Frente a la repetición de las temáticas entre las películas extranjeras de la sección oficial del festival de San Sebastián, la producción nacional, y en especial, la vasca es la que está ofreciendo las narrativas más alejadas de los caminos trillados de los festivales internacionales: cómo vivir una tercera edad plena en Maspalomas o, en el caso de la directora de Querer, la vocación religiosa en un mundo en que toda creencia es sospechosa.
Si el argumento inicial de Los domingos se plantea como un drama familiar, una joven de 17 años duda en hacerse monja de clausura frente a la incredulidad y sorpresa de su familia, la película se vive como un soberbio western.
Todos los elementos están ahí: un territorio comanche en la que los protagonistas se aventuran con pies de plomo (la visita de la familia al convento), una comunidad india despreciada y vista con recelo por los protagonistas del film (las monjas y, en general, el cuerpo eclesiástico) y una generala dispuesta a salvar a la inocente joven de las garras de esos bárbaros de incomprensibles creencias (la tía de la joven interpretada en estado de gracia por Patricia López Arnaiz).
Como siempre en el cine de Alauda Ruiz de Azúa todo es una cuestión de grises y nada es deslumbran en su blancura ni oscuro como la noche. Cada personaje va desglosando sus inquietudes y exponiendo sus reticencias, desde la no creyente que tampoco cree en su vida sentimental, un padre distante y centrado en el trabajo y una falta de comunicación en general dentro de la familia (o sea, vasca), que es casi como una continuación de Cinco lobitos, pero con los vecinos de enfrente.
Y en medio de este territorio comanche lleno de incursiones, ataques indirectos y estrategias no compartidas, las dudas de una protagonista que no sabe lo que debe o puede decidir.
Los domingos tiene la tensión, la elegancia y el atractivo de los westerns clásicos, de los diálogos que van como disparos de arma en cada réplica y de miradas que asesinan. Hasta se podría intuir que la cineasta ha convertido el mítico plano de la puerta con el espacio abierto fordiano, en un plano de pasillo en que el paisaje son dos adolescentes descubriendo el amor, o al menos, su sexualidad.
Quizás ya no quedan espacios vírgenes para filmar, lo único que aún existe es la inocencia de esas miradas, sus movimientos medio torpes y las ganas de descubrir otros paisajes, como son el cuerpo del otro en los primeros escarceos amorosos.
Los domingos es una de las apuestas más fuertes y sólidas de la sección oficial del festival de san Sebastián. Sola ante el peligro de las creencias, la tía de la protagonista intentará que nunca suenen las campanas por su sobrina en el día de su ordenación.
Pero como dice la Madre Superiora (Nagore Aranburu, estrella absoluta de este certamen con presencia en 4, 5 o más producciones) los designios del Señor son inescrutables. Lo que si es fácil de comprobar es que la obra de Alauda Ruiz de Azúa es arte cinematográfico de alto nivel, casi rozando el cielo.


















