La segunda convocatoria del concurso de Cortometrajes Loterías ha resultado todo un éxito con la inscripción de casi un centenar de obras. Hay esperanza, conciencia y sentido crítico en el cine español porque su objetivo es divulgar mensajes positivos que replanteen la redistribución de la riqueza y la eliminación de las desigualdades sociales y económicas. Todo ello filmado en un metraje máximo de 10 minutos y con un mínimo de 51% de producción española.
Cuatro de los seis cortos finalistas tenían parte o mayoritariamente producción valenciana. Campolivar, de Alicia Moncholí, un retrato íntimo sobre la enfermedad del padre de la realizadora con material del archivo familiar; Cólera, de José Luis Lázaro, sobre una agresión homófoba a una pareja de chicos en el parking de una playa valenciana, uno de los cortos del año con muchas posibilidades de estar entre los 15 preseleccionados a los Goyas.

El gran ganador de esta edición ha sido el tierno e imprescindible Maruja, de Álvaro G. Company. Pocas veces se ha expresado la soledad en la tercera edad con tanto amor y cariño en un corto con una veterana e hipnótica actriz María José Alfonso, en el papel de su vida.
El segundo galardón ha ido a parar a Medusas, de Iñaki Sánchez Arrieta, la potencia de este instante de dos jóvenes paseando por la playa, centrados cada uno en sus propios “problemas” personales, estalla con el inteligente plano final.

Junto a estas producciones valencianas también se encontraban el inquietante Origami, de Álvaro León, un plano secuencia fascinante sobre la violencia intrafamiliar, y Mi tía, de Mikel Urretabizkaia.
La edición y la afluencia a la sesión del concurso confirman su necesidad y la creencia, compartida con muchos espectadores, de que el cine también es una poderosa arma de transformación social. Deseando ver ya la próxima edición.





















