Guillermo Rojas convierte su ópera prima en una carta de amor a Sevilla, la ciudad en la que ha vivido durante 20 años. ‘Una vez más’ es un viaje entre dos mundos y un dilema: quedarse o partir

avila
7 Jun 2019
Alejandro Ávila

Son las cinco de la tarde. La hora torera, ideal para pasear por el sevillano Cementerio de San Fernando, mientras las lápidas y las esculturas de grandes figuras del toreo como Paquirri, Belmonte o Sánchez Mejías, nos flanquean el camino. Vamos camino del set de rodaje de Una vez más, el debut en el largometraje de ficción del director cordobés Guillermo Rojas.

Para llegar a la localización, hay que recorrerse todo el camposanto, hasta llegar al extremo nordeste. Aunque la belleza de algunos panteones, el ambiente juvenil del equipo y la intensa luz primaveral le dan un aire festivo al encuentro, los nichos abiertos y el intenso olor del crematorio nos recuerdan dónde nos encontramos.

Guillermo Rojas es un gran admirador del cine indie norteamericano de finales de los 80 y principios de los 9o

Como el lugar, la película de Rojas se mueve entre dos mundos. La comedia y el drama. Sevilla y Londres. Quedarse o partir. Abril, a la que pone piel Silvia Acosta, es la protagonista, junto con Daniel (Jacinto Bobo). Cinco años después de marcharse a la capital inglesa y dejar en suspenso su relación con Daniel, Silvia regresa a Sevilla para asistir al funeral de su abuela.

Esa escena, la del funeral, frente a la tumba de su abuela es la que rueda Guillermo bajo un sol de justicia que obliga al equipo técnico y artístico a embadurnarse en protección solar. Si hay algo que desarrolle un rodaje es la paciencia.

Movilizar tantos recursos, tanto humanos como técnicos, lleva tiempo. Durante la espera, aprovecho para hablar con el director, quien se declara gran admirador del cine indie norteamericano de finales de los 80 y principios de los 90: Soderbergh, Tarantino, Jarmusch, los Coen, Linklater…

Historias cotidianas y naturalistas

“En esas películas se contaban historias cotidianas y naturalistas centradas en personajes a los que les pasaban cosas normales pero que emocionalmente podían ser tan apasionantes e intensas como un viaje a las estrellas. Yo tenía muy claro que si alguna vez tenía la suerte de hacer una película sin duda iría por ahí”, explica el realizador.

La chispa fue Ai, Dolors de Manel,”la historia de una última cita en la que los protagonistas son conscientes de que lo es. “Una vez más se llamó durante mucho tiempo La última cita. Es un reencuentro con un tiempo que ya no volverá y que decidí contextualizar con el momento de crisis que ha obligado a tantos jóvenes a salir de España en busca de un futuro. Como a mi propio hermano que lleva casi seis años en Londres. De ahí surge todo”.

Fotos: Curro Medina

La directora de arte, Pilar Ángulo, da lustre a una tumba con una escoba. El director de fotografía, Jesús Perujo, da los últimos retoques a encuadres y planos, mientras Guillermo repasa la planificación con un modesto storyboard dibujado sobre el propio guion. Intérpretes y figurantes se refugian bajo las escasas sombras que proyectan algunos árboles.

Prevenidos. Cuadro. ¡Acción! La directora de producción, Araceli Carrero, replica las órdenes del director. Una comitiva fúnebre se acerca a la tumba de la abuela fallecida. Al frente, su hija y dos nietas, interpretadas por Silvia Acosta, la protagonista, y Cristina Domínguez.

Abril besa y consuela a su madre, que llora desconsoladamente, antes de que ésta deposite flores sobre la lápida. Cada gesto, por no hablar del llanto, resulta complicado y calculado. Teresa Arbolí, que representa a la madre de Abril, confiesa su facilidad para concentrarse y llorar. Es su especialidad.

Julio León se encarga en esta escena de la dirección de actores. Cuando el director grita ‘Corten’, tras la primera toma, se acerca a Teresa Arbolí. Con un tono muy suave, casi en un susurro, le pide que baje el tono. “¿De voz?”, le pregunta la actriz. “No, de todo”, para que la fuerza de su llanto y su dolor se vea moderado por el tono de la película.

Un entierro poco tradicional

Laura Hojman es la directora de vestuario de la película, además de la productora. El vestuario, explica, debe transmitir multitud de mensajes.

El principal, en esta escena, es mostrar que se trata de una familia progre y de que, por tanto, no es un entierro tradicional. Por esa razón, Abril viste una camiseta negra, pero los pantalones vaqueros le dan un toque informal.

El rigor de la madre, una intelectual, se ve roto por una vaporosa camisa de lino, mientras que la prima de la protagonista, interpretada por Cristina Domínguez, rompe la tradición con el color de su pelo y un vestido oscuro escotado. “Además, depositan flores, en vez de una corona”, apunta Hojman.

En la película, subraya la cineasta, predominan los colores crema y todos deben no solo transmitir la personalidad de la propia película y los personajes, sino de conjuntar con la ambientación y el vestuario del resto de personajes. No resulta una tarea sencilla.

Yo mismo lo compruebo al elegir el vestuario para la escena en la que haré de figurante. Me piden una camisa blanca y un pantalón negro. Voy a ser operario del cementerio. O, lo que es lo mismo, enterrador. Un enterrador que, junto a otro compañero, verá pasar la comitiva fúnebre por el sendero principal del camposanto.

Los colores del vestuario deben transmitir la personalidad de la película y los personajes

Parece que he acertado con los pantalones, pero la camisa resulta demasiado ajustada o informal para un trabajador que debe bregar todo el día con tierra, lápidas y flores marchitas. Finalmente, la magia del cine disimula su procedencia chic.

Guillermo me muestra la escena que vamos a rodar. Es un homenaje a un clásico: misma perspectiva, escenario similar y, también, una historia de amor desafortunado.

En la escena, se ve cómo el protagonista entra en plano y se apoya en un coche, mientras ella pasa de largo. Es un plano largo, de los de antes, con ella acercándose lentamente desde un punto lejano y pasando por completo del hombre que tanto la ansía. “Mi abuela se casó en el Cristina con la música de esta escena. Es un guiño familiar”, confiesa el director.

Nos dirigimos a la avenida principal. Y, de nuevo, Julio nos da las indicaciones. Una carretilla, una escalera y dos operarios que charlan en un descanso, mientras la comitiva se acerca lentamente. Tras un primer ensayo, repetimos. “Gesticulad menos”, nos pide Julio. Sin gesticular, mi compañero de escena, Abelardo Castro, y yo, los dos de inmaculada camisa blanca y riguroso pantalón negro, nos contamos media vida. A la segunda va la vencida, mientras el ocaso nos brinda esa luz perfecta de la llamada hora mágica.

La foto de equipo cierra el día de rodaje poco antes de que una funcionaria nos apresure para abandonar el cementerio. Durante los siguientes días, el equipo rodará en multitud de exteriores de la ciudad, convirtiendo Sevilla en una protagonista más de la historia.

“Vamos a rodar en muchas localizaciones de Sevilla que han sido importantes para mí en los veinte años que llevo viviendo en la ciudad como el cine Avenida, el parque María Luisa o los jardines de Chapina. Lugares a los que he ido a menudo y que de algún modo me dan paz. Quiero mostrar esa ciudad que me gusta, la que se puede disfrutar andando o en bici, con sus librerías, cafeterías, galerías de arte y terracitas. En definitiva, una Sevilla en la que merece la pena vivir”, concluye Guillermo.

Fotos: Curro Medina


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