Son las cuatro de la tarde cuando entro al histórico Hotel María Cristina en Donostia. Por los pasillos, me cruzo con periodistas, cineastas, y Stellan Skårsgard. Es la 73ª edición del Zinemaldia, uno de los grandes festivales de cine del mundo, y esta es una de las sedes donde se hospedan sus protagonistas.
Subo a la primera planta, donde hay preparado un recibidor en el que esperan periodistas junto a un gran cartel de Los tigres, la nueva película de Alberto Rodríguez, que compite en la Sección Oficial, se estrenó la noche anterior, y yo vengo de ver en la sesión de la mañana. Es un tenso thriller ambientado en el Polo Químico de Huelva, sobre dos hermanos buzos, atados al mar y el uno al otro, interpretados por Antonio de la Torre, en su tercera colaboración con el director sevillano, y Bárbara Lennie.
Tras unos minutos, me dan paso a la sala de entrevistas y estoy sentado frente a Alberto Rodríguez, autor de una singular filmografía que incluye películas como Grupo 7 (2012), La isla mínima (2014) o Modelo 77 (2022) y acumula decenas de premios Goya.
Mientras se sirve un vaso de agua antes de empezar, me fijo en un pin contra el genocidio palestino que lleva enganchado a la camisa, y pienso en la oleada de entrevistas y presentaciones que ya ha dado y que sin duda le esperan por delante. Es una semana importante para el cineasta andaluz, que no sólo presenta en el festival Los tigres sino también la miniserie de 4 episodios Anatomía de un instante, adaptación de la novela de Javier Cercas sobre el golpe de estado del 23 de febrero de 1981.
«Lo que es muy especial es que el trabajo de los últimos tres años se va a ver en una semana, y eso es muy raro, más que nada porque no sé cómo se va a recibir, pero también porque luego me voy a quedar sin nada que hacer. Va a ser muy extraña, la sensación. La semana pasada estábamos todavía haciendo los últimos retoques de la serie, y ahora cuando vuelva a casa va a ser como, ¿ahora qué hago? Pero bueno, como el estreno está cerca y hay que promocionarla y demás, tampoco me va a dar tiempo a parar mucho», confiesa Alberto.
¿Cómo nace Los Tigres? ¿De dónde surge ese acercamiento al mundo del buceo?
Empezamos casi por el conocimiento de la petroquimica de Huelva, que es un sitio muy peculiar. Parece como una ciudad del futuro llena de luces, con los quemadores… Y al mismo tiempo, puede pasar perfectamente un flamenco sobre tu cabeza. Así de singular es. Lo que pasó fue que cuando empezamos a investigar dimos con esta gente que se dedica al buceo profesional y que son parte de los obreros que asisten a la petroquímica, y nos pareció tan rico y tan inédito, tan nuevo… Tenía carne suficiente como para empezar un proyecto e intentar continuarlo. Y empezamos a conocer buzos, a ver qué hacían en el día a día. Sobre todo conocer muchos buzos, que fue muy interesante.
¿Aparece entonces la relación fraternal que hay en el centro de la historia?
Surgió en el proceso de construcción. Tuvimos primero al personaje de Antonio, un ser que debajo del agua es capaz de tomar todas las decisiones bien, más que dotado porque tiene esa capacidad casi anfibia, pero que fuera del agua no es capaz de tomar una buena decisión con nada. Se equivoca con todo. Lo que buscábamos era la manera de equilibrarlo, de alguna manera, y apareció Estrella, el personaje que interpreta Bárbara. Todo tenía mucho más sentido, era más fácil sacar todos los problemas a flote, más fácil hablar de todo a través de esta confrontación entre los dos. Una especie de relación entre una que habla y otro que desoye.
Trabajando en el mar, estás a la intemperie, a la merced de los elementos. Sin embargo, en tus películas se ve a un cineasta de pulso firme. ¿Vas con un plan cerrado, y te ciñes todo lo posible, o hay que adaptarse a lo que traiga el día?
Hay que adaptarse a lo que traiga el día. El trabajo que hicimos en superficie, en la cubierta del barco, sí dejamos algunas cosas sueltas y al azar. No es que las dejáramos, sino que el mar terminó cambiando lo que teníamos preparado. Pero debajo del agua no. Debajo del agua casi todo se preparó con mucho tiempo, muchos dibujos, mucha planificación, porque ahí cada pequeña improvisación, cada pequeño movimiento, cada decisión, puede alterarte el plan de rodaje del día entero. Era muy complicado. Ahí sí que se preparó muchísimo, y aún así, te tenías que adaptar a lo que ocurría cada día. Había días que pensábamos rodar esto pero no se puede. “¿Qué hacemos?” “Ah, pues vamonos para allá, y rodamos estas dos cosas que pensábamos hacer pasado mañana.” Así.
Esta es tu última colaboración con Rafael Cobos al guión, tercera con Antonio de la Torre, con Julio de la Rosa también repites… En general, tienes una familia afianzada de colaboradores. ¿Cómo es embarcarse, no sólo en uno, sino en dos proyectos, con este equipo?
Han saltado de uno a otro, la mayoría. Tenemos un equipo muy hecho, somos como una reunión de amigos que va saltando de proyecto en proyecto más que otra cosa. Cuando empezamos una película hay cierta alegría de vernos todos otra vez, sabemos que vamos a vivir conjuntamente un par de meses, o un poco más, y todos los días nos vamos a ver. Es un placer rodar con esta gente, porque en el fondo no somos compañeros de trabajo—somos compañeros de trabajo, pero además somos amigos. Llevamos trabajando y creciendo juntos desde hace 20, 25 años. Ya son muchos años. Y, además, es un equipo que yo tengo la suerte de que los veo de película en película, pero ellos mientras, por ejemplo Alex [Catalán, director de fotografía] ha rodado con Icíar Bollain, con Amenábar, con Medem… Entonces vas sumando colaboradores que cada vez tienen mayor experiencia y cada vez son mejores. Yo siempre encuentro una versión mejorada de todos.
Eres un cineasta andaluz que suele moverse por escenarios de la región. Siendo sevillano, recuerdo ver de chaval Grupo 7, por ejemplo, e impactarme al ver una persecución por las calles por las que paseo. Esta nueva película transcurre en la costa de Huelva. ¿Qué te atrae de estos escenarios?
Me interesa lo que ocurre alrededor, la realidad. Entonces, lo lógico es que la representemos más cerca. No es que esté reivindicando nada. Me gusta trabajar con los materiales que entiendo, y sé que a veces se pueden incluso perder cosas en la traducción, pero tengo la sensación de que estoy más cómodo cuando conozco la realidad que estoy contando. Sí es verdad que hay varias películas en las que el género está visitando nuestra ciudad. Por ejemplo, Grupo 7 es una historia de gangsters, en realidad, aunque tengan placa. Podría leerse como una película de género, pero en el fondo está hablando de más cosas, está hablando de la exposición universal, está hablando de cuando las libertades civiles más básicas se las saltan… La isla mínima es otra historia que va de asesinatos en mitad de unas marismas, pero está hablando de otra cosa, de un país en un equilibrio delicadísimo. En fin, siempre ha sido por eso, por contar una realidad cercana y fácilmente asible.
¿Qué le dirías a alguien antes de ver Los Tigres?
Yo siempre pienso que al que va a ver una película lo mejor que le puede pasar es no saber nada. Empezar a verla sin tener ni idea de lo que estás viendo. Te puede pasar como a mí, que estuve un año entero intentando no enterarme de qué iba El sexto sentido, y en la cola de entrada un niño le dijo al otro “¡Ah, entonces él está muerto!”. Y digo “no creo que esto sea importante”… Empezó la película y me di cuenta de que me la había destrozado. No, creo que lo mejor cuando vas a ver una película es no tener ni idea de lo que estás viendo. Que, lamentablemente, es difícil ver las películas así.
Tu serie La peste fue la primera en estrenarse en el Festival de San Sebastián, y ahora vuelves con Anatomía de un instante. ¿Cómo llevas el salto entre los diferentes formatos y tiempos que conlleva una serie?
Son dos cosas distintas. Lo quieras o no lo quieras, las series imponen otro ritmo, son más industriales. Es normal. Es imposible mantener un nivel máximo de concentración durante cuatro o cinco meses. Yo estoy mucho más cómodo en el formato de un largometraje, y además me gusta más la filosofía con la que se rueda un largometraje: todo más pausado, más calmado, usando más el ajuste al detalle… Son dos cosas distintas. En las series tienes la necesidad de ir resolviendo todos los días, como sea, problemas, para resolver mañana otro, y pasado otro, y así. Pero esta historia había que contarla en forma de serie, y es lo que hemos hecho. El libro se prestaba, yo creo, muy bien a eso. Adaptar el libro conllevaba pensar en una serie más que en una película.
¿De qué forma difiere ese proceso de adaptación a cuando te sientas con Rafael Cobos a inventar una nueva historia?
No tiene nada que ver, claro. Aquí hay ya un texto preexistente, estás basándote en algo que ha escrito alguien, y yo creo que también se debe ver, por lo menos conservar el espíritu de la historia, de cómo está escrita, y de lo que ha pretendido el que ha escrito la historia originalmente. En este caso, creo que hemos sido bastante respetuosos con el libro de Javier Cercas, que es bastante difícil porque es un libro maravilloso del que todo el mundo tiene un referente, o lo ha escuchado, aunque no lo haya leído, y trata una época, también, de la que mucha gente tiene un referente. A lo mejor a partir de una edad hacia abajo no, pero hacia arriba sí. Era un trabajo delicado. También lo ha hecho Rafael Cobos, que ha hecho un trabajo estupendo con Fran Araújo, de encontrar la manera de contar en cuatro capítulos todo lo que cuenta Cercas en un libro de 500 páginas.
Tras su paso por el Festival de San Sebastián, Los Tigres se estrenará en cines el próximo 31 de octubre, mientras que Anatomía de un instante podrá verse este otoño en MovistarPlus+. Como Alberto Rodríguez, yo también me pregunto expectante qué será lo siguiente que nos traerá, y en qué mundo intrigante nos adentrará. Entretanto, estamos más que bien servidos.





















