El cineasta sublima los paisajes industriales de Huelva y descubre una ciudad fascinantemente cinematográfica

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20 Sep 2025
Carlos Loureda
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25 años de carrera cumple Alberto Rodríguez este año tras su debut en el largometraje, a principios de siglo, con El factor Pilgrim. Al principio con Santi Amodeo y poco después con Rafael Cobos, el cineasta ha ido escribiendo a cuatro manos muchas de sus películas y es uno de los directores habituales del festival de san Sebastián.

Los tigres, su última creación también de la mano de Rafael Cobos, se espera con impaciencia. Bárbara Lennie y Antonio de la Torre encarnan dos hermanos onubenses, buzos de profesión e íntimamente ligados a las profundas aguas de diversos mares, en dificultades económicas y ante una decisión trascendental.

Alberto Rodríguez siempre ha sabido realzar la belleza de los paisajes hasta convertirlos en verdaderos protagonistas de sus películas. Buen ejemplo de ello podría ser La isla mínima en la que las marismas del Guadalquivir eran un personaje más de la trama.

Huelva es, en esta ocasión, la gran protagonista de su última producción. El cineasta filma sus instalaciones y paisajes de la industria petroquímica de la ciudad como un territorio inquietante y, por momentos, deshumanizado o futurista. Un trabajo de la imagen que puede ser de lo mejor que haya realizado en toda su carrera.

En Los Tigres lo más sorprendente, por añadidura de lo menos visto en nuestra producción nacional, son las tomas submarinas en las que los protagonistas tienen que buscar accidentados en el mar o reparar aparellaje de industrias marítimas.

Un ritmo sostenido de planos cortos, de detalle y largos contra la oscuridad de las aguas del mar según se va descendiendo. Contrapicados angustiantes, travellings repletos de tensión… todo un dispositivo que funciona a la perfección y que resulta hipnótico.

Por último, otro detalle que no pasará desapercibido. En el universo fílmico del cineasta con presencia de hombres mayoritaria y las maneras, conversaciones y acciones masculinas singular, surge un nuevo personaje que parece marcar una transición, todo hay que decirlo, muy esperada.

La hermana, sorda por un accidente de infancia, cobra protagonismo y no deja de repetirles a sus compañeros y familia que nunca la han escuchado. La trama confirma en su narrativa que los desde hace años sordos de verdad, en realidad, eran ellos.

Los Tigres se convierte con estos elementos y una potentísima fotografía, arriba y debajo del agua, en un milimétrico thriller, tintado de nostalgia y servido por dos actores, como siempre, impecables. Sin olvidar al inspiradísimo Joaquín Núñez que logra, frente a esos dos monstruos de la interpretación, robarles plano en cada ocasión que se le presenta.


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