Esther Lopera
Esther Lopera

El último mes ha llegado cargado de buenas series. Entre todas ellas, en Filmand nos quedamos con Wild Wild Country, la última miniserie documental que aterriza en el menú de Netflix.

Los documentales están into-the-top. Hace solo unos años eran un coñazo para muchos, pero ahora ver docus mola mazo. Uno de los culpables de este boom es Errol Morris, sus documentales causaron un rebrote del cine de no-ficción, allá en los años 80, teniendo además amplio éxito de críticas. Incluso la academia de Hollywood se atrevió a darle su preciada estatuilla en 2003 con The Fog of War.

Un año más tarde, aparecería Staircase (Jean-Xavier De Lestrade, 2004), la miniserie que sembraría la semilla y que relata el caso de Michael Peterson y su supuesta relación y vinculación con la muerte de su mujer, Kathleen. Fue la primera en reivindicar el atractivo de la no ficción como vehículo del thriller.

 

La revolución –y para algunos también la prostitución- de este género ha venido con los hijos bastardos de Staircase. En este saco, encontramos las peripecias narrativas de The Jinx: The Life and Deaths of Robert Durst (Andrew Jarecki, 2015), o Making a Murderer (Moira Demos, Laura Ricciardi, 2015), miniseries bien documentadas, que diseccionan los asesinatos perpetrados por un psicópata que es analizado minuciosamente con un puñado de entrevistas hechas con muy mala baba. Hasta aquí, el ejercicio parece lícito y formal, pero la fina línea divisoria entre el espectáculo y la realidad muchas veces desaparece.

Y ahí es cuando te chirrían los dientes. No es ningún secreto que algunos directores se ceban con el espectador, manipulándolo y tergiversando la realidad, con un montaje que resulta efectivo pero que no deja de ser una engañifa, hasta tal punto que olvidas que estás viendo un documental y te quedas con la sensación de que te están tomando el pelete. La ficción versus la realidad. La verdad versus la mentira.

Wild Wild Country

Por esta razón, cuando vi en el menú de Netflix Wild Wild Country y supe que era una miniserie documental sobre una secta lo primero que pensé fue que no me apetecía que nadie jugara con mi corazoncillo cuando se pone en “modo documental”, es decir, ávido de realismo y alérgico a la ficción. Por suerte, mi pasión abiertamente profesada por la cultura de las sectas fue lo suficientemente fuerte como para vencer mi miedo. Gracias a Diablo que así fue, porque ha valido la pena. Y mucho.

Dirigida por los hermanos Chapman y Mclain Way, Wild Wild Country explica las vicisitudes del gurú espiritual Bhagwan Shree Rajneesh (conocido ahora como Osho) y de su séquito, quienes en los años 80 viajaron desde la India hasta el estado de Oregón (EEUU), para expandir su ideología y alzar su propia ciudad en un pequeño pueblo de republicanos costumbristas.

Así aterrizan los ‘rajneeshees’, ese grupo de jóvenes peludos con túnicas rojas que predican el amor libre, la vida sencilla y la espiritualidad, siguiendo los valores de su líder. Algo así como una comuna de hippies humanistas de los 80 que han de convivir con un puñado de pueblerinos yanquis cristianos cuya máxima excitación semanal es ver una película de John Wayne en casa. La batalla está servida.

Wild Wild Country

Sodoma y Gomorra

En seis capítulos de una hora, los hermanos Way desgranan cómo Bhagwan va creando su propio imperio, implantando su ideología en las mentes –dóciles- de sus seguidores y en parte de la sociedad americana, a través de Sheela, su mano derecha y la auténtica villana de esta historia. Lo que empieza como una comuna libre de agricultura ecológica, se convierte en una especie de Sodoma y Gomorra en la que todo vale.

Una guerra donde no falta de nada: orgías a gogó, manipulación, intolerancia, terrorismo, juicios, politiqueo, malversación de fondos, traición y amor… mucho amor por un tío con una barba muy larga. Ingredientes que hace vivir al espectador un momento de la historia para muchos desconocido. Y este debería ser el valor de cualquier documental: relatar con documentos reales los hechos de un caso que ha marcado un hito en la historia. Aquí no hay ni trampa ni cartón y este es el auténtico sex-appeal de Wild Wild Country.

Wild Wild Country

Material a cascoporro

Con una estructura clásica de ‘busto parlante-imagen de archivo-busto parlante’ y con algunas escenas recreadas con técnicas de animación, Wild Wild Country sorprende tanto por lo que cuenta como por la gran cantidad de documentación que utiliza para ello. Esta historia tiene material a cascoporro: vídeos, entrevistas, audios y fotografías originales de la época, reportajes televisivos, etc. Un buen material que sus creadores combinan con las entrevistas a los personajes clave de la secta y del pueblo. Es inevitable avanzar capítulo a capítulo en la historia y flipar. Flipar como si te hubieras zampado un tripi.

No es casualidad que los hermanos Duplass estén detrás de este producto. Actores, directores y productores, Mike y Jay Duplass son los enfants terribles de EE.UU y para demostrarlo, ahí están la producción de Tangerine (Sean Baker, 2015) y la serie Transparent (Jill Soloway, 2014), en la que participa Jay como actor. Créme de la Créme. La combinación química es explosiva: el sello Duplass, la dirección de los hermanos Way y una banda sonora con canciones de Kevin Morby, Damien Jurado o Bill Callahan, pesos pesados de la música folk indie americana.

Con todo, lo que más aterroriza de esta serie es pensar que si hubieras vivido esa época, seguramente te habrías lanzado a los brazos de Bhagwan, porque la opción B no es más que una reproducción de los valores arcaicos y patrióticos de una América profunda que estaba empoderada y que permitía a sus gentes lo que fuera para proteger sus ásperas vidas.

Y como ya nos hemos desnudado, vamos a ser honestos: si lo que buscas en esta serie es introducirte en el origen de una secta para entender cómo un chalado puede manipular las mentes, te sentirás un poco decepcionado, porque no va de eso. Esta serie es una aventura bizarra que explora otras locuras relacionadas con la vida de una secta en un pueblo ignoto. Deja que la utopía de Osho entre en tu mente y te carcoma un poco las tripas, no te arrepentirás.

No te pierdas la banda sonora

Wild Wild Country

 


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *