Ya es hora de afirmar con rotundidad que José Mari Goenaga es uno de los mejores guionistas con el que cuenta nuestro país. Par muestra un botón: ¿a quién se le podría ocurrir comenzar una historia en unas dunas sin nadie, absolutamente vacías (en apariencia), para contar el auge y caída de un hombre que acaba en el encerramiento de una residencia de la tercera edad en Gipuzkoa?
Ese tipo de contrastes, la profundidad psicológica de los personajes, su continua evolución (aunque sea desde la inmovilidad) o la habilidad y sinceridad con la que fluyen unos diálogos que jamás suenan falsos son las señas de identidad de un guionista (y director) con una de las mejores plumas del país.
Cuando se estrenó La trinchera infinita puse por titular, cómo salir del inmenso armario del miedo. Maspalomas se podría definir como el armario, dentro del armario, que todos llevamos dentro.
Abordando un tema poco tratado por estos lares, la violencia que implica ingresar a una residencia de ancianos para el colectivo LGTBIQ+. Pero no solo para la comunidad de la diversidad sexual, sino también, como bien lúcidamente recuerda el guionista, para todas aquellas personas, sin importar su género ni identidad, que siguen teniendo relaciones afectivo-sexuales en una edad en la que se supone que solo se ve la tele, se babea y se espera en la ventana la visita de algún familiar.

Los seguidores, ya mayoritarios, de las producciones de Moriarti pueden disfrutar de Maspalomas, casi, como si se tratase de una lectura paralela o sublime díptico, con 80 días, película con la que comparte algún que otro actor y playa vasca, aunque muy distinta de la costa canaria.
Los primeros 20 minutos de la película actúan como un filtro. Para comprender las reacciones futuras del protagonista hay que conocer la realidad de su presente: libre, desinhibido y sexualmente abierto a un territorio en el que el hedonismo y el placer son las llaves maestras del comportamiento colectivo.
De ahí al huit clos de una residencia para mayores solo hay un accidente de la vida, algo que llega siempre sin avisar y nos descoloca para siempre. Vicente, el protagonista de casi 80 años, tiene que dejar las islas Canarias, su firma de vida y volver al País Vasco. Allí se encontrará con su hija, con la que aún quedan muchos temas por abordar y heridas que curar.

José Ramón Soroiz, absoluto protagonista de la película, junto a Nagore Aranburu, en el papel de hija, bordan unas interpretaciones impagables, en la que los silencios son más expresivos, incluso, que las palabras dichas, en una impecable dirección conjunta del guionista con Aitor Arregi.
Primera película de la Sección Oficial con claras posibilidades de formar parte del Palmarés de esta 73 edición del festival. La incógnita es a qué altura y en qué categoría debería estar. En pocos días el jurado decidirá.
Bien conocidos son los armarios en los que nos recluye la sociedad ya sea por nuestra sexualidad, nuestro origen o, incluso, nuestra lengua. Hay tantos armarios como grupos sociales o rasgos de nuestra personalidad, pero hay uno mucho más peligroso.
No depende de nuestro género o color de piel y lo llevamos todos bien interiorizado. Un armario dentro del armario que no es social, es personal, al que nadie nos empuja dentro. Nosotros mismos nos encerramos dentro. Por eso, más palomas y menos armarios.


















