Esther Lopera
Esther Lopera

Rodar películas en blanco y negro en la era moderna es un recurso cinematográfico cada vez más común, aunque no siempre se hace un buen uso del mismo. ¿Cuándo se utiliza correctamente la escala de grises y cuándo es solo un artificio o incluso un parche para sacar el trabajo a flote? En la historia del cine reciente hay ejemplos para todos los gustos.

Algunos han tenido cierto impacto en el público y otros se han convertido en auténticas obras de arte. Pero también hay filmes en los que el uso del blanco y negro no está justificado o es tan banal que pasa sin pena ni gloria. Tras el reciente estreno de la serie Arde Madrid (Paco León), rodada acertadamente en blanco y negro, nos preguntamos las razones por las que los realizadores toman esta decisión y, sobre todo, en qué casos este recurso consigue sumar en el producto final.

 

Aquellos maravillosos años

Un film en blanco y negro rápidamente nos transporta al pasado. Algo tan obvio es el objetivo principal de gran parte de los directores que escogen esta opción: jugar con la nostalgia. Paco León relata en Arde Madrid cómo era la España de 1960 a través de las tribulaciones del servicio que estaba a merced de Ava Gardner, la venus que vivía en esa época en la capital. Se trata del primer director que se atreve a rodar en este formato monocromo un producto para televisión pensado para las masas y sale airoso, porque en este caso el uso y juego de los dos colores y sus matices, lejos de reducir su esplendor, lo potencia y lo dota del carácter documental y realista que necesita.

Este es también el caso de un puñado de films que nos sitúan en la época gris de la Segunda Guerra Mundial y la Postguerra, entre 1939 y 1950, como Buenas noches y buena suerte (George Clooney, 2005), El hombre que nunca estuvo allí (Joel y Ethan Cohen, 2001) o El buen alemán (Steven Soderbergh, 2006).

Mención aparte merece La lista de Shindler (Stephen Spielberg, 1993), que recrea el holocausto y es hoy todo un clásico del blanco y negro contemporáneo, si bien parte del éxito radica justo en el hecho de romper la estricta regla y utilizar el rojo entre un baño de grises para destacar un solo detalle. Nadie puede olvidar la secuencia en que vemos a una niña enfundada en un abrigo rojo y que muestra en apenas un minuto toda la locura que supuso el genocidio perpetrado por Hitler. Es uno de los recursos más brillantes  que se han utilizado en el mundo monocromático del cine, aunque Coppola ya hizo algo parecido en La ley de la calle (1983).

La lista de Schindler

 

En este grupo de películas también encontramos obras maestras como La cinta blanca (Michel Haneke, 2009), donde el incómodo realizador hace un retrato del origen del nazismo utilizando como escenario la Primera Guerra Mundial, siguiendo la estela de Ingmar Bergman. Es curioso que el primer film en blanco y negro de Haneke –y uno de los más difíciles de consumir por su densidad– haya sido el que lo ha catapultado al éxito. En ambos casos, el uso del blanco y negro se convierte en una técnica casi imprescindible que va íntimamente ligada a la narrativa y la forma del film.

 

 

Maestros de la fotografía

¿Qué pasa cuando un buen fotógrafo se lía la manta a la cabeza y se pone a dirigir cine? Pues que el blanco y negro se convierte en su primera opción. Anton Corbijn es fotógrafo, realizador de videoclips y también de cine. Empezó su carrera fotografiando a las bandas y cantantes más icónicos de la escena post-punk inglesa. De ahí surge también su trabajo más destacado en el cine: el biopic Control (2006), que relata la vida de Ian Curtis –vocalista de Joy Division– basada en la historia del libro escrito por su mujer Deborah Curtis Touching From A Distance.

Con esta película ganó el premio al Mejor Director en Cannes, gracias en gran parte a la excelente fotografía en blanco y negro que Corbijn utiliza relacionada con la música oscura del carismático líder y las imágenes que ha captado durante su carrera, como por ejemplo, el impactante videoclip que realizó para Atmosphere (1988), como tributo a Curtis, tras su trágico suicidio.

Control

 

Otra gran obra de arte rodada en los dos colores básicos es Nebraska (Alexander Payne, 2013). Cine atemporal. Una road movie sencilla y profunda y que cuenta con una técnica portentosa en el uso del blanco y negro de tonos luminosos. Creada bajo el influjo de La última película (Peter Bogdanovich, 1971), que ya remitía a la nostalgia de un pueblo perdido del midwest norteamericano, se trata del ejemplo perfecto de un buen uso del blanco y negro en el cine contemporáneo, sin más justificación que la creación planos bellos donde la luz contrasta entre grises de forma mágica. Pero claro, no todos los directores de fotografía son tan buenos como Phedon Papamichael, responsable de la imagen y luz de Nebraska.

 

 

El blanco y negro es el color

También hay películas en las que el blanco y negro forma parte del outfit y queda integrado de tal manera que no hay lugar para el color. Ocurre, por ejemplo, en The artist  (Michel Hazanivicious, 2011), un auténtico bombón de chocolate que nos remite a la magia del cine mudo, y lo hace jugando con la técnica y aplicándolo a todos los campos: el acting, el guion y la propia evolución del film pide a gritos el uso del blanco y negro. Aquí no hay trampa ni cartón, sino un trabajo fotográfico pensado para dar vida a los años veinte.

La versión española de The artist vino un año más tarde, vestida de Blancanieves (Pablo Berger, 2012) e inspirada en el cuento de hadas homónimo de los Hermanos Grimm. El film de Berger imita los modos de narrar del cine mudo, con una bella fotografía en blanco y negro y la música como elemento conductor. Los españoles también sabemos jugar con los clásicos.

 

 

En esta misma liga podría jugar también la icónica El hombre elefante (1981) del maestro David Lynch. Situada en 1930, Lynch muestra su influencia del expresionismo alemán y el surrealismo, que lo ha perseguido durante toda su carrera. En esta película explica con extrema sensibilidad la historia de Joseph Merrick, un hombre gravemente deformado que vivió en Londres durante el siglo XIX y que pasó su vida deambulando en circos.

Lynch también referencia su film a La parada de los monstruos (Tod Browning, 1932), que muestra la vida cotidiana de diferentes seres deformes que conviven en un circo y cuenta con secuencias también de corte expresionista. El hombre elefante muestra el dolor humano en tonos grises y estuvo nominada en los premios BAFTA en diferentes categorías, entre ellas la Dirección Fotográfica. Nadie puede imaginarse este film –que emana tristeza por todos sus poros– contado con una amplia paleta de colores.

 

Un sello propio

No es posible hablar del uso del blanco y negro en el cine contemporáneo y no mencionar a Pawel Pawlikowski, el director arty polaco de moda que nos tiene a todos enamorados. Saltó a la fama con Ida (2016), que ganó el Oscar a la Mejor Película Extranjera (rodada en blanco y negro) y ahora lo ha vuelto a hacer con Cold War (2017), Palma a la Mejor Película en Cannes. Se trata del relato de una historia de amor imposible emplazada en la Polonia de la postguerra.

Pawlikowoski hace uso de los claroscuros y una fotografía técnicamente impecable que penetra en la retina, a base de planos fijos depurados y un encuadre académico 4:3. El blanco y negro se ha convertido, en este caso, en la marca de la casa, no en vano el director polaco cita como referentes a Bergman o Bresson.

 

 

Soy indie y no tengo presupuesto

El uso de la técnica en que estamos basando este artículo se distorsiona cuando hablamos de algunos directores independientes, en especial de origen norteamericano. Acunamos el término ‘independiente’ para definir los films de bajo presupuesto en los que la decisión de usar el blanco y negro se toma una vez rodado todo el material. El objetivo no es otro que depurar los errores de color e iluminación que tiene el material primario. Es el caso de Clerks (Kevin Smith, 1994), la ópera prima de un director que empezó con simpatía y pocas ínfulas y que consiguió un metraje efectivo y honesto.

Una película que funcionó entre los amantes del cine outsider de los noventa y se convirtió en un film de culto. Todos pensábamos que Kevin Smith se había sumado al rollito indie del momento (siguiendo la estela de Jim Jarmush) y en realidad lo que ocurrió es que no tenía presupuesto para controlar y equilibrar las diferentes temperaturas de color.

 

Intuimos que también es el caso del Frances Ha (Noah Baumbah, 2012), otro film de corte indie norteamericano de factura sencilla que basa su éxito en las interpretaciones amateurs y en el que la decisión del blanco y negro no parece tener más relevancia que la mejora técnica del producto final o incluso el simple pose.

 

Con todo, se quedan muchas películas en el candelero que podrían posicionarse como buenos modelos si se opta por el uso del blanco y negro para rodar una película. Pero también muchas pifias que se han quedado en un intento de seducir a las masas independientes por aquello de ser cool e intentar hacer algo distinto. Blanco y negro sí, por supuesto, pero con un poco de sentido y siguiendo a los maestros, por favor.

 


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