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Alejandro Ávila

Brilla el sol en las tierras solares. Esas que descubrió Rubén Darío cuando huía de una vejez prematura, fruto de una vida de excesos. Ha sido una primavera atípica y lluviosa en Andalucía… una auténtica faena para una película que cuenta la búsqueda de la luz, en todos sus sentidos, del poeta nicaragüense.

Pero hoy luce el sol en la malagueña playa de Nerja y yo me encuentro a pleno sol de mediodía caracterizado como un marinero de principios del siglo XX. Todavía me pregunto cómo Laura Hojman, la directora y productora, y Guillermo Rojas, el coproductor, me terminaron convenciendo para salir en la película, Tierras solares, que se estrena en el Festival de Sevilla, tras su paso por la Seminci de Valladolid. Cuando me lo propusieron, parecía buena idea. Cuando demuestro mi falta absoluta de destrezas dramática, ya no lo parece tanto.

Mi compañero de escena, Miguel Jiménez, acaba de bordar su cometido, sentado y desenredando una red de pesca. Sus movimientos, lentos y seguros, han sido perfectos. Cuando el equipo de rodaje termina con sus planos, me llega a mí el turno de ponerme frente a la cámara.

Bueno, lo de ‘frente’ es un decir. El equipo de rodaje, resguardado bajo una sombrilla, se encuentra a más de una decena de metros. Alguien tiene que gritar muy fuerte “Prevenido… ¡acción!” para que yo me entere de que tengo que comenzar a actuar.

Fran Pérez Román se ha encargado antes de maquillarme la cara y los brazos, para lucir como un auténtico ‘lobo de mar’. Dejémoslo en chihuahua. También ha sido Fran, el encargado de darme las instrucciones de lo que tengo que hacer: “Apóyate contra la barca, con las piernas flexionadas, un poco más… así. Vale, y ahora coge la red y, muy lentamente, haces como que la desenredas, la miras y la vuelves a desenredar”.

“Prevenido… ¡acción!”. Siento el sol abrasándome la piel y una decena de ojos sobre mí. Empiezo a sudar, los nervios me traicionan y empiezo a recoger la red, como si estuviera moviendo un estropajo. “¡Cortamos!”. Fran vuelve a explicarme lo que tengo que hacer un par de veces más. Pero, nada, parece que no hay suerte: el equipo de Tierras solares no ha encontrado en mí al nuevo Marlon Brando ni al nuevo Alfredo Landa. Ni tan siquiera a un aspirante a Mario Casas.

Al tercer o cuarto intento, desisten. “Mira, Ale, que te vamos a poner comiendo una sandía”. Se me escapa la risa. “Sí, sí. A ver, cortadle un trozo grande. Tú, mira al infinito, como si estuvieras pensando en tus cosas. Comes un trozo, miras la sandía… y vuelves a mirar al infinito”.

Parece que no sé trabajar las redes, pero sí comerme una sandía. La fruta, roja y lustrosa, la ha conseguido esa misma mañana Pilar Ángulo la directora de arte y vestuario. Mientras me la como con una supuesta naturalidad, que nadie sabe de dónde han salido (¡Ojo, que estamos hablando de alguien que hace unos minutos no sabía desenredar una red!), el caldo de la sandía empieza a chorrear por todas partes.

Y con esa misma naturalidad (Repito: ¡De alguien que hacía unos minutos no sabía recoger una arte de pesca!), hago el extraordinario gesto de limpiarme la boca con la manga del traje que me ha proporcionado el departamento de vestuario. “¡Corten!”, escucho a lo lejos.

“¡Me ha encantado la toma, Ale. Y lo de limpiarte la boca con la manga ha sido… buah!”, comenta expresivamente la directora, mientras se acerca a mí, para pedirme que hagamos una segunda toma. Yo, obviamente, con las mangas de la camisa y los pantalones de pescador hechos un cromo, no me lo creo. “¿Me estás tomando el pelo, no?”. “No, no, ha quedado supernatural… tu primerísimo plano a cámara lenta, mientras te chorrea la sandía y te limpias con la manga, ha quedado genial”, responde Hojman.

No doy crédito. Repetimos la toma, los productores me dan un abrazo y me marcho a cambiarme al tenderete que ha montado el equipo en la zona que ha acotado el Ayuntamiento de Nerja, para que podamos rodar. Me siento feliz de que la directora haya podido conseguir su toma, triste de no ser un lobo de mar y totalmente apesadumbrado de que mi carrera como actor haya terminado aquí.

Por suerte, la directora sí cuenta con intérpretes de altura entre su reparto. Si el grandísimo Pedro Casablanc aporta pura emoción al declamar los poemas de Rubén Darío con la voz en off, Beatriz Arjona es la bella encarnación de la musa del poeta nicaragüense.

A Beatriz le toca rodar los últimos planos del rodaje de Tierras solares. El director de fotografía, Jesús Perujo, y la directora quieren grabar esos planos con ella al atardecer, la llamada hora azul. La actriz aparece con un vestido blanco de época y una pamela. Todos nos quedamos boquiabiertos.

La imagen será tan impactante, que terminará siendo el cartel de la película. Arjona mira con una mezcla de inocencia y sensualidad a la cámara. Mientras anochece, lo repite en varias ocasiones, hasta que Hojman y Perujo obtienen lo que buscan.

Beatriz Arjona lo explica así: “Soy la musa de Rubén Darío, la imagen de sus pensamientos, de sus poemas, de la visión del viaje que tiene por Andalucía. Es la representación de la tranquilidad, la alegría, la tristeza.  Mi personaje tiene una parte real y otra, onírica. Rubén ve a unas chicas que pasean por la playa, se queda prendado de una de ellas y eso le transporta a su parte alegórica”.

Los actores, las localizaciones, los vestuarios… son la parte más visible de una película. Pero detrás hay todo un ejército de trabajadores que pulen cada detalle, para que la directora y los intérpretes puedan hacer su trabajo. La jefa de producción, Araceli Carrera, afirma que su trabajo es “sobre todo ayudar a que todo fluya, a que haya un buen ambiente en el rodaje sin que las tensiones se noten demasiado. Si el equipo que eliges para tu peli y las localizaciones te funcionan, ya tienes un 50% del buen rodaje asegurado”.

Una escena de 'Tierras solares'.

Una escena de ‘Tierras solares’.

En una película donde lo importante era captar “la nostalgia, la belleza, la melancolía y la calma”, la directora sevillana necesitaba a un director de fotografía como Jesús Perujo. Con él, Laura se siente “en sintonía” para transmitir esas sensaciones con la luz, la música y la palabra.

El documental había, por tanto, que imaginarlo y plasmarlo con todas esas capas que componen una película. Laura ha utilizado cuadros de Soroya para explicarle al equipo lo que necesitaba. “Esas imágenes de Soroya me han ayudado a situar al personaje en una forma, un movimiento, un estado anímico. Trabajar con imágenes me ha orientado muchísimo”, revela Beatriz Arjona.

Un grueso dossier en papel documenta todas esas imágenes que Hojman y su equipo han ido buscando por las localizaciones y monumentos por los que se movió Rubén Darío durante su estancia en Andalucía, como la playa de Nerja (Málaga), los Reales Alcázares de Sevilla o la Mezquita de Córdoba.

 

En ese viaje en el tiempo, Pilar Ángulo y su ayudante, Elena Vallés, han rastreado hasta el último mercadillo en busca de objetos para el atrezzo. La sandía que este redactor-periodista se comió durante el rodaje, la obtuvo esa misma mañana, de finales de mayo, en el mercado. “Todo tiene una estética azulada. Por eso me apetecía meterle un toque fuerte de color con la sandía roja. Hice lo mismo en los patios, con unos limones. Se trata de romper el color, para que resalte más, pero en sintonía con el frescor del mar”.

Buscando la barca que aparece en la escena de los pescadores, Pilar y Elena encontraron a José Miguel Ortuño, custodio del Legado Francisco Bueno, una auténtica mina de objetos de la época, pues Bueno era un personaje de la misma época en la que Rubén Darío estuvo en Andalucía. “Estas cosas no las buscas… suceden”.

Hojman es también la guionista y su socio, Guillermo Rojas, su productor. El montaje es cosa de ambos. José Carlos de Isla es su coproductor (Sarao Films) y su ayudante de dirección; Araceli Carrero, la directora de producción; Pilar Angulo, la responsable de arte y vestuario; Jorge Marín (Arte Sonora) pone el sonido y Pablo Cervantes, la música.


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