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Alejandro Ávila

Aunque no las veamos, están ahí. Son las ondas electromagnéticas, que, por ejemplo, permiten que nuestros móviles y ordenadores se conecten a Internet. Aunque aún no hay consenso científico, esas ondas afectan y hacen enfermar a algunas personas, bajo el denominado síndrome de la hipersensibilidad electromagnética.

Mientras algunos afirman que se trata de una enfermedad psicológica que la Organización Mundial de la Salud (OMS)  no ha reconocido aún, otros países como Suecia han comenzado a tratarla.

Así queda retratado en Generation Zapped (Sabine El Gemayel), un documental proyectado este lunes 18 de febrero en ocho cines de España en cines de toda España, dentro del ciclo Another Day, organizado por la cadena de cines Mk2/Cinesur y el Another Way Film Festival, con la colaboración de FilmAnd y la Oficina de Sostenibilidad de la Universidad de Sevilla.

Una de esas personas es Alejandro Ruiz Martín tiene 54 años, es padre de cuatro hijos y, hasta hace un año, era administrador de fincas, hasta que su enfermedad le obligó a atrincherarse en una casa aislada en el campo. Asiste a la proyección de la película y el coloquio con mascarilla y habla pausadamente, con cierta dificultad para respirar. Asegura tener los “hombros bastante cargados y dolores en partes de mi cuerpo donde recibo señales evidentes” de ondas electromagnéticas.

Generation Zapped

¿Cómo comenzó notar a los síntomas? “Sentía dolor articulares y empecé a dar vueltas por muchísimos médicos. Ellos no encontraban nada, pero a mí me dolía”. Insomnio, fuertes dolores torácicos, estrés, migrañas, inflamación de la cabeza, sequedad, pitidos en los oídos, espasmos, vértigos, mareos. Y, como colofón, un cansancio extremo que le obligó a retirarse.

Tras padecer un via crucis médico, en el que le recetaron somníferos para el insomnio y antiinflamatorios para los dolores, “conseguí dar con un médico que me diagnosticó hipersensibilidad electromagnética”.

Una línea de alta tensión bajo casa

Alejandro achaca su dolencia a la alta radiación de una línea de alta tensión que discurría bajo su casa. Tuvo que dejarlo todo. “No solo abandoné mi trabajo, sino las actividades cotidianas de ocio, deporte y mi vida en general. Mi cuerpo no respondía, así que necesitaba asistencia”. Se mudó a las afueras de un pueblo a las afueras de Sevilla, donde vive con las ventanas apantalladas contra las radiaciones, sin ningún tipo de aparato inalámbrico y sin apenas salir de casa. Él lo compara con una “vida monacal”.

Mientras que Generation Zapped muestra cómo las antenas de telefonía están camufladas, para no generar alarma social,  y documenta los riesgos que entraña la sobreexposición a este tipo de ondas, otras obras audiovisuales, como la serie Better Call Saul ha ridiculizado a las personas que padecen esta dolencia, reconocida como tal por algunos países nórdicos como Suecia.

“Las industrias de las telecomunicaciones y la eléctricas tienen mucha fuerza económica y está intentando eludir el problema y transformarlo en una patología psicológica, a pesar de que no lo es. Existe ese escepticismo. Al principio me preguntaban si no sería un problema de la cabeza. Ya tengo aprendido que existen personas incrédulas o que no quieren conocerla o que están tabuladas en unos márgenes del conocimiento y no quieren ir más allá”, afirma Alejandro Ruiz.

Pertenece a la Asociación Electro y Químicos Sensibles por el Derecho a la Salud, que han participado este lunes en coloquios de Fuengirola, Sevilla, Alicante, Toledo y Madrid. Como ellos, hay movimientos ciudadanos y científicos que están luchando “para que se bajen estos niveles de radiación y se mejore la investigación”, en un caso que recuerda al escepticismo que levantaba la fibromialgia.

“Valores desproporcionados”

Miran a Suecia, donde se ha reconocido la enfermedad, y a otros países como Suiza, Luxemburgo o Italia, donde se está trabajando para bajar los límites de las radiaciones. Alejandro Ruiz destaca que España tiene unos valores mayores que otros lugares como Rusia o China. “En España, los valores son tan desproporcionados que es imposible no encontrar un cable o una antena que no sobrepase los límites. Es imposible que el ciudadano se pueda defender de esta contaminación”.

Mientras la ciencia logra encontrar evidencias de esta correlación entre la exposición a las ondas y la enfermedad, los afectados piden que se aplique el principio de precaución.

Por esa razón, luchan para reducirla, que no se implante el 5G “porque son ondas milimétricas que van a afectar más a niños y órganos pequeños”, la eliminación de la radiación inalámbrica en las escuelas o que la administración les preste asistencia. “Buscamos que la administración, que no nos presta ninguna atención, nos ofrezca zonas blancas. Lo que se llamaban antes leproserías”, concluye.


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