Tully (Jason Reitman, 2018) nos enfrenta a una maternidad cruda y a una madre sin aliento, atrapada entre lo que fue y lo que ha quedado de ella. Si tú también te andas buscando, te vendría bien verla, porque la mayor parte de las veces tan sólo hay que empezar por una misma

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31 Mar 2020
Iraida Cano González

Veo Tully. Rectifico: intento ver Tully (Jason Reitman) igual que lo haría Marlo (Charlize Theron), angustiada por hacer algo completo del tirón a la vez que atender las incesantes llamadas de mis hijos, incesantes y absurdas, sí. Esta cuarentena ha hecho que desaparezcan por completo los escasísimos diez minutos de privacidad que había conquistado tras ser madre por primera vez hace ocho años.

Y es que hay una versión de la maternidad que nadie te ha contado y que, en mi caso, descubrí de golpe y en soledad. Tus hijos irrumpen en tu vida y alteran por completo el orden de todo, incluidas tus relaciones personales e íntimas y, a la vez, un yunque presiona tu garganta y el peso de un titán cae en tu espalda. (Desde que me he sentado a escribir estas escasas líneas han venido ya cinco- ¡cinco!- veces a demandar no sé cuantas urgencias desatendidas desde hace 2 minutos y medio).

Una madre del siglo XXI

La presión de mantener el ritmo porque todo tu entorno (incluyo todos los ámbitos: el familiar, el educativo, el profesional, el estético, etc…) te dice cómo debe ser una madre en el siglo XXI y cuáles son las exigencias irreales que debes atender. Yo padecí todo tipo de opiniones y comentarios de los avezados colegas hombres: «Vaya careto traes hoy», «esa carácter agrio que se os pone cuando sois madres».

También de tus compañeras: «Deberías maquillarte un poco y hacer algo de deporte para que no te sea tan difícil recuperar la figura». Y de tus jefes: «Si las mujeres no os dedicarais a tener hijos en lugar de trabajar, no tendríais ningún problema». De tu familia política: «Tendrás que aprender a manejar esto en lo que te metiste tú solita».

Presiones constantes, a las que se suma la propia, se te aturullan para no dejar pasar lo que realmente opinas y sientes

Recuerdo que en una ocasión incluso me reprocharon mis afectos explícitos hacia mis hijos: «!Es increíble que se pase el día dándoles besos, no he visto cosa igual!». Comentarios que manifiestan muchos males que ahora no van al caso pero que minan la autoestima de una mujer ya de por sí agotada y exigida.

Presiones constantes, a las que se suma la propia, se te aturullan para no dejar pasar lo que realmente opinas y cómo te sientes. No olvides nunca que es «uno de los momentos más maravillosos en la vida de una mujer». Pues yo me convertí, como tantas otras, en un ser a prueba de balas con la inconsistencia de una gelatina.

Frágil como Marlo

Y así está Marlo tan frágil como su nueva hija, pero con la diferencia de que ella tiene que cuidar a todos incluso a sí misma. «Pero, ¿tú no vienes a cuidar del bebé?»,  le pregunta a la niñera. «Vengo a cuidarte a ti, básicamente tú eres el bebé«, afirma Tully.

Necesitaré ser capaz de recordarme que soy algo más que madre

Una respuesta que se ha quedado suspendida en el aire para recordarme que aunque ya no necesito que cuiden de mi hija menor entre toma y toma de leche, sí necesitaré sacar a mis hijos de mí de nuevo y ser capaz de recordarme que soy algo más que madre ( además de: maestra, enfermera, psicopedagoga, entrenadora, animadora social, cuentacuentos, pintora, tirititera,…).

Mucho más que una madre que se enfrenta de nuevo al mundo, a una realidad que no será en ningún caso aquella que dejamos atrás hace ya 18 días. Un mundo tan desconocido e irreal como lo observé el día que salí del hospital con mi primogénito en brazos. Pero esta vez no me voy a dejar devorar por la soledad ni por los demás.

Tengo previsto amar amándome, dar sin vaciarme, sentir sin reprocharme. Y entonces, mis miedos perderán sus filos. Los días de  cautiverio dejarán paso a la incertidumbre de un futuro demasiado complejo y oscuro y nos agotaremos de nuevo, Marlo, pero antes nos habremos encontrado. O eso esperamos.

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