Su tercer Goya. Natalia de Molina está nominada a los Goya por su trabajo en ‘Adiós’ (Paco Cabezas), donde interpreta a una joven madre que pierde a su hija en un accidente. El personaje la envolvió «en un universo muy doloroso» pero inmerso en la «verdad» de Las Tres Mil Viviendas

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22 Ene 2020
Alejandro Ávila

Trabajadora, constante, tímida. Y elocuente. Sus compañeros definen a Natalia como una gran profesional, capaz de transformarse frente a la cámara y trabajar incansablemente. Ante los periodistas, se muestra prolija, no evita las respuestas incómodas y hace gala de ese intenso mundo interior que da vida a todos esos personajes que, a pesar de su juventud, le han valido una intensa carrera, con cinco estrenos anuales, dos premios Goya (Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba), Techo y comida (Juan Miguel del Castillo) y cuatro nominaciones que -posiblemente y en breve- la convertirán en la actriz andaluza más laureada de la historia.

Su última nominación le ha recaído por su papel en Adiós, con el personaje de Triana, la sufrida madre que ha perdido a su hija y se deja la piel evitando que su marido (Mario Casas) no dé rienda suelta a su sangrienta venganza. Confiesa que se vio envuelta «en un universo muy doloroso», pero agradece la «verdad» que respiró rodando en las Tres Mil Viviendas, uno de los barrios más desfavorecidos de Sevilla.

Este sábado, en la gala de los Goya que se celebrarán en Málaga, sabremos si el Goya a mejor actriz de reparto recae en sus manos o, quizás, en las de su compañera Mona Martínez. Asegura que no le preocupa y que prefiere que se lo lleve la actriz malagueña.

Ella, mientras tanto, asistirá echando a andar ese álter ego -o  personaje público- «va a los sitios» y «hace todas esas movidas» por ella, ocultando su propia timidez.

Has recibido el Goya a actriz revelación, protagonista y estás nominada por segunda vez a reparto. ¿Cómo afrontas esta nominación?

Con alegría de que hayan reconocido el trabajo que hicimos en Adiós Pilar Gómez, Mona Martínez y yo. Fue muy difícil interpretar esos personajes y nos alegra mucho sentir el reconocimiento de los compañeros. El verdadero premio fue hacer de Triana y trabajar con Paco (Cabezas). En fin, lo que tenga que ser, será, pero estoy tranquila con el mundo Goya. Luego hay sorpresas y, de hecho, me ha pasado a mí en los que he ganado. Me encantaría que se lo dieran a Mona, porque a mí me ha servido mucho para impulsar mi carrera.

¡Qué generosa!

Lo pienso de verdad. Creo que se lo darán a Julieta (Serrano, que interpreta a la madre del protagonista en Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar), pero a la que le viene mejor es a Mona (Martínez). Es una pedazo de actriz y es más desconocida. Me gustaría que María Santos (el papel que interpreta Mona Martínez) subiera al escenario a decir unas palabras.

Has descrito tu papel en Adiós como un papel que te generó agujetas emocionales. ¿En qué consisten dichas agujetas?

Pues era un dolor que iba más allá de lo corporal. Llegaba a casa y sentía agujetas al levantarme por la mañana. Me sentía apática y me dolía el pecho. Me di cuenta de que me había metido en un universo muy doloroso. Triana es uno de esos personajes en los que la carne se pega al hueso, te deja un vacío y te crea agujetas. Soportamos una carga dramática muy alta y el cuerpo se resiente».

¿Has sentido química trabajando con Mario Casas?

Sí. De hecho, me hubiese encantado que también lo hubieran reconocido a él. Es un pedazo de actor, que se ha dejado todo. En las películas es muy importante el trabajo de equipo y la persona que tienes al lado. Cuando los compañeros son generosos, repercute en tu trabajo. No nos conocíamos de nada y nos llevamos muy bien. Me encantaría volver a trabajar con él, porque es un gran compañero y actor.

«El instinto de la gente de Las Tres Mil Viviendas, su verdad y su desgarro les viene muy bien a la película. Me siento muy afortunada de haberlo vivido»

En Adiós, el barrio de Las Tres Mil Viviendas (Sevilla) es un personaje más de la historia. ¿Cómo os acogió el propio barrio?

Al principio íbamos con miedo. Me apetecía hacer la película, tener la oportunidad de grabar rodeada de tanta verdad, pero la gente me metió el miedo en el cuerpo. Sin embargo, cuando llegué allí, me di cuenta de lo terrible que son los prejuicios y el sensacionalismo. Allí hay gente buena y mala… ¡como en todos lados! No se les mira, pero son supervivientes y lo hacen desde el arte. Su instinto, su verdad y su desgarro les viene muy bien a la película. Me siento muy afortunada de haberlo vivido.

¿Cómo preparaste tu papel como Triana?

Cuando me involucro en una película, pienso en cómo se mueve, come y qué hace las 24 horas del día. Me obsesiono con el personaje y hago cosas como escribir un diario imaginario o preparar una lista de reproducción de música. Me inspiro de la realidad, leo psicología y veo documentales. Lo armo todo muy bien, pero voy siempre muy abierta al rodaje, a la réplica de mi compañero.

Techo y comida, Quién te cantará, Adiós, Operación Camarón: ¿crees que conectas con estos personajes de clases más humildes por alguna razón?

No lo había pensado. Soy de una familia superhumilde. Mi madre ha sacado a cuatro niñas ella sola. De eso, te das cuenta con la edad. Rocío, la protagonista de Techo y comida, tiene mucho de mi madre. Es mi madre, vaya. Me siento conectada a personajes que den voz a los invisibles… que en realidad somos todos. Me gusta el cine que está muy vinculado con la realidad, porque el cine debe ser un espejo de la vida, del mundo.

Aunque la mayoría de las escenas de acción las ha grabado Mario Casas y tus compañeros que interpretaban a agentes de policía, sí has rodado un accidente de coche. ¿Cómo fue esa escena tan especial?

En la escena del accidente estaba todo el equipo. Había una estructura con el coche, que tenía que dar vueltas, con el croma detrás. Estaban los especialistas,  cuidando de nuestra seguridad, la de los actores. Recuerdo que subí, me monté en el coche, nos dieron vueltas y cuando terminé, empecé a pedir más. ¡Era como estar en una montaña rusa!

«Ojalá vuelva a rodar en España, hace falta más cine como el de Paco Cabezas»

¿Qué ha supuesto trabajar con un director de cine como Paco Cabezas?

Es una enorme suerte encontrarte a gente que sabe lo que hace y lo que quieren contar. Compartes un espacio creativo y confían en ti. Paco es un tío que cuando cortábamos para comer, usaba sólo media hora y la otra se iba a una esquina a planificarlo todo. ¡No para! Es muy crack, muy gracioso y muy tímido. Por eso, nos entendemos en nuestra timidez. Ojalá vuelva a rodar en España, hace falta más cine como el de Paco.

Hay directores que destacan de ti la transformación frente a la cámara. ¿Cómo vive una persona tan aparentemente introvertida esta exposición pública?

Esto es una locura. Soy muy tímida y te juro que yo misma me hago esa pregunta: cómo afrontar todo lo que conlleva mi trabajo. En esas estoy. En los actos públicos, tengo un álter ego. Es un personaje que va a los sitios y hace todas esas movidas. A veces, es raro y me siento extraña. Poco a poco empiezo a sentirme más cómoda con todo lo que viene después, como las galas y las entrevistas. Empecé muy joven, con 23 años, y siento que he crecido como mujer a la par que como actriz. En todos estos saraos, voy encontrando a la persona que soy.

¿Cómo nació y se desarrolló tu vocación por la interpretación?

Siempre he sido una niña muy imaginativa. Me gustaba cantar y actuar. Era la pequeña de cuatro hermanas y hacían conmigo lo que querían. Yo era su juguete y me disfrazaban y jugábamos a hacer vídeos con una cámara. Vivía en una zona de Granada apartada, yo era una niña solitaria y mi juego era interpretar personajes y jugar con la música.

Has trabajado en el teatro, creciendo junto a personas como tu hermana Celia de Molina o tu tío, Pepe Quero.

La cultura siempre ha estado muy presente en mi familia: mi hermana empezó a estudiar arte dramático y mi tío trabajaba con el grupo de teatro de Los Ulen. Me fui a estudiar a Málaga, luego a Madrid, donde empecé haciendo un musical. Mi primera oportunidad en el cine, me la dio David (Trueba, en Vivir es fácil con los ojos cerrados, que le valió un Goya a actriz revelación). Parece todo muy idílico, pero ha habido momentos de duda.

«Sufro el síndrome del impostor, porque es una profesión muy expuesta, donde trabajamos con emociones»

Llevas cinco años estrenando cuatro o cinco producciones al año: ¿Cómo planificas tu carrera? ¿Te ha preocupado en algún instante dejar de ser la actriz del momento?

¿Tantas? El tema de la etiquetas, me dan mucha pereza, porque soy consciente de que esta es una carrera de fondo. Ahora estoy ahí, pero mañana a lo mejor no. Lo tengo asumido, soy consciente de la realidad. Intento no pensarlo y vivir el momento. Si lo piensas demasiado, te puedes agobiar y no disfrutar de lo que vives ahora. Lo que me pasa con cada película es que pienso que va a ser la última. Sufro el síndrome del impostor. Es una profesión muy expuesta, trabajamos con emociones. Es normal que tengamos esas inseguridades.

¿Y has pensado en dirigir tu carrera, en algún momento, hacia la dirección o la producción para tener un control mayor sobre ella?

Soñar es gratis y fantaseo con que algún día pudiera montar una productora como Jessica Chastain, que invierten en cine y en historias difíciles. Ayudar a gente joven, nuevos talentos, eso sí que sería guay. Me gustaría hacer el cine que me gusta como espectadora. Por soñar alto, me encantaría llegar a un punto de mi carrera en el que pudiera invertir en cultura, como ha hecho Antonio Banderas.

¿Crees que, gracias a movimientos como el Me Too, podrás trabajar más allá de los 40 años en papeles interesantes, que vayan más allá de ser madre o esposa?

Estamos pidiendo nuestro sitio. Pedimos las mismas condiciones que todo el mundo y poder ofrecer nuestro punto de vista de la realidad y del mundo. Es algo que lleva tiempo. En los 60, el mensaje era el mismo, pero (las feministas) estaban más solas y ahora hay un grito generalizado en la calle.

¿De qué manera sientes que se tiene que trasladar esa reivindicación al mundo del cine?

Tiene que haber más protagonistas adultas. A los 50 años, los hombres están en su momento álgido. Las mujeres lo están a los 20, pero una mujer es más interesante a los 40 que a los 20. Somos más maduras. Me rodeo de mujeres y lo veo en el día a día. Creo que es algo en lo que nos tenemos que comprometer todos, no solo de puertas para fuera y que no se quede en un eslogan. Hazlo de verdad, contrata a mujeres en puestos de poder y cuenta historias de mujeres, porque son muchas mujeres adultas las que consumen cine y cultura.

Natalia de Molina. © Ana Belén Fernandez

Natalia de Molina. © Ana Belén Fernandez

Varios de los papeles que has interpretado ha sido en películas coproducidas por empresas andaluzas, algo impensable hace pocos años. ¿En qué momento ves el cine andaluz?

Está en un momento de crecimiento absoluto, con equipos formado con grandes profesionales andaluces. Se está haciendo músculo y todo el mundo quiere venir, no por desgravar, sino porque se rueda muy bien, hay luz y la vida es la hostia. Todo el mundo quiere volver… se respira un momento álgido.

¿En qué papeles veremos a Natalia de Molina en 2020?

En marzo estreno Operación Camarón, que rodamos en Cadiz y Sevilla. Es una comedia gamberra, muy diferente. Me lo he pasado muy bien. También tengo pendiente de estreno Las niñas, ópera prima de Pilar Palomero, una pequeña película de autor, sobre paso de la niñez a la adolescencia. Es una radiografía de las niñas que nos criamos en los 90. Hago un papel pequeño, de la madre de la niña, con el que me siento muy identificada y me plantea muchas cosas.


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