Entre lo culto y lo popular. Martin Scorserse se consagró en 1976 con una película que reflexiona sobre el aislamiento social en la gran ciudad

Manuel H. Martín
12 Ago 2019
Manuel H. Martín

Cada vez estamos más conectados. Cada vez parece que andamos más unidos y conectados los unos con los otros en un mundo tremendamente global. Pero, ¿estamos más conectados o aislados? Sería una buena pregunta que deberíamos contestarnos cada uno de nosotros. O no.

En cualquier caso, la soledad o el aislamiento sigue siendo un tema universal en las obras de ficción, especialmente desde la época de la industrialización y las grandes urbes. Podríamos hablar de títulos actuales pero lo cierto es que hay clásicos como Taxi Driver que ilustran estos temas con una actualidad ciertamente aterradora.

Que la película tenga a un conductor violento o un personaje simplemente perturbado no son suficientes analogías

Antes de adentrarnos en el breve análisis, querría contar una breve anécdota que se repite de vez en cuando. Cada vez que veo un cartel o una promoción de una película actual con Taxi Driver como referente acabo picando. Pocas veces, pocas, el texto promocional (y referencial) me ha parecido acertado. Que la película tenga a un conductor violento o un personaje simplemente perturbado no son suficientes analogías.

Le puedes colocar buena música de los ochenta, una chaqueta bonita para crear merchandising de autor, escenas bucólicas y trucos de montaje para huir del clasicismo… pero no es Taxi Driver. Y no lo es por un sencilla razón: porque detrás del filme de Martín Scorsese sobre la alienación social hay tanta originalidad, oscuridad y complejidad que es casi imposible superar o igualar por cualquier sucedáneo moderno. Otra cosa diferente es que sea una fuente de inspiración (encubierta o superficial) para otros títulos posteriores.

Ambientada en la época de los setenta, Taxi Driver versa sobre un solitario taxista y excombatiente de Vietnam llamado Travis Bickle (interpretado por Robert de Niro). El taciturno Travis padece de insomnio y carece de apetito sexual, aunque acuda a cines X. Es precisamente su insomnio el que le hace recorrer las calles con un perturbado “sentido de la justicia” y una visión personal que roza lo apocalíptico.

Robert de Niro en una escena de 'Taxi Drivers'.

Robert de Niro en una escena de ‘Taxi Driver’.

En ese recorrido por las noches, calles infernales y bajos fondos, el protagonista se cruza con clientes y situaciones cuanto menos dantescas. De carácter obsesivo, Travis se presenta como un ser cuya inestabilidad emocional y mental aterra a distancias cortas.

Sin embargo, paradójicamente, durante la propia trama de la historia, Travis pasa de mostrarse como un oscuro antihéroe casi terrorista (que intenta matar a un político en una especie de atentado) a convertirse en un héroe de la prensa local (un héroe que saca a una chica de una red de prostitución y liquida a varios proxenetas).

Hoy día es complicado encontrar personajes tan alienados y complejos como Travis, más allá de esa oscuridad superficial de diseño que recurre a carteles que recuerdan al clásico de Scorsese pero que no tienen, y quizás ni lo pretenden, la misma profundidad.

Eso sí, hay excepciones que han conseguido trasladar ese espíritu de corte nihilista y casi existencial de Taxi Driver como Nightcrawler, dirigida por Dan Gilroy e interpretada por Jake Gyllenhaal, o, en el mundo del cómic, la serie Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons, cuyos personajes Comediante y Rorschach deben mucho a Travis.

Una escena de la película 'Taxi Drivers'.

Una escena de la película ‘Taxi Driver’.

Sea como sea, creo que Taxi Driver es una producción que quizás hoy sería difícil de producir. Afortunadamente, en 1976 se estrenó esta joya del cine, hoy clásico intemporal, que, además, ganó la Palma de Oro en Cannes y tuvo cuatro nominaciones a los Oscar.

Taxi Driver supone la consagración de un director con un estilo único que se mueve como pez en el agua entre lo culto y lo popular

Con varias películas a sus espaldas, Taxi Driver supone la consagración de un gran director (y cinéfilo) que, con un estilo único y desenfadado, se mueve como pez en el agua entre lo culto y lo popular, siendo referencial sin ser obvio ni obsesivo con el guiño cinéfilo y enciclopédico. A día de hoy, Scorsese sigue siendo un referente único, cuyas obras generan interés y destellan, en muchas ocasiones, momentos sublimes.

Taxi Driver parte de un guion original de Paul Schrader en el que destaca el punto de vista de su protagonista, reforzado por la increíble realización de Scorsese y los monólogos interiores (y enfermizos) que expresan lo que siente Travis.

Travis puede verse como un samurai sin señor, un tipo de clase media-baja que luchó por una guerra que no generó

Más allá de la famosa analogía del taxi como “ataúd andante” y de su visión nihilista, el filme supone un inquietante estudio de la sociedad moderna a través de la figura de un “samurái sin señor” que recorre las calles de Nueva York como si se tratara del salvaje oeste.

Travis puede verse como un samurai sin señor, una metáfora sencilla para explicar, de forma poética, que estamos ante un juguete roto de la sociedad, un tipo de clase media-baja que luchó por una guerra que no generó, quizás sin saber por qué ni para quién luchaba, y que acabó vomitado a las alcantarillas.

Sabemos poco del pasado de Travis, más allá de que se trata de un excombatiente… pero sentimos todo lo que ha sufrido y lo que lleva dentro: un infierno generado por una sociedad que, a veces, es una fuente de complejos y aislamiento social. Lo peor de todo es que no estamos hablando de una película actual (con lo que podrían dar de sí las redes sociales), sino de un film de la década de los setenta, con una visión trágica de la soledad moderna que, hoy, tristemente, permanece en nuestras retinas.

Lo más inquietante del film es el triste reflejo de la soledad a la que se enfrente el ser humano en la gran ciudad

Porque, más allá de la violencia y de la oscuridad del relato, apoyada en la estupenda e inquietante música de Bernard Herrmann, lo que realmente inquieta del film es el triste reflejo de la soledad a la que se enfrente el ser humano en la gran (y despersonalizada) urbe moderna. No es fácil sentirse cómodo cuando Travis se mira al reflejo o, mejor dicho, cuando nos mira a nosotros, apunta con su arma y nos dice: “¿Hablas conmigo?”.

“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.” Lo cierto es que esta frase de Friedrich Nietzsche bien podría aplicarse al abismo en el que se mira Travis, un  abismo puede inquietarnos mucho al asomarnos y adentrarnos en él. Travis puede ser un monstruo o, simplemente, el tipo de personaje que se encuentra debajo de la alfombra en la que, a veces, se ocultan los  pecados y miserias de la sociedad.

Quizás su historia no sea más que una fábula atemporal sobre los monstruos que genera una sociedad obsesionada no tanto con la soledad sino con aislarnos para que nos sintamos completamente solos.


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