‘Una vez más’ logra dotar de autenticidad la escala reducida en la que se mueve y dejarnos con buen sabor de boca. Lo hace apoyándose en la solvente interpretación de Silvia Acosta y convirtiendo los grandes temas vitales en lecciones que nos invitan a disfrutar de esos discretos placeres que dan sabor a nuestra existencia

14 Nov 2019
Victor Esquirol Molinas

El título del primer largometraje escrito y dirigido por Guillermo Rojas podría interpretarse, siendo un poco malévolos, como una especie de admisión de la naturaleza poco innovadora de un producto que, a menos que hayamos desarrollado, sobre todo a lo largo de las últimas décadas, una mínima relación con el cine indie, nos invita a repetir con unas sensaciones que llegan a nosotros con la etiqueta de, efectivamente, “una vez más”.

Ver esta ópera prima implica, como no puede ser de otra manera, un primer contacto con un autor que, no obstante, parece haber construido su propuesta artística a través del recuerdo de otros antecedentes que pueden servir a sus intereses.

Para entendernos, tenemos a una chica española actualmente afincada en Inglaterra, pero que tiene que aparcar momentáneamente su condición de inmigrante. Resulta que uno de sus más queridos familiares acaba de fallecer, de modo que tiene que hacer las maletas y emprender una visita relámpago a Sevilla, su ciudad natal.

A todo esto, no está de más tenerlo en cuenta, The Farewell aguanta en nuestra cartelera. Este nuevo hit del cine independiente americano, concebido por Lulu Wang, nos presenta a una joven en la que palpitan pulsiones identitarias tanto de China (ahí donde siguen encontrándose sus raíces familiares) como de Estados Unidos (donde sus padres se instalaron cuando ella todavía era una cría).

Los referentes de Una vez más

Por si esto fuera poco, el factor que pone en marcha aquella otra película, es también una reunión de seres queridos motivada por la muerte (en ese caso, no confirmada, pero supuestamente inminente) de uno de los miembros más ilustres de dicha familia. Pero hay más referentes que vienen a la memoria durante el visionado de Una vez más.

La manera calmada y amable que adopta a la hora de transitar por entornos urbanos recuerda a la que emplea Jonás Trueba en su última película, La virgen de agosto, y por supuesto, el carácter romántico de la historia, abordado este desde un intercambio dialéctico casi permanente, recuerda inevitablemente a la magistral trilogía Antes de”, de Richard Linklater, y en menor medida, a aquella encantadora réplica a manos de Alex Holdridge, titulada Buscando de un beso de medianoche.

Ecos de películas a todas luces más memorables que la que ahora mismo nos ocupa. Y aun así (y ahí está el mayor triunfo del conjunto), Guillermo Rojas se las ingenia para no ser engullido por la altura -inasumible- de los listones que fijan unas comparaciones que, por injustas, se antojarían como especialmente odiosas.

Lo emocional sobre lo racional

De modo que toca vivir esta especie de repetición con la falta de pretensiones (o la ingenuidad, si se prefiere) de estas primeras veces que tanto nos pueden desarmar. Dicho de otra manera: debemos priorizar lo sentimental por encima de lo racional, algo a lo que, por cierto, nos incita la propia película.

“Solo recuerdo la emoción de las cosas, y se me olvida todo lo demás”. Lo primero que vemos proyectado es esta cita del poeta Antonio Machado. Una sentencia que no tarda nada en descubrirse como una declaración de intenciones. Y por si todavía hacen falta más pistas, ahí está una lista de reproducción de temas musicales que se reivindica, a las primeras de cambio, como banda sonora que debe ayudar, en todo momento, a poner en la misma onda los sentimientos de la audiencia con la de los personajes que habitan la pantalla. Nada nuevo bajo el sol de Sevilla, menos aún en un género muy dado a fundir la dirección fílmica con la emocional.

Una vez más logra dotar de autenticidad la escala reducida en la que se mueve. Lo hace apoyándose en la solvente interpretación de Silvia Acosta

Pero de nuevo, a pesar de lo obvio en el planteamiento del arco dramático; a pesar de que al aparato se le vean las costuras en no pocas ocasiones, Una vez más logra dotar de autenticidad la escala reducida en la que se mueve. Lo hace apoyándose en la solvente interpretación de Silvia Acosta, su protagonista femenina, pero sobre todo convirtiendo los grandes temas y momentos vitales a los que se enfrenta, en pequeñas lecciones que, muy lejos de llegar al estatus de revelaciones, sí que por lo menos cumplen como reconfortantes recordatorios de aquellos discretos placeres que dan sabor (aunque no necesariamente sentido verdadero) a nuestra existencia.

Aboga pues por una evidente vocación de contagio, tanto a través de estímulos sensoriales de estribillo pegadizo, como a través de la invocación de esas etapas por las que todos hemos pasado

Marchar para volver, celebrar la vida temiendo a la muerte, enamorarse y distanciarse… y al cabo del tiempo, quién sabe, volver a sincronizar los latidos del corazón con los de aquella persona sin la que parece que no podamos ni respirar. Y sigue sonando de fondo una música que, ya no hay ninguna duda al respecto, está ahí para desactivar cualquier llamada al cinismo con la que pueda tentarnos el cerebro.

Para evitar el efecto rebote, el director muestra una actitud lúdica en el uso de la partitura, encontrándole varias soluciones en su manifestación; permitiéndole tomar posesión de unos personajes que, inevitablemente, bailan al ritmo que esta marca.

Una vez más

Una vez más aboga pues por una evidente vocación de contagio, tanto a través de estímulos sensoriales de estribillo pegadizo, como a través de la invocación de esas etapas (más o menos efímeras) por las que se supone que todos hemos pasado. Son las amarguras, los reproches, los abrazos y las sonrisas regaladas en esas noches en las que lo mismo parece que vayamos a tocar fondo, como que vayamos a elevarnos, para instalarnos así en un estado de felicidad absoluta.

Al final, como suele suceder en la vida real, no se concreta ni una cosa ni la otra, pero ya solo con la insinuación de dichos escenarios, basta para que se nos dibuje en el rostro esa media sonrisa que, a efectos prácticos, ya alcanza para dejarnos con buen sabor de boca.


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