juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Título original: Todos lo saben
Duración: 130 minutos
Nacionalidad: España-Francia-Italia
Dirección y guion: Asghar Farhadi
Fotografía: José Luis Alcaine
Montaje: Hayedeh Safiyari
Música: Javier Limón
Intérpretes protagonistas: Javier Bardem (Paco), Penélope Cruz (Laura), Ricardo Darín (Alejandro), Bárbara Lennie (Bea), Inma Cuesta (Ana), Carla Campra (Irene), Eduard Fernández (Fernándo), Elvira Mínguez (Mariana), Sara Sálamo (Rocío), Ramón Barea (Antonio), Roger Casamajó (Joan), José Ángel Egido (Jorge)

La sola idea de conocer un suceso familiar en el corazón de España desde la mirada de un cineasta iraní hace de Todos lo saben un apetitoso dulce de escaparate. Si ese cineasta es Asghar Farhadi, autor de joyas recientes del realismo intimista como Nader y Simin, una separación (2011) y El viajante (2016), ganadoras de sendos Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa, la expectación crece considerablemente. Y si el proyecto cuenta además con la implicación en el reparto de figuras como Javier Bardem, Penélope Cruz, Ricardo Darín, Bárbara Lennie, Eduard Fernández o Inma Cuesta, capaces de impulsar de forma individual un cartel y juntos aquí, componiendo una trama de talentos, es difícil no acudir a la llamada de esta película con un cierto temblor que oscila entre la emoción y el pánico a que nos defraude.

Vence lo primero, afortunadamente.

En Todos lo saben conviven varios géneros y casi podría decirse que varias películas: el thriller, el retrato costumbrista, el drama sentimental… Es la contenida dosis de los ingredientes emocionales que intervienen la que consigue que la receta funcione. Si sus muchas sugerencias fuesen en algún momento más explícitas, todo el conjunto se desmoronaría.

Detrás de ese admirable sentido de la medida se nota la mano de un guionista digno de estudio y de un director soberbio. Los dos son el mismo: Farhadi. Y asombra especialmente su capacidad para salir de su zona de confort argumental, la inestable clase media iraní, y lanzarse a la piscina de un trabajo tan “español”, con tantas connotaciones locales, sin perder sus señas de identidad y dotándolo a la vez de interés universal.

Hay curiosamente en su mirada un cierto sesgo arabizante, un emparentado prejuicio cultural sutil que se hace más transparente en la manera de retratar y en los rostros mismos, en la forma de conducir los movimientos o de sugerir la música. Pero lejos de lamentar esto como un tópico romántico el espectador puede llegar a asumirlo apenas como el trazo de una escritura extrañamente acentuada, como la curiosa sombra de un asombro.

Están ahí además los actores para bajar a la tierra, a estas tierras áridas y a la vez agradecidas al trabajo que retrata tan bien el filme, cualquier tentación etérea del director. En su manera de decir y mirar se ancla la verdad de esta historia. Y aunque es difícil establecer graduaciones en el reparto, creo que merece ser destacado el trabajo impresionante de Bárbara Lennie, menos lucido que el de Cruz o Bardem pero soberbio en sus réplicas, a la mayor altura de su alta carrera.

Y como cemento para unir todas las voces y los ecos que la película despierta, su dimensión más humana y su vocación ecuménica, su firma autorial y su resolución cooperativa, hay otro elemento que destaca: la fotografía de José Luis Alcaine. Son los ojos y el oficio de este veterano local los que hacen brillar a la película con su luz propia, emparentándola con la tradición de su director y abriéndola a la especificidad de su paisaje. La luz prendida de algunos de sus fotogramas es una auténtica lección de cine.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *