Alcances de Cádiz culmina su edición más especial como gran festival: con cine de calidad, éxitos de visionados, charlas multitudinarias y una mezcla de felicidad, nostalgia y descubrimientos. Lo hemos aprendido una vez más: en la vida y en el arte, todo es cuestión de puntos de vista

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8 Oct 2020
Alejandro Ávila
Un buen festival siempre deja una inclasificable mezcla de felicidad y nostalgia. Decenas de historias circulan ante nuestra retina, quedándose ancladas en algún punto de nuestra memoria y emociones. Así ha ocurrido estos días con Alcances. Una edición tan especial.

Allá por primavera, cuando la pandemia no cesaba de plantear incertidumbres, el festival gaditano dio un paso al frente y apostó por una versión online. Su director, Javier Miranda, optó por concentrar todos los esfuerzos en la mejor edición posible. Y así, apoyándose en las tecnologías, Alcances, uno de los festivales de cine más comprometidos del panorama nacional, ha logrado ofrecernos una programación de máxima calidad.

Menú gourmet para todo el país

Como un año más… pero con una salvedad: esta vez, el menú gourmet estaba al alcance (nunca mejor dicho) de todos los cinéfilos. Desde Cádiz o desde Madrid, desde Sevilla o desde Barcelona, los amantes del cine más rabiosamente auténtico han podido disfrutar de decenas de películas, de forma abierta y gratuita, con toda la programación de Alcances viajando desde el litoral gaditano hasta siete mil hogares.

Encuentros de Cineastas para 100.000 personas

Pero las películas no han sido las únicas que han viajado por todo el territorio español. También lo han hecho las charlas con sus grandes protagonistas: los directores y directoras de cine. Para esa tarea, Alcances ha decidido contar con el apoyo de FilmAnd, que mediante encuentros digitales en directo, ha puesto en contacto a los cineastas del festival, a través de 50.000 reproducciones, con un público de 100.000 personas y un impacto global de 135.000 impresiones.

Así, los espectadores han podido disfrutar de charlas con cineastas de la talla de Andrés Duque, esa mente curiosa y atrevida, que dice retratar a personajes que se encuentran “al otro lado del arcoiris”. También hemos descubierto el enorme talento de directoras como Emma Tusell, que, abriendo sus cicatrices nos ha mostrado sus desgarrados recuerdos en Video Blues, un diálogo con sus traumas infantiles que le ha valido un merecidísimo Premio a Mejor Dirección.

De las batallas íntimas a las luchas colectivas

De las batallas íntimas a las luchas colectivas. Y sin importar si el formato era largo o corto, porque el cine es cuestión de sutileza y pasión, no de longitudes. Así, el cortometraje de Lorena Cervera e Isabel Seguí, #PrecarityStory, se ha merecido una Mención Especial del Jurado.

A Cervera y Seguí les basta media hora para retratar la precariedad, desde un punto de vista insólito. El de una emigrante española, que, sin salir de su centro universitario inglés, lleva a cabo dos trabajos que le permiten subsistir: dar clases en la universidad y limpiar sus cuartos de baño.

No han sido las únicas que han ampliado nuestros horizontes. Los cineastas andaluces Alejandro Salgado o Mateo Cabeza nos han planteado historias de personas en movimiento, migrantes con sueños y esperanzas en universos y vidas mejores.

Paraíso (Mateo Cabeza)

Seres errantes en el limbo

Salgado, ganador de la Caracola de Alcances a Mejor Película de esta 52ª edición, ha explorado con Barzaj un riquísimo filón narrativo y estético. Mecidas por el rítmico vaivén de la película, las rocosas playas de Melilla sufren una metamorfosis, transformándose en un limbo mitológico. Allí moran unos seres errantes, que preparan su tránsito a un mundo mejor, refugiados en unas cavernas donde hierven pócimas y se resguardan del frío entre las llamas del fuego.

Un mundo prometido

Sueñan con un mundo prometido. De abundancia y felicidad. La terrenal ciudad de Málaga se convierte así en un paraíso bíblico, mientras estos menores desprotegidos quedan inmortalizados por la mirada de Salgado. En el caso de Mateo Cabeza, sus protagonistas sí han llegado al Paraíso. O, al menos, así reza el título de la película del director andaluz. Porque lo de paraíso es un decir, cuando aparece camuflado de habitación de hospital.

Entre cuatro paredes transcurre la vida de un padre desesperado por curar a su hijo enfermo y que ha tenido que huir de su país para salvarle la vida. En Paraíso todo queda orquestado para convertir a este progenitor en un héroe, pero, sobre todo, para llevarnos a un instante cinematográfico único, alucinante y lúcido, que cualquier cineasta de dilatada trayectoria profesional añoraría por capturar.

Una cuestión de puntos de vista

Ha sido un festival de sueños y realidades, donde las tecnologías se han aliado con el arte para emocionarnos y hacernos reflexionar. Han sido, en definitiva, historias tan potentes, charlas tan apasionadas, que, por unas horas, nos hemos olvidado que no respirábamos la suave brisa marina de Cádiz, ni estábamos acomodados en la acogedora oscuridad de una sala de cine.

Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que un sofá podía convertirse en una buena trinchera y un ordenador, en una gran pantalla. Eso ocurre cuando lo importante son las historias. Esas historias que nos transcienden, unen y emocionan. Cuando 52 años demuestran que, en la vida y el arte, todo es cuestión de puntos de vista.


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