juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Lino Escalera descubrió que su verdadera vocación era el cine mientras estudiaba Empresariales. Desde entonces, ha dirigido cuatro cortos y muchos anuncios alimenticios. Ahora llega a las salas su primer largometraje, No sé decir adiós, que tuvo un esamos treno soñado en el pasado Festival de Málaga, con cuatro premios: el Especial del Jurado, la Biznaga de Plata a la Mejor Actriz para Nathalie Poza, la Biznaga al Mejor Actor de Reparto para Juan Diego y el reconocimiento al Mejor Guion, compartido este último con Pablo Remón. Lo entrevistamos a salto de mata, cuando acababa de bajarse de un tren.

Juan Antonio Bermúdez (JAB): Tras la buena acogida que No sé decir adiós tuvo en Málaga, ¿cómo afrontas ahora el estreno en sala?, ¿qué expectativas tienes?
Lino Escalera (LE): Pues lo afronto con mucha curiosidad por saber cómo funciona la película en taquilla. Estamos muy contentos por estrenar, ha sido todo un logro. Expectativas no tengo. La experiencia te dice que lamentablemente el cine español, y este perfil de película en concreto, no suele durar muchas semanas. Pero claro, todos esperamos que funcione y que vaya a verla el mayor número de gente. Ese es el deseo que tenemos tanto los productores como yo.

JAB: Es una de esas películas en las que puede funcionar la recomendación directa de los espectadores, ¿no crees?
LE: Totalmente. Confiamos mucho en el boca-oreja, esperamos que esa sea una de las vías por las que vaya a verla un mayor número de espectadores. Y también hemos hecho por eso una serie de preestrenos, en Barcelona, en Girona, en Valencia, en Madrid… Esperemos que funcione, sí.

JAB: Sabemos que es la historia de un reencuentro entre un padre enfermo y una hija con la que hace muchos años que no se habla. ¿La podemos definir como una película de personajes?
LE: Sí, bueno, es una película de actores. Y de personajes, claro. Se podría definir así, o al menos esa sería una de las definiciones posibles.

JAB: Impresiona que en una ópera prima coincidan actores de la talla de Juan Diego, Lola Dueñas y Nathalie Poza. ¿Cómo ha sido la traslación de esos personajes que teníais en el guion a los actores que finalmente los representan?
LE: Imagínate, creo que es un casting inmejorable. Sin duda para mí, contar con ellos tres en mi primera película ha sido un lujo, un privilegio y un honor. Ellos eran la primera opción; yo trabajé con una directora de casting que se llama Tonucha Vidal, con la que ya había coincidido anteriormente. Y digamos que fue fácil el acceso a los tres, se involucraron de forma inmediata porque se enamoraron del guion. Pensaban que ahí había un buen texto y que de ahí podíamos hacer una buena película. El gancho fue el guion.
Pero no solo ha sido un lujo trabajar con los principales. Hay un elenco de secundarios muy potente, maravilloso: Miki Esparbé, Pau Durà, Oriol Pla, Marc Martínez, Xavi Sáez…

JAB: El personaje de Juan Diego es un enfermo terminal. Acercarse al final de la vida, a la muerte y a una enfermedad como el cáncer, que sigue siendo en gran medida un tabú social, me parece arriesgado. ¿Lo has sentido como una responsabilidad?
LE: No, para nada. A ver, evidentemente sabes qué material estás manejando, pero no sentía una responsabilidad especial porque creo que tratamos el tema con un enorme respeto, con un gran pudor. Y también con una distancia en la que me sentía muy seguro. Es verdad que la muerte está presente en la película, pero no solo en forma de cáncer. Hay otras muertes. Carla, el personaje que interpreta Nathalie Poza, tiene otra enfermedad terminal, pero más vinculada a lo emocional: está muy rota con sus adicciones a las drogas. La muerte planea en toda la película. Se intenta evitar, no hablar de ella, aunque está presente en todo momento y al final se hace inevitable. Pero también hay otros temas, como el de la familia, igual de universal. Me interesaba investigar en sus códigos de comunicación, dar luz a esa compleja arquitectura emocional que soporta esta familia en concreto pero para que también pudiera ser un espejo en el que el espectador pueda empatizar, sentirse representado.

JAB: Además del reencuentro familiar, No sé decir adiós se plantea como un cruce entre dos ámbitos: el sur y el norte, Almería y Barcelona, el pueblo y la gran ciudad… Transcurre en parte en Almería, ¿cómo fue esa fase del rodaje y cómo planteas la conexión entre esos dos mundos?
LE: Bueno, yo ya había rodado en Almería mi segundo corto. Cuando descubrí el Cabo de Gata, Tabernas, toda esa parte, me quedé muy impactado, sobrecogido por encontrar un paisaje donde la dureza y la belleza se mezclan, algo que entroncaba muy bien con los personajes, sobre todo con el del padre y el de Carla, la hija. Son personajes atrincherados, fortificados, acorazados, con una gran dificultad para mostrar sus emociones, y a la vez son muy frágiles. Me parecía interesante vincular ese espacio geográfico, su belleza y su dureza, con los personajes. Y bueno, otra de las razones fundamentales para rodar en Almería era que el productor, Damián París, es de allí, lo que facilitó mucho esa parte.

JAB: Detrás de la película que ahora podemos ver en las salas, hay un empeño larguísimo. Esto es algo de lo que muchas veces no somos conscientes los espectadores. En vuestro caso, creo que habéis estado ocho años para sacar adelante el proyecto…
LE: Casi todo ese tiempo ha transcurrido intentando buscar financiación. La primera versión de guion salió del ordenador de Pablo Remón en 2011 y ya era algo bastante sólido. Fuimos puliéndolo, pero lo que realmente nos complicó más fue la financiación, también porque nos pilló un momento en el que cambiaron las reglas del juego, las subvenciones públicas y todo eso. La crisis y los recortes que sufrieron todos los ámbitos socioeconómicos del país, y especialmente la cultura, nos estallaron entre las manos, como al resto de los españoles, y eso ha sido uno de las factores que ha alargado tanto tiempo el proyecto. En esos años, ha habido muchos momentos en los que pensamos tirar la toalla, porque no había manera. Pensábamos que el guion acabaría en una cajón después de todo el trabajo y el esfuerzo, pero meno mal que no ha sido así.

JAB: Me llama la atención que has estrenado un corto, Australia, justo hace unos meses, en la Semana de Cine de Medina del Campo. ¿Esa coincidencia de estrenar un corto y un largo casi al mismo tiempo significa que los dos formatos te interesan igual?
LE: Australia está muy vinculado con No sé decir adiós, es un corto satélite del largo. De hecho, Nathalie Poza trabaja en el corto e interpreta al mismo personaje, a Carla. Lo hicimos durante el rodaje del largo, salió de una manera muy orgánica. En uno de estos baches en los que pensábamos que la película no se iba a hacer, Pablo Remón, el guionista y yo nos resistíamos mucho a que ese personaje se quedara en un cajón y no llegara a las pantallas, a que no cobrara vida, y por eso decidimos hacer el corto. Australia se fue financiando por su lado y durante ese proceso de financiación del cortometraje el largo se activó de nuevo y optamos por rodar las dos historias. La verdad es que yo no buscaba hacer otro cortometraje, pero surgió por esto. Y al final ahí está, cada película en su circuito de festivales; cada uno por su lado, aunque están conectados.

JAB: Para terminar, me gustaría conocer qué te interesa del cine español actual.
LE: Pues he visto Verano 1993, de Carla Simón, hace poco, y creo que es una de las mejores películas que he visto en muchos años. Me gustó muchísimo. Y otros directores que me interesan son, por ejemplo, Fernando Franco, Carlos Vermut, León Siminiani…


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