Era uno de los grandes desafíos de ‘La trinchera infinita’: envejecer a Antonio de la Torre y Belén Cuesta durante tres décadas de manera creíble. La maquilladora Yolanda Piña y el director Aitor Arregi nos explican un trabajo que les ha valido el Premio EFA del Cine Europeo a Mejor Maquillaje

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11 Dic 2020
Alejandro Ávila
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Dos horas y media de metraje, varios meses de la vida de los actores y tres décadas de los protagonistas. El cine es tiempo. Un tiempo real y figurado, del que depende el éxito de la verosimilitud. De que nos creamos a pies juntillas la historia que nos están contando en la pantalla.

Ese era el gran reto de La trinchera infinita (Aitor Arregi, Jon Garaño, José Mari Goenaga), que necesitaba del esfuerzo de todos los departamentos para que tuviera éxito y que se acaba de ver recompensando con el Premio EFA del Cine Europeo a Mejor Maquillaje y Peluquería.

Cuenta Aitor Arregi, codirector de La trinchera infinita, que “el gigante” de la película era el maquillaje. “En Handía (su multipremiada película anterior), el objetivo había sido que el gigante resultara verosímil. Por eso decíamos de La trinchera infinita, que el gigante iba a ser la credibilidad del maquillaje, porque si no, la película no iba a llegar al espectador como nosotros queríamos”, le explica a FilmAnd.

Fases de envejecimiento de Rosa (Belén Cuesta)

La trinchera infinita (Rodada en Higuera de la Sierra (Huelva), con producción andaluza de La Claqueta) narra la historia de Higinio (Antonio de la Torre) y Rosa (Belén Cuesta), una pareja que, durante tres décadas, se enfrenta a la tragedia de los topos de la guerra, esos hombres que permanecieron ocultos en sus propias casas. La película tenía que mostrar, en la piel de los protagonistas, ese paso del tiempo, los altibajos, las alegrías, los miedos… de toda una vida tras los cuatro muros de una casa de pueblo.

Para la Academia de Cine Europeo, el objetivo se ha cumplido con éxito, y lo justifica así: “Algunos trabajos de peluquería y maquillaje ayudan a contar historias sin que el espectador apenas se dé cuenta. Hace falta habilidad, paciencia e ideas muy precisas. Así es el trabajo que Yolanda Piña, Felix Terrero y Nacho Diaz llevan a cabo en La trinchera infinita“.

Fases de envejecimiento de Rosa (Belén Cuesta)

Y añaden: “En la película acompañamos a Higinio y Rosa durante tres décadas, con un envejecimiento de los personajes que resulta fluido, impactante y tremendamente creíble. Nada interrumpe la experiencia visual, hasta sentir que el tiempo transcurre en un breve lapso temporal”.

Un maquillaje sutil

Yolanda Piña, la jefa de equipo andaluza, cuenta que, efectivamente, la principal preocupación para los directores vascos, con los que se reunió en Madrid mientras rodaba Tiempo después de José Luis Cuerda, era que “el maquillaje no se notara. Que los espectadores vieran la película y no se perdieran, que los cambios fueran sutiles”.

De este modo, plantearon tres grandes fases a lo largo de la vida de Rosa e Higinio. El trabajo entre el departamento de Yolanda y la dirección se planteó en tres grandes fases distinguibles de envejecimiento, en las que a su vez también había altibajos anímicos, que tenían efectos sobre el físico de los protagonistas. De este modo, se iban llevando a cabo pequeños cambio durante esos periodos y dos más bruscos entre las tres etapas.

Fases de envejecimiento de Rosa (Belén Cuesta)

Para la calvicie de Antonio de la Torre, Yolanda extrajo cabello real de la cabeza del actor “a navaja, entresacándoles pelos de arriba, para que pareciera que estaba perdiendo pelo. No podíamos hacer ninguna prueba, nos arriesgamos y quedó muy bien”.

Además, recurrieron a prótesis para las dos fases de envejecimiento. “Se les sacó un vaciado de su cara y, sobre ese positivo, se modeló con plastilina hasta llegar al envejecimiento que queríamos. El objetivo era siempre que el cambio no fuera demasiado brusco”.

Envejecer piel tersa

En el caso de Belén Cuesta, “nos costó más, porque tiene la piel más tersa”, mientras que Antonio de la Torre “tiene más facciones y, por tanto era más fácil envejecerlo que a Belén”, explica Yolanda Piña. De ese modo, con Belén “se jugó mucho con el pelo en los cambios de etapa, llegando a utilizar seis o siete pelucas. Curiosamente, en la última etapa no la lleva”.

Convertir a ambos actores en ancianos fue lo que resultó más complejo. Según Aitor Arregi, “es complicado, porque el espectador sabe que es maquillaje. Entra dentro del código narrativo de una película, como espectador sabes siempre que hay artificio. Por eso, en la parte final, nos costó bastante acordar entre todos cómo que tenía que plasmarse ese envejecimiento en el pelo, las arrugas…”.

Cuesta y De la Torre necesitaban todos los días una sesión de maquillaje de cinco horas y media, pero, como cuenta Arregi, “a pesar de todas esas complicaciones, la historia necesitaba que los convirtiéramos en ancianos. Fue un gran trabajo de los maquilladores y de los actores, que tenían que moverse sin hacer mucho ejercicio”.  Un trabajo que, finalmente, ha recibido el reconocimiento de sus colegas europeos.


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