‘E.T., el extraterrestre’ recoge todo lo mejor de Spielberg: una (aparentemente) sencilla fábula de tono familiar, que esconde una infinidad de capas que la convierten en una obra original y singular, que merece la pena volver a ver con ojos de niño.

Manuel H. Martín
11 Jun 2019
Manuel H. Martín

Steven Spielberg sigue siendo diana fácil para determinada parte de la crítica, al menos de momento, como también lo fueron John Ford o Alfred Hitchcock. Será el tiempo el que determine (yo, al menos, lo tengo claro) si Spielberg es uno de los grandes del cine norteamericano.

Sin duda alguna, aunque no todos estén de acuerdo en considerar a Spielberg como un maestro del séptimo arte, creo que hay que reconocer que nos encontramos ante un enorme artesano del audiovisual, tanto en cine como en televisión, cuya obra está llena de amor hacia el medio y, también, hacia las historias.

De toda su extensa y variada filmografía, que abarca todo tipo de géneros y presupuestos, E.T., el extraterrestre, un clásico moderno de 1982, sigue siendo mi favorita.

E.T. es una fábula sencilla con una infinidad de capas y cargada de complejidad

A grandes rasgos, E.T., el extraterrestre recoge todo lo mejor de Spielberg. Nos encontramos ante una película construida a partir de una sencilla fábula de tono familiar que, sin embargo, tiene suficientes alicientes como obra original y singular, cargada de complejidad e infinidad de capas. Os invito a que volváis a verla, aunque, eso sí, os recomiendo que la veáis con los ojos del niño que un día fuisteis.

Una película para ver con ojos de niño

Pero ¿por qué es importante que volvamos a verla con los mismos ojos de un niño? Puede que haya muchas respuestas a esta pregunta, a mí me gustaría quedarme con una: porque la película está contada desde el punto de vista de ellos, los niños, con toda su sinceridad, esperanza, honestidad e inocencia.

Centrándonos en su complejidad, hay que reconocer que E.T., el extraterrestre está plagada de capas, con referencias religiosas incluidas. No es invención mía, ni mucho menos. Recuerdo la primera que oí la teoría en mis tiempos mozos, como estudiante en la facultad de comunicación (hace ya casi veinte años… aunque, al menos, sigo siendo más joven que la película).

Las analogías religiosas de E.T.

En una de nuestras clases, un profesor nos hizo ver posibles analogías religiosas en E.T., el extraterrestre a partir de un breve desglose de su trama principal: el entrañable protagonista extraterrestre se presentaba como un ser venido del cielo, había provocado algún que otro milagro (curaciones incluidas), moría, resucitaba y volvía al cielo con sus padres.

La plausible analogía e interpretación nos dejó a con la boca abierta en clase. Pero, dejando de lado nuestras tradiciones religiosas, seamos o no creyentes, esta interpretación sigue suponiendo una visión adulta, que requiere un análisis más complejo. ¿Qué ocurre, entonces, si, sencillamente, nos ponemos aún más a la altura de los ojos de los niños? Puede que, quizás, nos identifiquemos aún más con sus protagonistas.

E.T. es un ser venido del cielo, que había provocado algún que otro milagro (curaciones incluidas), moría, resucitaba y volvía al cielo con sus padres

Recordemos que el protagonista principal es Elliott (Henry Thomas), el hermano mediano y preadolescente de una familia de tres hermanos, con una madre todoterreno que intenta llevar la vida como puede tras la separación de su marido (los padres separados, tema recurrente en Spielberg).

Elliott es el hijo que más ha sufrido la separación de los padres y, como su madre, lleva consigo más presente el duelo tras la ruptura. En medio de esta situación familiar, aparece un extraño ser de otro planeta.

Un ser entrañable

El extraterrestre se muestra, inicialmente, misterioso, para acabar mostrando su verdadero y entrañable interior. El ser, proveniente del espacio exterior (pero que bien podría haber venido del mar o de otro lugar), ha perdido a sus padres, no habla el idioma de Elliott y se encuentra perdido y asustado. A partir del primer momento, lo que pasa entre Elliott y el extraterrestre, más que magia y fantasía, es puro sentimiento.

Lo que sucede entre ellos tiene un nombre muy sencillo: empatía. Ponerse en el lugar del otro, sentir lo que el otro siente. Elliott, como niño, conecta con el extraterrestre (el otro) desde el corazón, con humanidad y con una mirada limpia de prejuicios. Y de ese modo, trasmite ese modo de ver a sus otros dos hermanos, a su madre e incluso a otros personajes.

Aparte de su interesante trama, la película está plagada de matices y detalles cinéfilos, incluidos homenajes al cine clásico de ciencia ficción o al propio John Ford (con la magistral escena de las ranas y el beso con El hombre tranquilo). Es imposible no pararse en algún que otro detalle como, por ejemplo, la representación del poder, la autoridad y el mundo adulto.

A pesar de las siluetas y las sombras acechantes, Spielberg, además de mimar con mimo cada plano, cuida la representación de los adultos alejándose de la brocha gorda. Así, por ejemplo, nos encontramos a un agente gubernamental (interpretado por Peter Coyote) que se presenta como una amenaza, pero que termina comprendiendo todo lo que siente el chaval por aquel maravilloso ser: “Me alegro de que lo hayas encontrado tú antes que nosotros”.

Spielberg, además de mimar con mimo cada plano, cuida la representación de los adultos alejándose de la brocha gorda

Crear una película familiar dotándola de una atmósfera plagada de sombras y misterio tiene cierto riesgo. Y es que Spielberg ha demostrado, como director y productor, que el cine familiar, el que pueden ver tanto niños como adultos, no necesariamente tiene que estar tan endulzado ni infantilizado. Basta recordar algunos de los títulos en los que ha participado como productor, como Regreso al futuro, Los Gremlins, Los Goonies o la serie Cuentos asombrosos.

Además, su influencia en el cine y la televisión posterior (Spielberg es, además, un cineasta que no tiene el menor inconveniente en apostar por un televisión de calidad) ha sido larga y extendida, lo cual puede verse en multitud de géneros y formatos, desde la reciente serie Stranger Things, pasando por algunos de las producciones animadas de Pixar y del estudio Laika o en filmes como Super 8.

Entre todas ellas y especialmente, me gustaría destacar la reciente Un monstruo viene a verme, dirigida por un español de enorme talento, J.A. Bayona. En Un monstruo viene a verme, que a más de uno nos hizo soltar una lágrima en el cine (lo mismo que me pasa cada vez que veo E.T., el extraterrestre), se acude a la fantasía para hablarnos de todo el proceso de sufrimiento que está pasando Conor, el niño protagonista, al tener que vivir cómo su madre está a punto de irse.

Recuerdos luminosos

Y, aunque al final de E.T., el extraterrestre no muera nadie, hay cierto paralelismo entre Elliott y Conor. Elliot cree que ha perdido a su padre y que también perderá a E.T., pero éste, antes de montarse en la nave e irse para su hogar, le muestra, con toda la luminosidad, que él (como cualquier otro ser que le quiera) siempre estará en su cabeza, es decir, en su recuerdo. Quizás eso es lo que hace grandes a los niños, que siempre recuerdan a quienes se van y lo hacen con la mayor luminosidad posible.

Con todo ello, qué puede ocurrir si volvemos a ver E.T., el extraterrestre con la mirada de un niño, ¿no seríamos capaces de ver los problemas de otros con la misma sencillez? Ahora, simplemente imaginad que no es una película fantástica. Imaginad que el protagonista no es un niño extraterrestre, sino un niño real de carne y hueso que está perdido. Sería bueno hacerlo porque, quizás alguna vez en la vida, alguno de nosotros hemos necesitado que nos muestren el camino a casa.


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