Historias eternas. El cineasta Jorge Naranjo nos revela la fuerza de las arquitramas, esas estructuras que permanecen durante siglos, conectando ‘ET, el extraterrestre’ con El Nuevo Testamento o ‘París, Texas’ con ‘La Odisea’

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3 Jul 2020
Jorge Naranjo

Cuando estudiaba Periodismo, había un profesor que llenaba las clases hasta el punto de que no se cabía. Y me consta que lo sigue haciendo. Lo curioso es que no eran clases obligatorias, sino créditos de libre configuración que se podían conseguir con cualquier otra asignatura, muchas de las cuales podían ser aprobadas con una reseña de algún libro insufrible (no todos).

En aquellas clases, Adrián Huici hablaba (y sigue hablando) del poder de la propaganda en los medios, y de cómo el cine y el audiovisual se servía de historias e imágenes para transmitir ciertos valores culturales o religiosos sin que el pueblo se diera cuenta de lo que estaba viendo.

De todos ellos, el ejemplo que más me cautivó –y del que sigo hablando en mis clases con el copyright de Huici- fue el de E.T., el extraterreste (Steven Spielberg, 1982). Aun recuerdo mi sorpresa cuando aquel profesor argentino de barba gruesa e imponente presencia nos explicó, como si fuera un cuento, que el guion de “E.T.” era una adaptación de la historia de Jesucristo.

El Mesías extraterrestre

Y que, al igual que hizo el “Mesías” que preconiza el catolicismo, el alienígena bajaba del cielo, realizaba milagros, preconizaba un mensaje de “sed buenos”, remitía a un Reino de los Cielos que él llamaba “mi casa, teléfono”, se rodeaba de una pandilla de apóstoles cuya fe les haría seguirle en bici hasta la luna si hacía falta y que finalmente moría, resucitaba… y subía al cielo.

Es decir, E.T. contó al mundo la historia del Nuevo Testamento a la vez que conseguía varias interrupciones con aplausos en el Festival de Cannes de ese año. Pero no fue el único ejemplo.

También nos contó que El día de la Bestia (Álex de la Iglesia, 1995) no era nada más (y nada menos) que una libre adaptación de El Quijote. Una historia donde un hidalgo, en este caso, un cura, perdía la cabeza entre lecturas satánicas y se hacía acompañar de un escudero heavy metal para combatir entre letreros de Schweppes a unos gigantes que no eran molinos, sino fruto de los “tripis” y el talento del director y su co-guionista habitual, Jorge Guerricaechevarría.

Historias eternas

Huici quería hablar de mecanismos para introducir la propaganda, pero también nos estaba hablando de algo que, desde entonces, me ha atraído sobremanera: las arquitramas. Es decir, las estructuras arquetípicas que subyacen bajo los guiones y que nos permiten contar la misma historia una y otra vez, pero de forma diferente, con una nueva autoría y una nueva proyección.

En el excelente libro La semilla inmortal: los argumentos universales en el cine (del que tengo dos ejemplares, uno de ellos para devolver a un amigo tan guionista como periodista) sus autores Jordi Balló y Xavier Pérez se introducían en esta materia y nos descubrían hallazgos como que el Supermán de 1978 de Richard Donner (o más bien, de Mario Puzo, que escribió ese guion y generó la leyenda) era la historia de un Moisés con tintes mesiánicos.

Y ya no sé si fue en ese libro, en una clase de Huici o en alguna charla entre cervezas donde aprendí que París Texas (Wim Wenders, 1984) era una revisión de La Odisea de Homero con un Ulises perdido por el desierto que encontraba a su Penélope entre pretendientes de un club de strip tease.

Y, volviendo a la propaganda, fue en un seminario sobre el ochentero programa La Bola de Cristal donde los guionistas nos contaron que los primeros capítulos de Los Electroduendes no eran más que una adaptación, prácticamente punto por punto, de El capital, de Karl Marx.

Desde siempre me ha interesado introducir el cine y el lenguaje audiovisual en las escuelas, porque si nos enseñan a leer y escribir palabras, también deberían enseñar a los más jóvenes a leer y a escribir imágenes, porque son éstas las que dominan la comunicación desde hace décadas y es a través de las películas, series, videojuegos o los informativos donde se aprende tanto ética como política, tanto religión como la vida en anarquía, tanto un polvo como un beso.

Ese acervo cultural es nuestra principal arma como escritores, nuestra cárcel y salvación

Pero ésta es una columna sobre guion, y las arquitramas son, ante todo, una herramienta para dominar los entresijos de las historias, y una estructura tan útil como otra cualquiera, pero que demuestra que estamos unidos por algo más que el corazón de E.T. o la capa de Supermán. Y que ese acervo cultural es nuestra principal arma como escritores, nuestra cárcel y salvación.


Un comentario sobre “Arquitramas: Entre Jesucristo y Don Quijote

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