¿Santo o ser humano raso? Carlo D’Ursi Fortunato se embarca en una gran aventura personal para descubrir si su abuelo, Don Carlo Fortunato, era un ser sobrenatural o no. El santo, nominado a Mejor Cortometraje Documental en los Goya 2026, explora la figura de este médico rural de Senise (Italia) para comprender la generosidad y compasión del gran profesional humanista que se esconde tras el mito local. Una historia entre el milagro, la idealización y la humanidad.
¿De qué inquietud tuya nace El santo?
Hace unos quince años, paseando por el pueblo de mi familia, un hombre me miró a los ojos y, entre sollozos, me dijo que en ellos veía “los ojos del santo”. Yo no entendí nada. Le pregunté a mi madre y me explicó, casi como una anécdota, que algunas personas creían que mi abuelo había hecho milagros. Así, sin más. Como cineasta no podía dejarlo ahí. Empecé a investigar pensando que la pregunta era si esos milagros eran verdad o no. Pero con el tiempo entendí que esa no era la cuestión. Lo importante era otra cosa: por qué un pueblo entero necesitaba a un santo, y cuál es el verdadero sentido de un legado. El santo nace de ahí, de intentar entender no el mito, sino la necesidad humana de creer, de sostenerse en algo.
¿Cómo ha sido ese reencuentro con tus raíces, tu familia…?
Ha sido tierno y complejo, pero también profundamente revelador. He redescubierto un pueblo. De niño lo llamaba “el pueblo para ir a llorar”, porque solo volvíamos allí en Todos los Santos, al cementerio. Mi familia nunca regresó realmente después de la muerte de mi abuelo. Murió con solo 45 años, tras un cáncer fulminante en los años 60, después de haber pasado su vida asistiendo a mujeres en el parto como ginecólogo, prácticamente hasta el último día. Volver allí ahora no ha sido solo un reencuentro familiar, ha sido reconciliarme con un lugar, con una memoria y con una historia que durante mucho tiempo solo estuvo asociada al dolor.

La claqueta, el micro… ¿con qué intención artística has mostrado estos elementos de la ‘trastienda’ cinematográfica?
Quería transparentar el dispositivo como un acto de honestidad. No mirar la historia desde un punto de vista aséptico, ni fingir distancia. Mostrar que soy yo quien está ahí: como nieto, como padre y como cineasta. El santo no es una película “objetiva” en el sentido frío del término, es una película implicada. Pongo el cuerpo, la voz y la mirada…mi propia familia, y por eso me parecía importante que se viera también el proceso, la construcción, el gesto de filmar como parte del relato.
¿Qué películas, libros… te han ayudado a inspirarte, a construir esta historia tan especial?
Me han inspirado sobre todo formas de cine que no imponen respuestas, sino que generan espacio. Siminiani en España es un referente en ese sentido. Y, con todos mis respetos reverenciales, el cine de Béla Tarr, al que respeto profundamente. No por una influencia formal directa, sino por su manera de entender el cine como una experiencia ética, como una forma de mirar el mundo sin prisas, sin subrayados, sin espectacularidad, dejando que la humanidad de los personajes respire dentro del plano.

¿Cuáles son tus próximos proyectos como director y productor?
Como productor, estoy en un momento muy fértil: Chicas tristes, de la directora hispano-mexicana Fernanda Tovar, que irá a Berlinale, después de su paso por la Semaine de la Critique con su primer corto; El estreno de Este cuerpo mío, de Afioco Gnecco y Carolina Yuste, adaptación a largometraje del corto Ciao Bambina, que fue nominado al Goya; Acabamos de terminar el rodaje de Lovers Go Home, de Juan Sebastián Mesa (ganador en Venecia con Los nadie) Y también A dónde van las aves cuando llueve, de Patricia Velásquez, nominada al Goya 2026 por Costa Rica por “dos aguas».




















