Montxo Armendariz
Juan Gabriel García
Juan Gabriel García

Conversar sobre cine con Montxo Armendáriz supone una experiencia tan grata que treinta minutos saben a demasiado poco. Ese fue el tiempo exacto que duró nuestra charla, en la que hablamos sobre su primera etapa como director y los objetivos del curso de verano de la Universidad de Almería que le ha traído a la provincia donde rodó parte de una de sus películas más memorables, Las cartas de Alou (Elías Querejeta PC), allá por 1990.

De la idea a la pantalla se titula el curso que ha impartido Armendáriz, junto con la productora ejecutiva y directora de producción Puy Oria. Esta propuesta académica, enmarcada en la oferta de estudios de verano de la Universidad de Almería, en este caso en colaboración con la Diputación Provincial y Filming Almería, ha contado con la dirección de Enrique Iznaola e Isabel Mercader.

Treinta minutos saben a poco con Montxo Armendáriz porque solo nos dio tiempo a repasar su extensa y brillante trayectoria hasta Secretos del corazón (1997). El resto de su obra, la que abarca el nuevo siglo, queda para el análisis en un futuro encuentro.

Forjado en el documental, las primeras películas de Armendáriz se caracterizan por el realismo y la crudeza, tanto en las historias como en la forma de narrarlas, salvo el caso de Secretos del corazón, cinta que supuso un punto de inflexión en su estilo. Evidencian el fuerte compromiso de su autor con la historia que nos cuenta, siempre hay un trasfondo, varias lecturas, como él mismo reconoce, una intención por “mejorar las cosas”.

 

De la idea a la pantalla, ¿cuáles son los objetivos de este curso de verano de la Universidad de Almería?

Montxo Armendáriz: Los objetivos se basan en dar los conceptos básicos para que cualquiera hoy día, con una ‘camarita’, pueda contar una historia y tenga los recursos suficientes para analizar cómo dar más dramatismo, cómo hacer el montaje, cómo darle más ritmo…, es decir, los conceptos básicos sin entrar a profundizar porque por el tiempo es imposible.

 

En este sentido, imagino que la proliferación de las cámaras réflex digitales ha posibilitado que muchas más personas puedan crear historias audiovisuales con un mínimo de calidad, algo impensable hace un par de décadas.

Sin lugar a dudas. La digitalización ha generado un gran salto cualitativo en positivo, aunque también ha provocado una serie de problemas la hora de concebir el cine. Lo que conocíamos como cine ha desaparecido o está en vías de desaparición. Lo que está surgiendo ahora es un nuevo audiovisual totalmente diferente, tanto en la forma de producirlo como de consumirlo. La gente consume en móviles, ordenadores…, no hace falta ir a una sala de cine para ver una historia contada en imágenes, que en el fondo es lo que era el cine. En este sentido, afortunadamente, se ha dado la democratización. Hoy día está al alcance de cualquiera poder tener una ‘camarita’ o un móvil, que puede grabar perfectamente en 4K.  Me parece profundamente positivo, porque cualquiera puede contar una historia.

Charo López y Montxo Armendáriz durante el rodaje de Secretos del corazón Foto Teresa Isasi

Charo López y Montxo Armendáriz durante el rodaje de ‘Secretos del corazón’. Foto Teresa Isasi

Muchos de esos cambios en el consumo de cine pasan por las exitosas plataformas de contenido audiovisual a través de la red, ¿qué le parecen?

La digitalización y todo lo que comporta en cuanto en cambio en la manera de exhibir y consumir tiene sus partes positivas y negativas. La positiva responde a la democratización, pero también provica una lucha de poder por ver quien se hace con el mercado. Algo que históricamente ha ocurrido siempre. Las plataformas y las televisiones pelean entre sí por ver quien controla la distribución de grandes producciones y series. Eso a mí no me parece ni mejor ni peor, no voy a entrar, simplemente no me interesa, es comercialización pura y dura del producto.

 

Pero para muchos sigue siendo chocante ver una serie en la pantalla de un móvil.

Es una cuestión generacional. Yo soy incapaz de ver una película en una pantalla de un móvil, pero es que soy incapaz de leer un mail en un móvil, salvo que sea urgente. Es como cuando yo discutía con mi padre sobre si llevar el pelo largo o no, o si los Beatles sabían cantar o no. Ver en un móvil exige una percepción de visión y un esfuerzo muy distintos al de ver en una sala de cine. Desde que los niños tienen dos años se han acostumbrado a verlo así y el nervio óptico y el cerebro se han adaptado.

 

¿Desde Tasio (1984, Elías Querejeta PC) ha cambiado mucho el cine?

Totalmente. Hacer hoy día Tasio sería imposible. Económicamente sería inviable, no interesaría a nadie. En aquellos momentos ya fue complicado, porque me decían que no interesaba. Muchos productores me decían: esto no interesa a nadie porque no hay ni sexo ni muertes ni droga ni nada. Entonces, ¿qué tiene esto?, y yo decía: tiene la vida. Que la vida es así y tiene la atmósfera, el clima y las ansias de libertad de una persona por defender aquello que cree es su vida. Esto ya no interesaba a los productores en 1984.

Pero la sacaron adelante.

Un amigo me dijo que Elías Querejeta estaba tan loco como yo, y afortunadamente coincidimos en esta locura: en entender el cine de una forma no comercial, contar algo que crees que sirve para conocer mejor la condición humana y mejorarla. Creo que es para lo que debe servir el cine, como cualquier otro arte. Lo que me importa es que vayamos mejorando nuestras condiciones de vida, la justicia, la relación entre nosotros…, y creo que la cultura en general tiene una labor muy importante que cumplir.

 

¿Cómo surge la idea de hacer Las cartas de Alou, una cinta pionera en abordar el drama de los inmigrantes que se juegan la vida por llegar a España en patera?

Pues de la manera más trivial, como suelen surgir muchas de ellas. Yo conocía a la productora Puy Oria y un día me dijo que iba a comprar carne al mercado y había un montón de africanos que solo compran cordero. Hablamos de 1990, cuando ver un inmigrante o a una persona negra en Pamplona era algo insólito. Empecé a verlos por las tiendas con una especie de caja de herramientas que la abrían y aparecían relojes, pulseras, transistores… Me pregunté qué hacía esta gente tan lejos de su tierra, qué les motivaba para llegar aquí, qué ilusiones tenían y simplemente me preocupé, desde el punto de vista humano y social, y comencé a hablar con ellos. Eso me llevó a hacer amigos, a conocer a más personas…, y vi que había una historia de supervivencia para una película.

Resulta imposible no establecer el paralelismo entre lo que cuenta Las cartas de Alou y lo que actualmente ocurre en el Mediterráneo con casos como el Aquarius.

Lo de ahora es terrorífico. En aquellos momentos era dramático, pero no existía la indolencia que hay ahora por parte de gobiernos, y por parte de la sociedad en general. Creo que los gobiernos no hacen lo que la sociedad no les permite y si nos levantásemos y todos protestásemos, no tendrían más remedio que aceptar que son personas iguales que nosotras, semejantes, y que es una salvajada dejarlos morir en el mar o viviendo en unas condiciones lamentables. En Las cartas de Alou un inmigrante me decía que ellos no venían porque les gustase, sino porque buscaba unas condiciones de trabajo y de vida dignas.

 

De Las cartas de Alou me llama la atención su tono documental, tan realista, no sé si a esto contribuyó que casi todos los actores eran inmigrantes que en cierto modo interpretaban su propia historia real.

Empezamos haciendo un documental rodando con cámara oculta, pero por los tamaños de las cámaras en aquella época duramos cuatro días, al quinto día ya nos conocían todos y no nos quedó más remedio que ficcionar lo que ya conocíamos y buscar a los actores entre ellos mismos. Ninguno tenía una experiencia previa en la actuación.

 

Hay dos películas de su filmografía que se adentran en el mundo de la droga. Entre ellas hay apenas diez años de diferencia, 27 horas e Historias del Kronen, pero esas cintas reflejan una sociedad y una juventud completamente diferentes.

27 horas surgió porque yo daba clases de electrónica en Rentería. En aquellos momentos Rentería era un hervidero de heroína. Causaba estragos dentro del movimiento abertzale y toda la izquierda. Veía cómo chavales de 16 a 19 años tenían muchos problemas con la droga. Les preguntaba por qué hacían eso, nadie lo ocultaba, te pedían permiso para ir al baño a meterse un pico, y me decían que no tenían ninguna perspectiva de futuro. Uno de ellos me contestó que sabía que no iba a llagar a los 24 años y lo que quería era vivirlos a gusto. Después de hacer Tasio le planteé a Elías hacer una película sobre esta juventud nihilista, derrotista, que lo único que busca es el disfrute momentáneo porque no ven futuro. La juventud siempre me ha interesado mucho porque creo que refleja de una forma clara y sin tapujos cómo es la sociedad, porque no tienen nada que perder.

 

En Historias del Kronen, vemos que la droga tiene un uso mucho más recreativo y en clases medias acomodadas: ¿Qué es lo que cambia?

Creo que hay un gran salto cualitativo. En los 80 había una crisis muy grande. Se solucionó y vino el boom de los 90 que se refleja a todos los niveles y especialmente en las clases medias y altas: el futuro es mío, el mundo es mío, yo me como el mundo. No hay ningún problema de dinero, el único problema que hay es disfrutar al máximo sin ningún tipo de norma. En los 80 todavía había una cierta normalización, pero en los 90, ya no habría normas. Creo que este es el gran salto cualitativo que hay entre una juventud y otra.

 

¿Las normas estaban para saltárselas?

Para esta juventud, como dice uno de los personajes de la película, las normas están para saltárselas, es decir, es una juventud completamente amoral. La de los 80 era nihilista, sin futuro, la juventud de los 90 de clase media alta era amoral y sin ningún tipo de valor, porque además el futuro lo tenían garantizado. Estos jóvenes iban a ser los médicos, abogados y políticos del mañana, que ahora los estamos sufriendo con la corrupción, que son muchos de los que se educaron en estos valores… El único valor era el dinero, el disfrute y el goce.

¿Cuándo se estrenó la película fue atacada por hacer apología de las drogas?

Sí. Hubo en televisión doscientos mil debates. En este tipo de películas la línea es siempre muy peligrosa. Hay quienes defendían que la película era una apología de la droga y de todo lo que yo, en parte, estoy criticando sobre la falta de valores y la amoralidad. La película marcó un punto de inflexión en el cine. A partir del Kronen, empezaron las series y películas de jóvenes, que no existían prácticamente en el cine español, salvo por las de Eloy de la Iglesia. Los jóvenes se convirtieron en parte activa de todo el medio cinematográfico de nuestro país. Abrió los ojos a muchas familias, padres y madres de clase media, sobre qué hacían sus hijos cuando se iban con sus amigos teóricamente a tomarse unas cervezas y volvían a los dos días.

 

En su siguiente película, Secretos del corazón, aprecio una ruptura evidente con la estética de sus anteriores trabajos, se vuelve más preciosista.

Para mí es una película mucho más formalista y clásica porque está formada por recuerdos ficcionados de mi niñez. La película no es autobiográfica, pero sí está basada en unas vivencias que había tenido de pequeño. La rodé con una fotografía diferente, un clima diferente y una planificación completamente distinta.

¿Cómo fue rodar con el niño Andoni Erburu?, porque es la clave de la película.

Una maravilla, de hecho sabíamos que la película existía si encontrábamos al niño. Afortunadamente apareció y trabajar con él fue fantástico.

 

¿Qué recuerdos guarda de la nominación al Oscar a la Mejor Película en Habla no Inglesa?

Nos hizo mucha ilusión. No haces las películas para los premios, pero te alegra. Me lo tomé como una experiencia. Sabíamos de antemano que no ganábamos por una serie de factores relacionados con la votación, pero era lo de menos. Conocí la industria americana, que nada tiene que ver con nuestro cine. Fui muy afortunado de estar en Hollywood y en la ceremonia de los Oscar.

 

Un plano de Secretos del corazón con los niños Andoni Erburu e Íñigo Garcés Foto Teresa Isasi

Un plano de Secretos del corazón con los niños Andoni Erburu e Íñigo Garcés Foto Teresa Isasi

Siempre hay proyectos sobre la mesa, ¿cuál tiene ahora?

Tengo varios que se han caído y ahora estamos con uno muy complicado que se titula Kanada. Es la adaptación de una novela de Juan Gómez Bárcena que habla sobre el sentimiento de culpa y supervivencia de un húngaro que ha sobrevivido al Holocausto. Plantea un concepto cíclico de la historia: la historia siempre se repite y cometemos los mismos errores.


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