El cine de género tiene una belleza particular. Como una fuerte cuerda, ancla la cometa a tierra, permitiéndole volar con libertad. Es, como hemos comentado en ocasiones anteriores, lo que el guionista y director Rafael Cobos llama la peripecia: la trama que envuelve las diferentes capas de una película y que, bajo la superficie del entretenimiento, esconde realidades complejas.
El director australiano Warwick Thornton compite en esta 76ª Berlinale por el Oso de Oro con Wolfram y, como ya hizo con Sweet Blood -estrenada en los festivales de Venecia y Toronto-, recurre a las peripecias del western no solo para denunciar el sangrante genocidio de los aborígenes australianos por el hombre blanco, sino para dejar que los ecos de los conflictos actuales resuenen entre sus planos.
Bajo el tono dorado de su colorimetría -que permite unificar el color de la tierra, el sol inclemente o el ansiado oro de las minas-, se cuece un western en cuatro partes donde se refleja la crueldad con la que el hombre blanco sometió, de todas las maneras posibles, a hombres y mujeres indígenas.
Wolfram se presenta como un viaje de emancipación donde dos niños que trabajan en las minas como mano de obra esclava, un sirviente adolescente y una familia (nuclear) asiática se embarcan en una aventura de liberación y lucha.
La defensa de los derechos humanos, el racismo, la tensión entre propiedad pública y privada, la gentrificación o el genocidio afloran entre las secas praderas australianas como un grito liberador, no exento de humor, ternura y maestría en la dirección.
Wolfram es, en definitiva, un grito del pasado que resuena en el presente. O viceversa.



















