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Alejandro Ávila

La realidad se cuela entre los haces de luz del proyector. Entre los vestidos y chaquetas más elegantes. Sobre la alfombra roja. En las ruedas de prensa. Es el sello de la Berlinale: agarrarse a un discurso político, para darle solidez a la programación. A veces, cogida por los pelos. Y otras, hasta en clara paradoja, cuando no en contradicción.

Si hace ocho años fue el momento de la crisis, hace dos el de los refugiados y el año pasado le tocó a Donald Trump, este año ha sido el del acoso y el abuso sexual en la industria del cine. El director del festival, Dieter Kosslick, reconocía en la presentación oficial de la programación que habían rechazado un puñado de películas de cineastas bajo la lupa de los abusos sexuales. Kosslick se congratulaba de que Woody Allen, acusado por su hija adoptiva de haber abusado de ella, nunca hubiera querido nada con el festival alemán… a favor de Cannes.

De quien Kosslick no dijo nada fue de Roman Polanski, que llegó a estrenar El Escritor hace ocho años en la Berlinale, mientras estaba retenido por la justicia suiza por, supuestamente, haber abusado de una menor. Tampoco se refirió a Kim Ki-duk, acusado también de acoso sexual, mientras su película, Human, Space, Time and Human, se proyecta en la sección Panorama. Por no hablar de que la alfombra roja que los operarios desenrollaban el día antes de la inauguración era de un refulgente rojo y no de negro, como exigía una campaña organizada por la actriz Claudia Eisinger, al estilo de los Globos de Oro. Tuvieron que ser los intérpretes norteamericanos Mia Wasikowska y Robert Pattinson los que acudieran al estreno de su película, Damsel, de riguroso oscuro.

Mia Wasikowska en un fotograma de 'Damsel'

Mia Wasikowska en un fotograma de ‘Damsel’

Lo que sí ha hecho la organización alemana es organizar charlas, ofrecer información y crear una plataforma para que las víctimas de la industria del cine puedan denunciar este tipo de delitos. Donde el feminismo no termina de calar es en la sección estrella de la Berlinale. De las veinte películas seleccionadas para competir por el Oso de Oro, tan sólo tres (un 15%) están rodadas por mujeres.

Ha habido que esperar hasta el domingo, cuarto día de festival, para ver la primera: Figlia mia, de la directora Laura Bispuri. La autora de Vergine giurata, viaja hasta un rincón de la isla de Cerdeña, donde la pesca y la ganadería priman sobre el turismo, para situar en el centro de su relato a un trío de mujeres: la niña Vittoria y dos madres, Tina y Marcella. Con aires de indie americano, acentuado por la música country y los rodeos del inicio, la película destaca por la alocada actuación de Alba Rohrwacher y de la joven Sara Casu, cuyo corazón se ha dividido en el filme entre la madre que la ha criado y la biológica. Una de las mejores cintas de lo que llevamos de competición.

Fotograma de 'Figlia mia', de Laura Bispuri

Fotograma de ‘Figlia mia’, de Laura Bispuri

De mujeres fuertes hablan también The Real State, Eva o Damsel, todas ellas en competición. ¿Qué ocurre cuando un par de suecos trituran la Gloria de  Sebastián Lelio y la decantan por el filtro de la perversidad nórdica? Que sale un producto como The Real State (Måns Månsson, Axel Petersén), con una protagonista tan despreciable como Nojet (Léonore Ekstrand). La película sólo puede entenderse desde la ironía: una antiheroína, que quiere espantar a los inquilinos del edificio que acaba de heredar. Madres solteras, inmigrantes y otros colectivos desfavorecidos. Nada frena a esta vieja señora. A Nojet los hombres le dan sexo oral, le preparan la comida y ponen un arsenal a sus pies, para que ella haga y deshaga a voluntad. Tal es su poderío. La película no resulta chocante sólo porque el personaje es desagradable y racista, no. Parece molestar al espectador medio, porque Nojet hace la clase de cosas que la historia del cine ha dejado relegada a los protagonistas masculinos. Por esa misma razón, resulta impagable verla descargando su furia con una automática… por muy mal que nos caiga la buena señora.

Con la protagonista que sí empatizamos es con Penélope, interpretada por Mia Wasikowska en Damsel (David y Nathan Zellner). Con el Oeste norteamericano como telón de fondo, los hermanos Zellner tiran de humor para contarnos la historia de un tipo, Robert Pattinson, que va en misión especial: liberar a su prometida de las garras de un secuestrador. Pero en el viejo Oeste nada es como parece. El humor y los giros salvan una película bastante mediocre, donde Pattinson hace gala de su vis cómica. Como en todo festival que se precie, no podía faltar una película de Isabelle Huppert, quien interpreta en la Eva de Benoit Jacquot. A pesar de su saber hacer, Huppert no logra levantar una coproducción franco-belga basada en la novela de James Hadley Chase, que ya llevó al cine en los años 60 el director Joseph Losey.

Gaspard Ulliel e Isabelle Huppert en un fotograma de 'Eva'

Gaspard Ulliel e Isabelle Huppert en un fotograma de ‘Eva’

Donde no ha escaseado el talento ni la imaginación es en la película de inauguración: Isla de Perros del genial y milimétrico Wes Anderson. Es, sin duda, uno de los mayores éxitos y aciertos de la 68ª edición de la Berlinale. Anderson regresa a Berlín cuatro años después de su mayor éxito hasta la fecha: El Gran Hotel Budapest, nominada a nueve Oscar, ganadora de 4 y presentada hace cuatro años en Berlín. El director norteamericano, que ya había probado suerte con la animación en Fantástico Mr. Fox, regresa al stop motion de las marionetas, la plastilina, los modelos gigantescos y muy poquitos efectos generados por ordenador para contarnos una de sus historias más políticas.

En la imaginaria ciudad japonesa de Megasaki, los perros ya no son bienvenidos. El alcalde Kobayashi los destierra a una isla desierta, donde solo hay basura, y donde es imposible no ver los paralelismos con la era de los refugiados y del muro de Donald Trump. Sin embargo, su hijo de acogida, Atari, no está dispuesto a que su fiel perro Spots termine sus días entre escombros. Más detallista y estilizado que nunca, Anderson vuelve a agarrase al cuento, para dar rienda suelta a su calenturienta imaginación, apoyándose, una vez más, en algunos de sus actores fetiches (y algunas caras nuevas) como Bill Murray, Jeff Goldblum, Scarlet Johansson o Bryan Cranston (Breaking Bad). Son los que le dan voz a los perros.

Anderson vuelve a ofrecernos un vertiginoso ritmo de diálogos y movimientos de cámara, autorreferenciando obras como Moonrise Kingdom (donde esta isla perruna se antoja el infierno de aquella) o El Gran Hotel Budapest, mientras homenajea, como no podía ser de otra manera, las películas de samuráis de Akira Kurosawa y, por tanto, a los westerns que inspiraron al autor japonés.

Fotograma de 'Isla de perros'

Fotograma de ‘Isla de perros’

El americano ha cuidado con un mimo reverencial todas las referencias al universo nipón: la hipnotizante música de percusión, la abundante caligrafía, los diálogos (sin subtítulos) de los humanos y una bellísima escena de preparación de sushi. Es, sin lugar a dudas, una obra maestra, que llegará a los cines españoles el 20 de abril. Una gran oportunidad para que los afortunados que la hemos visto en Berlín podamos volver a disfrutarla. Algo que siempre sienta bien al frenético ritmo y los detallistas escenarios de Anderson.

Los ecos del western han estado también muy presentes en una bastante olvidable película irlandesa, Black 47 (Lance Daly), cuando la gran hambruna hacía estragos en Irlanda y un justiciero solitario (James Frecheville) se toma la venganza de su mano, para acabar con los victimarios de su familia. Mal dirigida, con movimientos de cámara innecesarios y una fotografía que no aprovecha la belleza natural de la isla, apenas se salvan las actuaciones de James Frecheville y Hugo Weaving (el Agente Smith de Matrix). En obras como las mencionadas Damsel y Daughter of Mine también palpitan los ecos de esa América sureña y occidental.

El compromiso sociopolítico del que hace gala el certamen alemán se ha visto reflejado en obras como THF: Central Airport (Karim Aïnou), que ahonda en la situación de los refugiados sirios en el mítico aeropuerto berlinés de Tempelhof, o The Silent Revolution (Lars Kraume), un artesanal telefilme alemán basado en hechos reales (una clase de la Alemania Oriental que en 1956 guardó dos minutos de silencio por las víctimas de la represión en Hungría) y con caras conocidas del cine alemán como Burghart Klaussner (La cinta blanca) o Florian Lukas (Goodbye, Lenin!).

Imagen de portada: Wes Anderson (primero por la izquierda) junto al reparto que pone voces a su película Isla de perros, en la rueda de prensa de la 68ª Berlinale. Fotografía: Alejandro Ávila


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