Esther Lopera
25 Ene 2019 - Esther Lopera

Filmin coge el relevo de ‘Narcos’ y ‘Fariña’ continúa apostando por las series europeas con Fenix, un viaje al submundo del tráfico de drogas en la región de Brabante, la Sudamérica de Holanda

Primero fue la mafia colombiana de Narcos y luego vinieron los gallegos con Fariña. Ahora, Filmin coge el relevo y continúa apostando por las series europeas con Fenix, un viaje al submundo del tráfico de drogas en la región de Brabante, la Sudamérica de Holanda.

El interior del narcotráfico local se desnuda aquí bajo la mirada de Shariff Korver, director de origen venezolano y una de las jóvenes promesas del cine holandés. Su debut como realizador, Infiltrant (2014), recorrió diversos festivales y ganó el premio a la Mejor Película del First Time Festival de Nueva York.

Y como ahora es lo que toca, también ha estado coqueteando en la dirección de diferentes episodios de series más o menos dignas que han triunfado en su país. Korver ha ido afilado bien sus cuchillos en los últimos años para aprender a marcar paquete y presentarnos una de las mejores producciones de los últimos años del país de los tulipanes.

Fenix empieza con un episodio piloto que hila con fuerza la historia que va formar esta miniserie de ocho capítulos. Partiendo de un secuestro, el director presenta tres bandos claramente diferenciados que marcarán la trama. Por un lado, Jos Segers (Bart Slegers), un traficante que intenta recuperar a su sobrina de dieciséis años de las manos de But Gideon (Jack Wouterse), del cual solo escuchamos su nombre y sentimos su liderazgo, a través del miedo que infunda en el círculo de la secuestrada.

Joseph Conrad sentiría su halo en la presentación de este personaje. La familia de traficantes va mostrando sus rencillas mientras se mueven en un terreno pantanoso, malviviendo en casetas de una zona marginal del Brabante septentrional, un entorno bien construido a caballo entre el Medio Oeste americano y las barracas gitanas de la España de los 80.

La tercera pieza de este rompecabezas es Peter Haag (Hans Dagelet), un policía que no confía en los hombres de su comisaría y que pide ayuda a sus colegas de la fronteriza belga para interceptar la entrega de un camión con mercancía. Se trata del cebo para recuperar a la niña y capturar al malo-malísmo de Gideon, siguiendo un plan que ha tejido junto a Jos, desesperado por recuperar el statu-quo familiar.

El director holandés utiliza estos personajes -que presenta en unas pinceladas- para encerrarlos en una sucia emboscada y enviarlos a un mundo mejor. Es aquí cuando el conflicto queda expuesto. Finaliza el primer capítulo y se abre el juego en el tablero de ajedrez.

En la siguiente entrega conoceremos a los verdaderos protagonistas de esta serie: Jara (Rifka Lodeizen), la hija de Haag, y Rens (Teun Luijkx), el heredero de Jos; hijos pródigos que huyeron de sus familias hace años, como alma que lleva el diablo. Herederos del conflicto y héroes por accidente, se ven obligados a limpiar los trapos sucios familiares.

Volverán al pueblo y deberán lidiar con policías corruptos, narcos de poca monta y con esa especie de coronel Kurtz, que no va a abandonar el trono de su imperio con facilidad. Todo ello mientras lidian con su pasado- un fantasma latente del presente- y vuelven a rodearse de la misma miseria humana que los hizo huir.

 

Almería y el aceite de oliva

Rens Segers, en su intento por salvar a su familia del destrozo que hace su padre, al traicionar a Gideon, deberá continuar con el negocio, negociando con éste y convenciéndolo de que sea él quien lleve el contacto de los narcos de… ¡atención! España. Y así llegamos bien entrados en el cuarto episodio a la cálida Costa del Sol.

La serie trasladó durante unos días su rodaje a Almería, contando con el apoyo del propio ayuntamiento. Resulta gracioso ver al actor holandés Teun Luijkx pidiendo una caña en el Bar Violeta, un clásico del centro histórico, o incluso negociando con el actor riojano Arturo Querejeta, rostro habitual de la televisión española que da el salto aquí en las producciones internacionales. Guiños como el del personaje de Querejeta cuando le dice a Rens “Vamos a comer, chaval” en una plaza de toros resultan simpáticos y acercan a los holandeses a la cultura española.

Escena rodada en el mítico Bar Violeta de Almería.

Escena rodada en el mítico Bar Violeta de Almería.

También es muy castizo escoger las grandes latas de aceite de oliva como escondrijo ideal de la buena-mielda holandesa. Que nos gustan unas olivas a los españoles. Detalles que hacen de esta serie una producción internacional diferente y sólida.

 

La cámara gélida del norte de Europa

A parte de un guion construido con entereza que desarrolla la trama del thriller, Fenix destaca por la técnica del rodaje de sus secuencias y la belleza estática de sus planos. Siguiendo un estilo de realización gélido, sello de las producciones del norte de Europa, Korver hace uso de colores fríos para mostrar un pueblo en decadencia en el que la policía baila al son de los narcos. Coloca la cámara de forma atrevida, creando planos detalle que enfatizan la trama y que le otorga un sello propio de autor, respaldado por una fotografía a la altura.

A momentos, vemos que la producción arrastra la estela de films como Borgman (Alex Van Warmerdam, 2013), que cosechó éxitos en los mejores festivales del mundo, y no solo porque cuente también en su reparto con el protagonista principal, el raruno Jan Bijvoet, quien por cierto aquí brilla con un personaje que ofrece dosis de humor sombrío de factura holandesa.

Mención aparte merece el plano secuencia que el director neerlandés se casca en el capítulo dos, cuando Jara se encuentra encerrada en las casetas de la familia Segers y los hombres de Gideon se ceban a balazos, arremetiendo contra todo bicho viviente. No hay duda de que el holandés ha visto el capítulo 4 de la primera de True Detective y que de mayor quiere ser Cary Joji Fukunaga.

El actor Arturo Querejeta durante su aparición en la serie 'Fenix'.

El actor Arturo Querejeta durante su aparición en la serie ‘Fenix’.

Estrellas de la televisión holandesa

La parte técnica queda bien equilibrada con la artística, pues esta producción ha tirado de los pesos pesados del escenario actoral holandés. Caras que quizás aquí no nos suenan pero que enseguida justifican la decisión de la directora de casting. Es el caso de Rifka Lodeizen, a quien hemos visto en Simon (Eddy Terstall, 2004), que refleja con solidez la frialdad de su personaje, la hija a de unos padres separados que oculta en su entrega al trabajo su amarga existencia. Su acompañante de fatigas es Teun Luijkx, el guaperas de moda de la televisión holandesa que aquí interpreta al débil pero inteligente Rens.

Uniendo todas las piezas, Fenix resulta una de las series más interesantes que nos ha regalado su país de origen, sobre todo por la dicotomía que realiza entre el thriller y el drama social y por cómo retrata ese suburbio fronterizo entre Holanda y Bélgica que es la provincia de Brabante. Que no se engañe nadie: la provincia donde nació Van Gogh no está poblada de campos de girasoles, sino de narcotraficantes.


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