Aprovechamos el estreno de ‘El universo de Óliver’ para charlar con su director, Alexis Morante, y repasar una trayectoria en la que conviven con perfecta naturalidad estrellas como Alejandro Sanz o Enrique Bunbury con niños ochenteros del Campo de Gibraltar

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13 May 2022
Alejandro Ávila
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Como una moneda rusa caída del cielo. Alexis Morante ha aprovechado la oportunidad de viajar a sus raíces con su ópera prima. Lo ha hecho con esa buena estrella de la que habla su película, El universo de Óliver, una conmovedora película sobre la amistad, la familia y el coraje. Sobre la necesidad de permanecer unidos ante la adversidad, como ha hecho recientemente Carla Simón y su Alcarràs, Oso de Oro en Berlín.

En el caso de Morante, el cineasta ha tenido que vivir en la meca del cine, trabajar con algunos de los artistas más importantes del mundo, para regresar y poder contar sus orígenes: los de su infancia en uno de los puntos más intensos y humildes de Andalucía, el Campo de Gibraltar (Cádiz).

En su aventura cinematográfica ha sumado a dos amigos de la infancia para escribir el guion, tres productoras de cine (Pecado Films, La Claqueta y Tándem), algunos de los profesionales más importantes de su ámbito, un reparto donde brillan desde los adultos (esos extraordinarios Salva Reina, María León y Pedro Casablanc) o niños (Rubén Fulgencio interpretando al protagonista, Óliver) y dos géneros tan aparentemente dispares como el fantástico y el cine social, para transformarlos en realismo mágico.

El resultado ha sido una película que entusiasma, por igual, a niños y mayores, y que ha llegado a salas de cine este viernes 13 de mayo.

Alexis, comencemos por el principio. ¿En qué momento nació tu pasión por el cine?

Es un momento muy concreto, que recuerdo perfectamente. Yo estaba en Sevilla, porque mi abuelo estaba enfermo, lo habían ingresado en el hospital y mis padres no me lo querían decir. Yo tendría 6 años y para evadirme, me llevaron a ver E.T. en el Avenida. Yo había visto cine antes, pero ninguna me había sorprendido tanto. Luego mis padres me contaron historias de estrellas y extraterrestres para decirme que mi abuelo había fallecido. 

¿Y cómo continuó tu afición por el cine?

Cada fin de semana íbamos a ver una película nueva: Regreso al futuro, Dentro del laberinto, Los Goonies, Los cazafantamas, La historia interminable… Entre eso y que mi padre se trajo un vídeo de Ceuta, pudimos comenzar a alquilar cintas VHS muy pronto. Fue así como me convertí en alguien que amaba mucho el cine.

¿Cómo definirías tu estilo cinematográfico?

El universo de Óliver es así, porque se parece al cine que empezó a gustarme. Los que nacimos a finales de los 70 o los 80 estamos marcado por un cine que ya se ha convertido en clásico, con directores que tienen una trayectoria enorme. Conforme he ido creciendo, he descubierto otro tipo de cine, que me atrae muchísimo como Stanley Kubrick, David Lynch o Julio Medem, que me han terminado influyendo mucho más. 

¿Y en El universo de Óliver cuáles son tus influencias?

Quería hacer un viaje al pasado. Por eso hago muchos guiños a ese cine ochentero. Hay muchos directores de mi generación, que se consideran deudores de ese cine de los 80 y que lo reconocen ya sin tapujos. No solo cineastas internacionales, sino españoles como Chicho Ibáñez o Antonio Mercero, cuya serie Verano azul está más que reconocida.

Has construido gran parte de tu carrera en Los Ángeles, ¿qué te impulsó a regresar a España?

Ha sido de una manera muy natural. He estado doce años en Estados Unidos, pero nunca he perdido el contacto con Andalucía ni España. Mis cortos son historias de aquí. He hecho cine incluso viniendo de vacaciones, cuando rodé Bla bla bla con Salva (Reina). En Estados Unidos, hacía videoclips y publicidad. Así nació mi estrecha relación con Enrique Bunbury. He regresado a España, de manera muy natural, porque me empezaron a salir proyectos aquí.

Enrique Bunbury, Alejandro Sanz, Camarón de la Isla, Héroes del Silencio. Pop, flamenco y rock. Figuras de la música diversas, estilos diferentes, que has retratado en tus largometrajes documentales. ¿Qué dirías que los conecta?

Bunbury es el documental que empieza esta trayectoria. Cuando hice El camino más largo, estaba estudiando. Hasta ese momento solo había hecho cortometrajes. Los documentales me permitieron aprender la narrativa del largometraje. Aunque fuera documental, quería contar historias muy narrativas, con tres actos y personajes con un arco. Aparte, trataba de conseguir algo muy visual, y con el de Bunbury me salió también una historia de superación. Eso es lo que tienen en común todos los documentales. Todos están divididos en tres actos, son personajes que empiezan desde abajo e intentan conseguir algo y se encuentran muchos obstáculos. Las metáforas y la emoción son también algo común a todos ellos. Todos ellos suelen tener momentos muy emocionantes.

Llegamos por fin a El universo de Óliver. ¿Qué te atrajo de esta historia?

Es una historia muy bonita. El germen de Óliver no es la novela, sino el corto Voltereta. Yo tenía muy claro que la tesis de mis estudios de cine en Nueva York tenía que ser un corto que homenajeara a los 80. Lo que empecé a hacer, de una manera natural, fue mezclar las raíces andaluzas. Voltereta es ese germen de homenaje ochentero, mezcla de géneros y un niño protagonista andaluz. Mi amigo Miguel Ángel González Carrasco se pasó muchas noches escribiendo una novela con nuestras vivencias infantiles en Algeciras. Cuando me pasó el manuscrito, me impactó tanto que le dije que si podía hacer mi primera película, quería que fuera una adaptación de su novela. 

¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces?

Pasaron diez años. Empecé a hacer documentales y cortos. José Alba vio Bla Bla Bla, le gustó mucho y me preguntó si tenía alguna idea para una película. La película se alejó de la novela con el guion de Raúl Santos y gracias a la película, se pudo publicar la novela. La novela es más fantasía, thriller y terror. Transformamos la fantasía en realismo mágico.

Como buena ópera prima, El universo de Óliver está preñado de vivencias, guiños personales. ¿Cuáles nos puedes revelar?

Guiños personales hay muchos, pero lo fascinante del guion es que es una mezcla de Miguel Ángel, Raúl y yo. Somos tres amigos, que nos conocemos desde la preadolescencia. Éramos los últimos en quedarnos en la playa viendo las estrellas, contando historias y cantando con la guitarra. Conocemos muy bien nuestro lugar y cada uno ha aportado muchas cosas de sí mismo. 

¿Y en tu caso?

Yo tiré mucho hacia Óliver, al que le daba muchas cosas mías: desde que yo le pasé muy mal cuando me cambiaron de barrio y de colegio y el primer día me hice caca encima; hasta sus tics y sus ganas de encajar. Óliver es muy tímido, pero, a la vez, tiene un arrojo enorme para pertenecer a algo. Por eso juega al fútbol y se integra en la pandilla. Las va viendo venir y hace lo que puede. También le aporto la relación con mi abuelo: el carácter del personaje de Pedro Casablanc es el de mi abuelo.

La película oscila entre lo fantástico y lo social. ¿Cuál ha sido el secreto para hilvanar estos dos universos?

No sabría decirte cuál es la fórmula para que haya tenido ese equilibrio. Es un riesgo que se tomó, pero yo asumí esa seguridad. Cuando intentábamos financiarla, nos decían que no estaba claro cuál era el género. Yo les decía siempre que yo lo tenía claro, así que la confianza en mí y de los demás ha sido la clave. El equilibrio se ha conseguido después de que se haya ido sumando mucha gente que ha ido entendiendo el concepto en todos los departamentos: fotografía, montaje, postproducción… Eso nos ha permitido que tenga una naturalidad muy grande a la hora de jugar con esos géneros. Otra clave han sido los actores: el desparpajo de los niños y la naturalidad de los mayores.

De hecho, María León y Salva Reina están especialmente brillantes como pareja adulta protagonista. ¿Cómo trabajaste con ellos sus personajes?

Desde el sentimiento. Salva es muy amigo mío y desde el guion tenía claro que iba a ser el padre de Óliver. Había visto el potencial de él como actor dramático, pero que consigue mantener el humor de la comedia. Y con María, lo mismo. La pensé para el papel más tarde, pero era un sueño tenerla. Tiene esa mirada y esa forma de actuar que sabe ir de la comedia al drama. Luego supe que son muy amigos y que se quieren mucho. Jugábamos mucho a la contención. Se cuenta mucho con lo que no se cuenta de ese matrimonio que va en picado. Por no hablar de esos ojos azules que tienen los dos y que se comen la pantalla.

La escena de la llamada telefónica con María León resulta especialmente brillante…

Es una escena que surgió con ella. Cuando hablé con María, ella consideraba que a su personaje le faltaba algo. Me dijo que no quería más protagonismo, sino que veía que le faltaba ese momento resolutivo. Le di una vuelta con el guionista y la sumamos después. Cuando se la dimos a María, nos dijo que era justo lo que necesitaba.

Es un clásico citar a Hitchcock cuando hay niños en una película. ¿Cómo fue el reparto infantil, cómo se construyó? ¿De qué premisas partía el casting?

Marichu Sanz, directora de casting, hizo un trabajo muy bueno y tuvo una empatía muy grande para trabajar con nosotros. Odile Antonio Baez también trabajó mucho en el casting. Vimos más de 1.000 niños en los colegios del Campo de Gibraltar. La mayoría tenían que ser de allí, con el desparpajo y el acento de allí. Y los niños gitanos tenían que ser reales. De ahí salió parte de la pandilla de Óliver: John, la niña, Lucas y los hermanos Heredia, que salieron del Saladillo. 

¿Y Óliver?

Lo que más me preocupaba era encontrar a la cabeza de todos: si Óliver no funcionaba, la película no funcionaba. Lo pasé muy mal buscándolo, pero tenía que tener una personalidad muy concreta y trabajar de una determinada manera, con una montaña rusa emocional. Teníamos tres finalistas y de pronto llegó un niño nuevo, Rubén, el hermano de Luna Fulgencio. En la tercera escena tenía que llorar, lo hizo y nos dejó impactados. A partir de ahí no hubo duda: fue Óliver. Luego, el trabajo de Isa Ramírez como coach fue muy importante. El reto era que los niños se hicieran amigos, tenían que tener una complicidad enorme. Lo conseguimos y el último día de rodaje parecía que no se iban a ver más.

Música, arte, efectos especiales… hay muchos departamentos que brillan especialmente en esta película.

Me considero muy afortunado al hacer una primera película de ficción con el apoyo incondicional de mis productores y viendo cómo, departamento a departamento, se iba sumando gente que admiro mucho. En el equipo hay dos tipos de profesionales: el que viene conmigo, como Carlos García de Dios, director de fotografía, que ha hecho todos mis cortos, que se ha volcado conmigo y ha logrado una fotografía de mucho nivel. Y luego estaban los profesionales que yo iba pidiendo por admiración y que . Ahí tenemos, por ejemplo, a Lourdes Fuentes de vestuario o a José Manuel García Moyano, que es, para mí, el mejor montador de España.

¿Cómo ha sido trabajar con él?

La complicidad que he tenido con él ha sido muy grande. Hemos montado en el mismo lugar que Alberto Rodríguez… era como estar dentro del cine que yo admiro. Los de efectos especiales se han volcado también, a pesar de su bajo presupuesto. Y la música de Julio de la Rosa, a la que le tengo un especial cariño, ya que ha captado totalmente el espíritu de la película y ha hecho una banda sonora que no podría ser mejor. 

Hablando de música, ¿qué aporta una canción tan especial como Esperando una señal de Enrique Bunbury?

Aporta la guinda. Es la guinda perfecta. Enrique me decía, de broma, que ya estaba bien de hacer documentales y videoclips de él y que hiciera ya mi primera película. Y me dijo: Cuando la hagas, ojalá me dejes hacer la canción de los créditos. Tardé en llamarlo, así que cuando lo hice, le di una alegría muy grande. Me pidió que le mandara el guion y  compuso la canción en dos semanas. Ha compuesto uno de sus mejores temas y eso es un honor para mí. Además, la canción ha salido cuando ha anunciado su retirada. Para colmo, sus fans la han aceptado muy bien.

¿Y cuál es tu próximo proyecto?

Un biopic sobre Ozuna, el reggaetonero, rodada en República Dominicana, Puerto Rico y Nueva York.


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