Esther Lopera
Esther Lopera

Mientras la comunidad Netflix sigue esperando el próximo blockbuster, otras joyas infravaloradas se pasean a escondidas por el menú, esperando a que las masas las pongan de moda. Este es el caso de Bloodline, drama que el pasado mes de mayo estrenaba su tercera y última temporada.

Dirigida por Todd A. Kessler, Glenn Kessler, y Daniel Zelman, y producida por Sony Pictures Television, Bloodline relata las heridas de la familia Rayburn, una familia de cuatro hermanos bien posicionados que han crecido envueltos entre sábanas de secretos y mentiras creadas para ensombrecer un poderoso drama familiar. Todavía apegados al nido familiar, los Rayburn recibirán la visita del hijo mayor y, con ella, deberán desempolvar antiguos recuerdos que los llevarán a las mazmorras del pasado. Cada uno de ellos adoptará su rol, definido por una organización matriarcal de la familia, en una mansión al más puro estilo de Los Colby (1985), pero en los Cayos de Florida. La  mansión acoge a familias que vienen a disfrutar del paraíso vacacional, nada más alejado de la vida de los protagonistas, quienes vivirán su propio infierno en el asfixiante calor de este entorno.

Un drama dotado de realismo -sobre todo respecto a las relaciones personales-, bien tejido y con fuerza, que desde su primera temporada consigue conquistarte, si no tienes prisa; porque si algo no es Bloodline es una serie con ritmo. Los guionistas se toman su tiempo para ir desgranando los delicados y complejos perfiles de cada personaje, consiguiendo una anatomía minuciosa de los papeles familiares que adoptamos, de manera inconsciente y a través de los años, y de lo peligroso que éstos pueden antojarse en nuestra vida privada.

Un elenco de lujo

Bloodline cuenta con muchos puntos fuertes para convertirse en una de las mejores series de Netflix del momento. Entre ellas, la puesta en escena de un elenco de actores, quizás el más potente de los dramas que navegan por la plataforma. Kyle Chandler, Linda Cardellini, Sissy Spacek, Norbert Leo Butz, Chloë Sevigny, Ben Mendelsohn y Sam Shepard consiguen dotar de realismo a las turbulentas vidas de la familia Rayburn, conectando con el espectador, e invitándole a que sobreviva episodio tras episodio en las entrañas de los Cayos.

Destacan las actuaciones de Kyle Chandler y Ben Mendelsohn, impresionantes encarnando a John, el “bueno” de la familia; y a Danny, la eterna “oveja negra”, interpretaciones que les han llevado a conseguir varias nominaciones a los Emmy y, en el caso de Mendelsohn, agenciárselo en 2016. Mención aparte merece la veterana Sissy Spacek (nuestra amada Carrie en los 70, quien parece empeñada en seguir manchándose de sangre), que ejecuta  las dos mejores escenas de toda la serie, emplazadas en la tercera temporada. Escenas con diálogos que hielan el corazón y que reclaman ser visualizadas repetidas veces. Y como no queremos hacer spoilers no vamos a revelarlas; tan solo avanzamos que Spacek construye la descripción más soberbia y dura de lo que le supone a una madre el nacimiento de sus hijos. Y un aviso para los más sensibles: no hay nada bucólico en ello, lo sentimos.

La tortura de la conciencia

Otras de las bondades de esta gran serie es el análisis que hace de la conciencia de las personas: de la conciencia como hermano, como pareja, como padre, como hijo, como amigo… y cómo las acciones que perpetramos pueden revertirse hacía nosotros. Cómo la conciencia aparece ante ti, disfrazada de tu peor pesadilla y cómo ello puede torturarte de por vida. Además, realiza una dicotomía entre el bien y el mal, consiguiendo que el espectador se posicione al lado del “eterno malo”, lo entienda, lo perdone y lo quiera. Y es que hacer del protagonista el nuevo malo y del malo el nuevo héroe es una lección que los guionistas han aprendido muy bien en la última década.

Con todo, Bloodline es una serie -injustamente infravalorada- que no debería dejar de ver nadie. Tres temporadas de venganza, rencor, amor y odio, en un clima opresivo de calor, humedad y lluvia. Y un mensaje familiar muy claro: los lazos que nos unen jamás podrán separarnos.


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