Cuando me siento frente a Antonio de la Torre está inmerso en un partido de fútbol en la pantalla de su móvil. Juega el Málaga, su equipo. «¿Tú de cuál eres?», me pregunta. Yo contesto el Betis, que no es del todo cierto; nunca fui futbolero. «Esto se ve del carajo», sonríe, viendo una última jugada antes de apartar el teléfono para comenzar nuestra entrevista.
Cuesta imaginar que el hombre tranquilo y amistoso sentado frente a mí, con un pin de Palestina Libre en su elegante traje marrón, es la misma persona que interpreta a un cruento violador y asesino en Sacamantecas, la nueva película de David Pérez Sañudo (Ane) que se estrena fuera de competición en la Sección Oficial del 74º Zinemaldia.
Nos transporta a la provincia de Álava en la década de 1870, asolada por los estragos de la Tercera Guerra Carlista. Lo único que abundan son la necesidad y el miedo, pues, entre las sombras la miseria belicista, una violenta figura comete una escalofriante ola de feminicidios. Por si fuera poco, la busca y captura del asesino queda asfixiada por la parálisis institucional, lo que impulsa a una mujer (Patricia López Arnaiz), hermana de una de las víctimas, a dar un paso al frente y sacar a las fuerzas de la ley de su parsimonia.
Antonio de la Torre, uno de los más célebres intérpretes de nuestro país—acumula más nominaciones a los Goya que ningún otro, y dos victorias—está acostumbrado a explorar rincones oscuros. Ya dio vida a un inquietante asesino en Caníbal (2013) de Manuel Martín Cuenca, pero el papel de Juan Díaz de Garayo, apodado el Sacamantecas por la prensa de la época por el rumor de que vaciaba las entrañas de sus víctimas, presenta un nuevo y áspero reto, pues se trata de una historia real, leyenda negra de nuestro país.

Empecemos por el principio. Al llegar este proyecto, ¿cuál fue tu primera reacción?
Yo quería currar con David Pérez Sañudo, porque vi Ane, me encantó, y al parecer yo estaba también en la órbita de él. Entonces me hizo llegar que tenía una película sobre el Sacamantecas. Ya no recuerdo si leí el guión ahí o no, me imagino que sí, pero sobre todo era la idea de trabajar con él. Y el personaje me parecía muy interesante.
¿Conocías ya la figura de Juan Díaz de Garayo?
Sí. Es que soy mayor [ríe]. En Málaga, cuando éramos niños, existía la leyenda del hombre del saco, el Sacamantecas.
¿Cómo es aproximarte entonces a esa leyenda?
Es alguien que vivió hace 150 años, no tenemos información sobre él, no sabemos nada. Entonces me dije, bueno, yo creo que tengo que montarme una serie de conjeturas, saber lo que no quiero hacer… Hice una cosa como más animal, más física. Tratar de que no se supiera lo que pasaba por mi cabeza, estar como en el momento, ¿sabes qué te quiero decir? Era un personaje de poco análisis, y más de una cosa primaria, de estar con él, de una manera de hablar. Era un ejercicio de darle a ciertos aspectos que estaban muy alejados de mí y sobre todo evitar otros que podían ser peligrosos, como ponerte melodramático. «El malo». Yo creo que tenía que haber un ejercicio más sutil de falta de ver al otro, de deshumanización.
Al ser una figura tan antigua, de la que hay muy poca información, ¿cómo es el proceso de documentación?
Yo que he sido periodista, siempre intento investigar. Pero claro, como del tío no se sabía nada, digo «¿qué no puede ser?». Creo que tendría que ser alguien que no conectara con el mundo exterior, alguien al que le costara ver al otro. Alguien que fuera más bruto, más simple. Pero tampoco hacer que fuera un tonto. Iba probando cosas. El tipo funciona por pura supervivencia.
En la película hay una cierta humanización, no es todo lo que esperamos que podría ser un asesino.
Sí, exacto, no alguien frío. La relación con su hijo también era un tema. Tiene que haber algo coherente en el relato. No puede ser muy cariñoso con el hijo y de repente matar a quien sea. La idea que me hago es que eso tenía que ser. Creo que los asesinos, en general, son gente que les cuesta empatizar…
Pasa entonces por nuestro lado David Pérez Sañudo, director de la película. «¿Cuál era la indicación que tú me decías?», pregunta el actor. «Tú sé práctico».
Es una anécdota que me gusta contar. Cuando me iban a matar [Díaz de Garayo fue ejecutado por garrote vil el 11 de mayo de 1881], digo «tío, ¿qué hago?», en la secuencia del garrote. Dice «tú sé práctico». [Ríe] ¿Cómo se es práctico cuando te van a matar?
Tienes experiencia ya interpretando a personajes truculentos, ¿en qué se ha diferenciado este proyecto?
Es otro acercamiento. En Caníbal, es por ejemplo un tío más frío, refinado, más calculador. Se acercaría a lo mejor más a la idea del psicópata al uso. Este es, también por la clase social que era, por la formación que tenía, más bruto, más torpe. Más superviviente. Más animal.

Tiene pinta de haber sido un rodaje complicado, ¿hay algún día o fase que destaque?
Me acuerdo de un día cuando la ejecución fue complicada, tuvimos problemas con los figurantes. Faltaron muchos figurantes y tuvimos que remontar aquello. Eso fue complicado. No era tan fácil. En general fue un rodaje muy duro, muy exigente físicamente, pero muy divertido. Yo me entendí muy bien con David. Me parece una bellísima persona y un tío muy talentoso.
Se nota que le gusta dejar respirar las cosas.
Es muy partidario de lo sutil.
Como actor, ¿eso te libera más, o supone una presión añadida?
Te libera más, te libera más. A mi me libera más cuando un director no quiere subrayar mi trabajo, que confía. De todas formas yo intento no saber si estoy en primer plano. Intento no ser consciente. Creo que un actor consciente pierde. Creo que tienes que estar en la acción, atreverte a probar cosas, a ser imaginativo. Para mí es lo que hace este oficio divertido.
Hay varios momentos en los que el plano queda sostenido.
La primera muerte que vemos. Es el estilo. Ya, David, como cineasta, se posiciona. Y para mí hace bien. Ese tipo de cosas es lo que marca a un cineasta, y hace que un espectador, al ver varias, dice «esta película es suya».
Hay una pregunta que plantea el personaje de Ángela (Patricia López Arnaiz) cuando por, tras varias muertes, la policía comienza por fin a investigar seriamente: «¿Por qué ahora sí?». ¿Por qué esta película, ahora?
Porque es la mujer luchando contra un sistema que la mata y que la asesina. Las primeras medidas fuertes contra la violencia de género se toman en 1997 cuando a Ana Orante—tú igual no habías ni nacido—la asesina el marido. Ella va a un programa de televisión, un talk show, a contar que el marido le pegaba, que el marido la humillaba… Ya estaban separados, pero vivían como en el mismo chalé, uno arriba, otro abajo. Y por lo visto al tío los machitos del pueblo riéndose de él, «¡Anda, te han puesto en la tele bien!», no lo pudo soportar. Y la roció de gasolina y la mató. El caso fue tan brutal, porque ella había denunciado, no había pasado nada, y él la mató. Ahí hubo un antes y un después. Se ha ido avanzando, pero ahí empezaron a tomarse las medidas para juzgar los delitos de violencia con perspectiva de género.
Hay cierto paralelismo entre las dos películas del festival en las que participas, Sacamantecas y también La bola negra, que proponen escarbar en nuestro pasado colectivo para dar justicia a historias que no se contaron.
El cine, el arte, es un medio para hablar de la realidad. Tiene que ser verdadero y tiene que servir para transformar la sociedad.

Tras su paso por el Festival de San Sebastián, Sacamantecas se estrena en salas el 6 de noviembre.



















