Beth de Araújo ofrece una mirada compleja sobre las agresiones sexuales a través de los ojos de una menor que presencia una violación. Lo hace apostando por un debate entre el idealismo y el realismo, con una cierta luminosidad y sin derivas neofascistas

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20 Feb 2026
Alejandro Ávila
the nest

Lo contábamos precisamente ayer. El Me Too ha empujado en los últimos años nuevas formas de contar -de manera cada vez más sutil, sofisticada, profunda- el desgarro y el doloroso impacto que supone una agresión sexual, profundizando -en los casos de Chicas tristes o How To Have Sex– en cómo afecta a las mujeres adolescentes.

En Josephine es de nuevo una mujer, Beth de Araújo, la que se pone tras la cámara para contar estos terribles delitos, pero lo hace a través de los ojos de una niña.

A la altura de su mirada, como hacía Paz Vega en Rita, De Araújo nos muestra cómo Josephine (Jo) presencia una violentísima violación en un parque público, cuando ella, jugando a esconderse de su padre (Channing Tatum) en una carrera matutina, observa la escalofriante secuencia criminal, hasta que el papá, Damien, aparece y logra que el tipo huya, pero sea interceptado por la policía.

En Josephine, premiada en Sundance, el foco, como el propio nombre de la película indica, está puesto en la pequeña Jo, de apenas 7 u 8 años de edad. La niña debe procesar no sólo la violencia vivida, sino el descubrimiento de la sexualidad desde el punto de vista más brutal y horrible posible: el sexo convertido en delito, en violencia, en algo traumático.

Jo no solo deberá digerir lo que ha visto, quién es y quiénes son sus padres, sino en qué mujer, en qué ser humano se convertirá cuando deba enfrentarse a su sexualidad, a los chicos y a su relación con ellos.

Hay en la película una confrontación clásica entre el idealismo, encarnado por su madre, y el realismo, personificado por su padre. Entre el espíritu y la corporeidad. Entre lo que debería ser y lo que es. El dilema entre ofrecerle a la pequeña las herramientas necesarias para poder luchar por unos valores humanos y justos y la defensa propia. Todo ello, además, en un entorno tan progresista como el San Francisco californiano.

De ese debate surgirá la síntesis, en una Jo que, según Damien, ha heredado la inteligencia de su madre, bailarina clásica profesional, y la capacidad física de su padre, seguidor de la Premier League que la entrena diariamente para ser un portento deportivo en disciplinas como el atletismo o el fútbol.

La justicia y el derecho a la defensa propia terminarán así encontrando su camino: la niña perderá la inocencia, la madre, parte de su idealismo y el padre, una pizca de sus convicciones realistas.

Este crudo y temprano coming of age, que en ningún momento pierde la luminosidad de la mirada ni se entrega a derivas neofascistas, deja claro, eso sí, un concepto o eslogan popularizado por el Me Too: Time is Up. La impunidad… se acabó. El miedo ha cambiado de bando.


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