros que parecen definitivos no lo son y que se puede volver atrás con cierta facilidad.

Ahora mismo estamos en una crisis de conciencia similar a la que se produjo tras las II Guerra Mundial. Hay una crisis absoluta de valores y eso hace que haya gente que se vuelva nostálgica y decida volver al pasado. En ese sentido, Rusia es un caso paradigmático. En los años 20, se despenalizó la homosexualidad pero en los 30 el estalinismo volvió a ilegalizarla. En 1993, se despenalizó de nuevo, pero nos encontramos que el año antes de grabar Primavera rosa en el Kremlin (2015), el gobierno de Putin, en una especie de cruzada contra todo tipo de ideas que suenen a occidentales, aprobó una ley contra la propaganda homosexual, que prohíbe que se lleve a cabo cualquier manifestación pública de una sexualidad que disienta de la heteronormativa y heterosexual.

Se intenta convencer a través de lo emocional a toda la ciudadanía rusa descontenta, prometiéndole que una vuelta al pasado, a un nacionalismo esencial, significa una mejoría. Y eso hace que grupos ortodoxos y neonazis se vean legitimados para atacar a la población LGTBI.

 

¿Y crees que esto es similar al neoconservadurismo que se vive en otros países?

Sí, en Brasil por ejemplo ha pasado algo parecido. El ascenso de Bolsonaro está en consonancia con todo este tipo de movimientos. En España, con la ultraderecha, que no tiene afortunadamente tanta fuerza, pero ha llegado a las instituciones. Con más o menos capacidad de decisión, pero está ahí. Eso hace que tengamos que estar alerta ante cosas como las declaraciones del líder de VOX en Andalucía, en las que queda claro que el objetivo de la ultraderecha es la gente LGTBI, las mujeres y los inmigrantes, colectivos tradicionalmente discriminados que ellos vuelven a convertir en enemigos para intentar legitimarse.

 

En la grabación de los documentales, ¿habéis tenido amenazas o presiones de algún tipo?

Rusia fue el caso más significativo en ese sentido. La noche antes de volar a Moscú para rodar Primavera rosa en el Kremlin, unos activistas de allí con los que había contactado me escribieron diciendo que estuviera tranquilo pero que debía saber que mi foto estaba en foros neonazis porque un mes antes había hecho una entrevista en una página de referencia para la comunidad rusa de Estados Unidos, hablando del proyecto y contaba que iba a viajar a Rusia.

Tras una reunión justo antes de volar, decidimos ir, porque en una ciudad como Moscú, de 13 millones de habitantes, no nos iban a encontrar y no iba a pasar nada. Realmente, lo cuento no tanto para decir que hemos estado en peligro, que es algo que en ningún momento sentí, como para resaltar a qué se tiene que enfrentar quien vive en Rusia y se enfrenta al poder, intentando defender sus derechos elementales. En muchos países, los activistas LGTBI son auténticos héroes, hacen una labor impresionante, de forma altruista y poniendo en riesgo sus vidas.

 

La Primavera Rosa está concebida como una herramienta pedagógica. ¿Qué habéis conseguido en estos años en ese sentido?

Dentro de nuestras posibilidades, hemos participado en muchas actividades formativas. A este respecto, el Ministerio de Cultura tiene un proyecto que elabora unidades didácticas a partir de obras audiovisuales. Lo hicieron con mi corto Harraga para hablar de la inmigración y en este caso lo han hecho con los documentales de La Primavera Rosa para hablar de la diversidad sexual. El que el proyecto pueda servir para educar nos parece esencial porque creo que sobre todo en la gente joven está el poder del cambio.

 

Ahora pedís que el proyecto siga creciendo, ¿de qué forma?

El proyecto se paró con la entrega en España. Nosotros no vamos a hacer más documentales de esta serie. Pero la idea es que se expanda mediante aportaciones de cualquier parte del mundo que quieran contar su historia. Si alguien quiere tomar el relevo y rodar otro episodio de La Primavera Rosa en cualquier otro país puede hacerlo y contará con nuestro apoyo y nuestro asesoramiento.

El proyecto tiene como nodo central una web cuya interfaz lo ocupa un mapamundi. Ahora hay cinco países coloreados de rosa, que son aquellos en los que hemos rodado, pero lo ideal sería que todo se colorease de rosa, para que la gente tenga historias referenciales de todos los sitios.

 

Como conclusión, podríamos decir que La Primavera Rosa parte de una confianza en el cine como motor de transformación social, ¿lo ves así?

Sí. Ahora estoy trabajando en lo académico sobre la idea de lo político en el cine y en el teatro y realmente yo creo que el cine sí tiene esa capacidad transformadora. Es una vía de conocimiento y a través del conocimiento se puede producir el cambio. La ignorancia a lo único que lleva es a la repetición de patrones y a la adopción de los mismos esquemas predominantes, siempre implantados por el poder y que se reproducen de una forma automática, esa idea de la reproducción de sistemas sociales a la que alude Pierre Bourdieu.

El cine es una vía de conocimiento y a través del conocimiento se puede producir cambios sociales

Siempre que no sea un cine conformista o que someta al espectador a la pasividad, siempre que ofrezca el conocimiento de otras realidades y aporte al espectador un cierto distanciamiento que favorezca su pensamiento crítico, creo que el cine puede ser una herramienta de cambio. Y yo concibo ese cambio desde un punto de vista humanista. Me gusta entenderlo como una faceta del ser humano. Y creo que si fuéramos todos más humanos, el cambio social beneficiaría a las personas que tradicionalmente han sido desfavorecidas: lgtbi, que también son mujeres, pobres, negras… Forman una parte de la sociedad a la que hay que rescatar y dar voz.


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