Aterriza en Netflix ‘Love, Death + Robots’, una de las series más gamberras y bizarras de su catálogo y una delicia que no escatima en técnica, violencia, sexo y humor negro. Y con sello andaluz

Esther Lopera
22 Mar 2019
Esther Lopera

Aterriza en Netflix Love, Death + Robots, una de las series más gamberras y bizarras de su catálogo y una delicia que no escatima en técnica, violencia, sexo y humor negro.

Formada por 18 relatos que se mueven entre los 5 y los 18 minutos, es una serie antológica que coquetea con la ciencia ficción y el fantástico. Antológica porque cada capítulo es de su padre y de su madre, aunque siga una fina línea conceptual.

El denominador común de todas las piezas es que juegan (y ganan) combinando las distintas técnicas que ofrecen las imágenes generadas por ordenador, con una factura técnica impecable. Es lo que ocurre cuando se junta el hambre con las ganas de comer, o lo que es lo mismo, David Fincher y Tim Miller.

Fincher, un master del universo, lleva años trabajando con Netflix y apadrinando series top como Mindhunter o House of cards; y Tim Miller, a quien conocemos por la dirección de Deadpool, es también el fundador de Blur Studio, una de las productoras líderes de la industria de la animación, el diseño y los efectos visuales.

Hace diez años que estos dos pájaros coincidieron y empezaron a engendrar este precioso monstruo de la animación americana, con el que por fin rompen estereotipos.

De Heavy metal a Akira

La nueva producción de Netflix es un plato combinado completo de efectos visuales, animación en 2D y 3D e hiperrealismo.

Se trata de una de las primeras series de animación para mayores de 18 años que han estrenado nuestros colegas yanquis. Y es que los americanos no cuentan con grandes referentes en la animación adulta.

De hecho, el film que se postula como el papá de esta serie es Heavy metal, una rara avis dirigida por Gerald Potterton en 1981, que combina efectos visuales y animación, creada a partir de un cómic de culto de ciencia ficción made in america muy gamberro. Todo ello, con una banda sonora que incluye temas de Pink Floyd, entre otros. Netflix también ha incluido esta joya en su catálogo para aquellos que quieran disfrutar de la semilla del diablo.

Si avanzamos un poco más en la historia de la animación para ver las raíces de esta serie, nos adentramos en Akira (Katsuhiro Ôtomo, 1988), la madre de las películas de anime futurista que mezclaba el 2D y el 3D y una de las maravillas visuales más importantes que se han hecho nunca.

Ambas películas juegan un papel importante en la serie de Fincher y Miller, aunque también cuenta con ciertas influencias europeas.

De hecho, si analizamos bien algunos de los capítulos, veremos que en el conjunto de técnicas que se utilizan asoma un gusto por la animación europea, quizás más centrada históricamente en el arte más pictórico del 2D, como ocurre en El Ilusionista, de Sylvain Chomet (2010).

Las diferentes influencias son patentes, aunque lo que predomina en esta serie es la combinación de las técnicas más clásicas junto a las innovadoras. Es ahí donde radica la belleza visual de este experimento.

La animación española enseña la patita

Fincher y Miller son dos nombres de peso suficiente para que algunos de los mejores animadores de nuestro país hayan decidido subirse al barco y enseñar su patita, firmando algunos de los capítulos más redondos de esta antología.

Nada tienen que envidiar a sus colegas americanos, criados entre algodones, y sí mucho que agradecer a la industria asiática y europea, siempre muy por encima en forma y contenido aunque sus factorías no tengan parques de atracciones con su nombre.

Prueba del nuevo talento español es el corto del granaíno Javier Recio, El vertedero. Recio obtuvo una nominación a los Oscar en 2009 por el corto La dama y la muerte y ya es un valor consagrado de la animación española. Ha trabajado durante años en Dreamworks y -quizás por ello- tiene muy claro que sus proyectos han de tener una identidad propia y deben respirar nuestro humor por todos sus poros.

Su trabajo para Love, Death + Robots es un ejercicio de animación que relata la vida de un pobre diablo que (sobre)vive en un vertedero, rodeado de ratas y acompañado por una montaña de basura que corretea como un perro (al estilo de los Fraggle Rock de Jim Henson, pero con más mala hostia).

La perfección del concept de los personajes y la recreación del escenario del vertedero te deja helado. Un dato: la montaña se ha creado a partir de 22.000 objetos.

En esta misma liga juegan Three Robots y Yogur al poder, los dos capítulos que firman Víctor Maldonado y Alfredo Torres, dos animadores de lujo que apuestan por la ciencia ficción, y que han trabajado codo con codo con el estudio sevillano Blow.

El primero es un relato postapocalíptico que bebe de los clásicos, además de la pieza más simpática (y reflexiva) de toda la colección. Y el segundo es una historia bizarra y encantadora que explota una de las ideas más originales que jamás hayamos visto: ¿qué pasaría si los yogures dominaran el mundo?

En un escalón ligeramente superior encontramos el capítulo El testigo, el trabajo de Alberto Mielgo. Un thriller animado y ambientado en un Tokio en 3D, que narra dos líneas temporales y que no se corta un pelo en mostrar los bajos de su protagonista durante casi todo el capítulo.

No es de extrañar, viniendo de un director que expone lienzos al óleo con bellos desnudos en una galería de arte de Los Ángeles. Pues sí, para ser animador tienes que saber dibujar y Mielgo es un artista de cabo a rabo.

Guiños a la ciencia ficción de los 80

La serie está plagada de referencias a los 80 que harán las delicias de los que se han criado con los bicharracos más populares del espacio.

Para empezar, los créditos de apertura ya son una pista de lo que nos vamos a encontrar: una bocanada de creatividad retro-futurista que, además de remitirnos a la presentación de Black mirror, nos avisa a golpe de bits informáticos que esto va de freaks.

El primer capítulo, La venganza de Sonnie (dirigido por Dave Wilson), es una de esas piezas que hacen historia y que hará babear a los amantes del 3D en todas sus formas. Recreado y narrado como un videojuego, el universo aquí es un ring del que se han apoderado un hombre y una mujer que deberán hacer luchar a sus animales utilizando sus mentes. Lo más cachondo son los bichos que pelean hasta morir: una especie de Alien con tentáculos y un sucedáneo de Depredador.

Mención aparte merece el capítulo Más allá de Aquila (de Léon Bérelle, Dominique Boidin, Rémi Kozyra y Maxim Luère), cuyo hiperrealismo te embruja de tal manera que olvidas al instante que estás viendo un trabajo hecho con imágenes generadas por ordenador.

Además de la técnica, la premisa es quizás la más interesante de la serie: una tripulación interespacial no despierta en el lugar donde debían llegar y a partir de ahí se plantea un Solaris a la francesa que seguro arrancaría una sonrisa cómplice a Stanislav Lem. Una pequeña obra maestra.

Con todo, Love, death + robots sorprende y gusta, pues lejos de ser una serie redonda en forma, se presenta como una gustosa colección imperfecta de animación para adultos.

Un guilty pleasure que a momentos resulta drástico y deformado pero que no deja de interesar. Eso sí: para disfrutar de esta serie tienes que activar tus neuronas y ponerte en modo festival de cortos.

Nunca habrás visto nada así en Netflix, pues no hay nada más difícil que explicar una historia en menos de 20 minutos. Lánzate al fango, disfruta y no olvides que hacer un buen corto es un arte que no está al alcance de todos… Ylos que suelen hacerlo son los gamberros que se sentaban al final de la clase.


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