Shorty Week 2019 pone de manifiesto la excelente salud del corto como formato con reglas propias. El cine de animación gana peso en la cita cinematográfica del verano gaditano, pero también las historias íntimas de desamor y el cine más reivindicativo

Mª Angeles Robles
1 Jul 2019
Mª Angeles Robles

La sección oficial de Shorty Week 2019 demuestra, una vez más, que el cortometraje ha dejado de ser un formato menor para convertirse en un medio de expresión con sus propias coordenadas, destinado a llegar a un público dispuesto a disfrutar de nuevas experiencias y capaz de valorar la dificultad que entraña desplegar una historia en muy pocos minutos.

Treinta y cinco películas competían este año por el galardón del festival hormiguita en dos sesiones celebradas en el patio del Espacio de Cultura Contemporánea de Cádiz, un lugar que va ganando enteros como cine veraniego. Las gaviotas amenizaron con su inquietante banda sonora las primeras proyecciones de la noche y los mosquitos acompañaron fielmente a los espectadores hasta el final de la sesión.

Mucha animación

El cine de animación se ha alzado con el protagonismo de la sección oficial de este año. Once propuestas se mueven en un amplio espectro que va desde los meros ejercicios de estilo a apuestas más arriesgadas que demuestran la versatilidad del género para desarrollar historias de ficción capaces de conmover.

Es el caso de Signal, firmada por Qing-wen Yao, que se ha alzado con el premio al Mejor Cortometraje del festival. La película supone un ejemplo de la capacidad del anime para desarrollar narraciones en las que la concepción estética y la repercusión ideológica van de la mano.

Con su historia de ángeles caídos, el cineasta taiwanés reflexiona valientemente sobre la capacidad del ser humano para intentar superarse y escapar de una sociedad empeñada en coartar sus libertades. Signal es una hermosa apuesta por el cine centrado en la defensa de los derechos sociales.

En esta misma línea reivindicativa está Monster’s Walking de Diego Porral. Un minuto es suficiente para atrapar al espectador con una propuesta socarrona y despiadada, acentuada por las limpias líneas del dibujo que perfila a un personaje que se transforma en varios monstruos imposibles hasta alcanzar al definitivo monstruo final: con la Iglesia hemos topado.

Luminosos ejercicios de estilo

Los indudables valores estéticos de la animación quedan de manifiesto en propuestas que podemos reconocer como luminosos ejercicios de estilo. Es el caso de las delicadas Circuit de Delia Hess, o Teoría zakata, de Roman Sokolov. Ambas comparten la cuidada factura del dibujo y su defensa del hombre como parte esencial del círculo vital de la naturaleza.

En The Afterbirth dos gemelos que se preguntan por la existencia de algo más allá de la vida intrauterina

Una de las propuestas más curiosas es The Afterbirth, que firman Ignacio Rodó y Blanca Bonet: cine trascendente de la mano de dos gemelos que se preguntan por la existencia de algo más allá de la vida intrauterina.

De carácter más experimental, Five death scenes, de Peleg Dishon, Ilan Yona y Merav Maroody, utiliza como recurso expresivo los libros tridimensionales, que se funden con imágenes reales para configurar una metáfora de la migración y la búsqueda de la propia identidad.

Animación e imagen real conviven también en cintas como El fotoviaje de Carla, de Fran Gas, y Mutti del francés Hugues Brière. La primera, una inquietante propuesta configurada como un falso documental que explora las fronteras de la imaginación y abre la puerta a otros mundos posibles. La segunda se adentra en los límites de la identidad, la memoria y la herencia familiar con una propuesta sensible y evocadora.

El joven realizador alemán Samuel Patthey firma una de las películas de animación más interesantes del Shorty Week de este año: Travelogue Tel Aviv, un cuaderno de dibujo animado que se alza como un retrato íntimo de una ciudad multicultural.  La complicada vida diaria de la esta gran urbe se mezcla con los espacios de ocio en los que el tiempo parece detenerse. La cinta es un poético descubrimiento de una ciudad vista a través de los ojos atentos y críticos del director berlinés.

La historia de avaricia narrada sarcásticamente en Fortune, de Nicolas Castelli, Pedro Pillot, Simon Magnat, Nicolas Ferracci & Alexandre Moisan, se ha hecho con el premio al mejor corto de animación del Shorty Week 2019.

En clave de desamor

El cine íntimo, ese que habla de las relaciones humanas y de cómo nos sentimos con respecto a los demás, también ha tenido un lugar importante en la sección oficial de la VI edición del Shorty Week. Películas como El Corazón es la cuarta pared de Andrés Restrepo Gómez, en la que la imaginación pone orden y a la vez desordena los sentimientos; o la impactante –tanto por el físico de los protagonistas como por el sobrecogedor final– Desaliento, que firma Pinky Alonso.

Una de las mejores propuestas en este sentido es Las rupturas abiertas de Juan Carlevaris, un simpático e irónico recorrido sobre las posibles soluciones y alternativas para curar el desamor. Dos chicas en la barra de un bar son el punto de partida de esta cinta que logra conmover y divertir a partes iguales.

Lo siento mi amor es una película gamberra y sin complejos que da una particular visión del asesinato de John F. Kennedy

Una pareja muy particular –y ésta sí bien avenida– protagoniza Lo siento mi amor de Eduardo Casanova, que ha sido galardonada con el premio a la mejor comedia del Shorty de este año. Lo siento mi amor es una película gamberra y sin complejos que da una particular visión del asesinato de John F. Kennedy, con canción de Rocío Jurado en la banda sonora incluida.

Las en ocasiones complicadas relaciones familiares centran Cocodrilo, de Jorge Yudice, una emocionante cinta que habla de la incomunicación, del amor y de la posibilidad de una segunda oportunidad en un tono emotivamente equilibrado.

Cine con mensaje

El cine con mensaje se hace un hueco con propuestas como Para ayer de Celia Galán, que se plantea en clave de humor las exigencias de un mercado laboral altamente competitivo que, en muchos casos, roza el absurdo. De factura muy distinta, Subway, de Carlos Garcia de Dios, nos interroga sobre lo disparatado de la vida cotidiana, con sus prisas e imposiciones, a partir de un discurso potente que se superpone a imágenes fijas del interior de un atestado vagón de metro.

También marcada ideológicamente, pero en un sentido muy distinto, Rojo amarillo rojo, de Teresa Bellón y César F. Calvillo, esconde bajo una fachada de ironía, que conecta en principio con el espectador, un mensaje retrógrado que se sustenta en poner en ridículo a esos progres a los que les gusta Sabina, que tienen amigos inmigrantes y que son incapaces de sentir la menor simpatía por España y su bandera.


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