El envidiable estado de forma en el que ahora mismo se halla el cine andaluz se deja notar también en un formato corto que en el Festival de Sevilla nos lleva por un viaje alucinante que explora las infinitas posibilidades del medio

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8 Nov 2021
Víctor Esquirol
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La sección de cortos de Panorama Andaluz se ha mostrado como una de las selecciones de películas más vibrantes de la 18ª edición del Festival de Sevilla. Un total de 18 títulos, que como conjunto parece atreverse con cualquier género, tono y, por qué no, temática que venga a la cabeza.

Sirva como ejemplo de ello el nuevo trabajo de María Cañas, maestra del zapping 2.0. Como cabía esperar, su En el futuro… predicciones para un presente extremo es un delirante ejercicio de searched footage en el que los memes y los micro-clips virales de las redes sociales se conjugan para ilustrar primero la explosión cósmica de estímulos en la que transcurren nuestros tiempos.

Después, para dibujar, como a lo mejor haría un Don Hertzfeldt saturado de información-basura, un porvenir en el que solo queda espacio para las criaturas más extrañas; para las situaciones más absurdas… el resultado, todas ellas, de buena parte de los excesos de imágenes y sonidos con los que ahora mismo nos relacionamos.

En el otro extremo, encontramos a Celia Avilés, quien en Eón parece hablarnos también desde el futuro, pero en este, el ruido (y el calor humano) se ha apagado; ha sido acallado por la implacable secundera de un reloj que rige las rutinas y los ritmos vitales de las personas.

Un hombre y una mujer se sientan uno al lado de la otra, y para comer, coordinan con precisión maquinal todos sus movimientos. Ejecutan a la perfección todos los gestos necesarios para llevarse alimentos a la boca. Todo esto lo hacen, por cierto, sin establecer ningún contacto con su partenaire: ni físico, ni siquiera visual. Con un afinado sentido de la coreografía, la directora nos sitúa en una escalofriante paradoja: un ritmo que seguimos al unísono, pero que nos separa de los demás.

Hablando de soledad, Juanma Suárez dirige a Antonio Dechent en El productor, un cuento moral en clave fantástica, donde el despacho de un arisco magnate del cine se convierte en la antesala a lo que sea que nos espera cuando la vida llega a su fin.

Esta divertida mezcla entre El séptimo sello y Cuento de navidad incide en las angustias de un pobre diablo expuesto de repente ante el aislamiento afectivo en el que él mismo ha ido cimentando su propio imperio del celuloide. Una situación desesperada que el director sabe abordar con la debida distancia, para que así se imponga un ambiente cómico contagioso.

Algo similar sucede con Martin, de Dani Zarandieta, una arriesgada pirueta en la que una misteriosa llamada telefónica conduce a una chica afincada en San Francisco a enfrentarse a una de las imágenes más bochornosas de los últimos meses.

Una conexión supuestamente íntima nos lleva hacia un escándalo (uno más) en la política estadounidense; un episodio de tumulto colectivo plasmado aquí con una inquietante combinación entre humor y romance. Por cierto, en Despojo, Pablo Escudero también se guarda en la chistera uno de esos giros de guion pensados para dejar huella. Al fin y al cabo, su historia es testigo del malestar de un presente contagiado por demasiados males. De la crisis del coronavirus hablamos, claro, pero también, y sobre todo, de las desigualdades sociales (cada vez más abismales) entre desfavorecidos y privilegiados.

La cámara sigue a otra chica, pero ahora estamos en una Madrid cuyos habitantes no pueden quitarse nunca la mascarilla, y cuya dieta está en manos de un ejército de riders que no puede detenerse ni un solo segundo. Un montaje asfixiante convierte las notificaciones de móvil en una gota malaya que nos recuerda que de la precarización a la esclavitud van solo una o dos pedaleadas. Los fantasmas de la pandemia campan también a sus anchas en Contigo, de Manuel H. Martín, pieza en la que vivimos encerrados con una anciana que dice no querer saber nada del mundo exterior.

De vez en cuando, su hija, que está muy lejos, intenta contactarla vía telefónica, pero es en vano. La protagonista de esta historia ha decidido apartarse de todo lo que la rodeaba… menos del recuerdo de su marido, que pervive de manera fantasmal, y que ayuda a su pareja a lidiar con el drama (desgraciadamente generacional) de la soledad. Una pincelada fantástica para un emocionante retrato del encierro interior.

Este escenario aterrador, asociado también a la tercera edad, se explora también en Cigarrillos, de Rosario Pardo, donde se añade a la ecuación la sobrecarga dramática de unos hijos (ya muy adultos) que a duras penas les alcanza para cuidar de unos progenitores que ya no se valen por sí solos. Por su parte, Yolanda Centeno Harry plantea también tensiones en el seno familiar, esto sí, adaptándolas a las nuevas formas y roles que estas están adoptando.

A todo esto, Manuel Ramos narra en Duende un viaje de autodescubrimiento que lleva a su joven protagonista de un fuerte retraimiento inicial a una apertura liberadora. De lo que se trata aquí es de trazar un itinerario musical que debe terminar con la mágica manifestación de esa inspiración, de esa energía que lleva a la artista a alcanzar el punto sublime de comunión con el arte.

Una luz de la que no podemos apartar la mirada; un ritmo y unos cánticos que agitan y resuenan en el alma. Se trata de un lenguaje muy similar al que Ian de la Rosa emplea en Farrucas, un bello y a ratos vigoroso retrato en el que una filmación naturalista y delicada logra crear una complicidad muy sólida con unos personajes que, para mayor placer, se comportan como personas reales.

Una conjunción de elementos (o directamente virtudes) que a la película le sirve para dar nitidez tanto en los terrenos del fresco social como en los de un retrato femenino que emociona, primero por canalizar inseguridades y anhelos íntimos, y después por saber transmitir la cálida y reconfortante seguridad de una camaradería (hermandad, se podría decir) a prueba de cualquier giro que pueda proponer el destino.

Mientras, Joaquín León se luce en Calor infinito, una magnífica pieza de narración estilizada y de celebración permanente del carácter único de cada uno de sus personajes; de cada una de las situaciones por las que transitan.

Asuntos de familia y liturgias ancestrales bailan la misma danza: una melodía extraña pero pegadiza; irresistible, se podría decir. A propósito de los rituales que impregnan las tierras y las comunidades, Panorama Andaluz propone un díptico compuesto por Camino al Rocío, de Ignacio Guarderas Merlo y Un viento roza tu puerta, de Jorge Castrillo Busto y Pablo Paloma (este último, recordemos, ya pudimos verlo en el Festival de Jóvenes Realizadores de Granada) en el que al principio la pantalla se parte entre dos puntos de vista que poco a poco van convergiendo en la armoniosa orquestación de esos cantos y sonidos naturales que aligeran y dan sentido a determinados peregrinajes.

Después, el cine se comporta como una esponja que primero capta todos los impulsos sensoriales que la rodean, y que después nos salpica con todos ellos. Pero a esta selección de títulos todavía le queda cuerda. Lo demuestra el tríptico experimental, compuesto por 135-44=88, de Isaías Griñolo, El desierto de Simón, de Sándor M. Salas y Nuevo nacimiento, de Alfonso Camacho. Todos ellos memorables ejemplos de aparatos que sacuden a partir de montajes electrizantes.

Es decir, a base de concatenar imágenes, sonidos y conceptos con total libertad y aún más lucidez. Con ello, el cine convierte gestos intelectuales en puro gesto combativo; en un acto de valor ante barbaries e injusticias que claman al cielo. La brutalidad represora del estado, el mancillamiento de tierras sagradas, el exterminio de pueblos enteros… la respuesta a estos crímenes se halla en el don de la improvisación, a la falta absoluta de miedo a la hora de plantear rimas que incomodan, como debe ser.

Por último, quedan dos propuestas totalmente dispares: Miedo al miedo, de Menchu Esteban y Xun, de Ángel Tirado Higuero. La primera es un documental en el que la música es catalizador de un terror paralizador, pero también refugio de esto mismo. El plano diegético pasa al extra-diegético, y las entrevistas de la DJ protagonista adquieren el carácter de esas terapias que solo pueden surgir tras yacer en un diván.

Después, y para cerrar, nos espera un ambicioso viaje al futuro, en forma de ciencia-ficción que no se arruga ante el reto mayúsculo de tener que corresponder sus tesis sobre la condición humana (y su programación) con unas imágenes de factura digna de superproducción.


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