El erizo azul se dirige, a velocidad ultrasónica, hacia la auto-destrucción de un modelo artístico-empresarial

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14 Feb 2020
Víctor Esquirol

Los que alguna vez hemos navegado las aguas tanto del cine como de los videojuegos (y especialmente los que seguimos transitando entre unas y otras) sabemos que existe una especie de profecía consistente en el momento de éxtasis divino que experimentaremos el día en que un medio y el otro confluyan en perfecta armonía. Se trata, visto lo visto, de una quimera; de una “tierra prometida” a la que parece que no se pueda llegar.

No obstante, es una búsqueda a la que debemos prestar atención, pues nos habla, colateralmente, de una pugna que por definición es importante. No en vano, lo que aquí está en juego es ni más ni menos que el trono del audiovisual.

O sea, que lo que se debe determinar es cuál de los dos artes (de cine y de videojuegos sigo hablando) es capaz de conjugar más efectivamente las imágenes y los sonidos, para convertirse así en el medio que conecte con más gente; el más popular, vaya.

Silent HIll, la honrosa excepción

Lo que pasa es que en el algún momento del camino, hartos de sobrevivir a base de excepciones (algunas de ellas, gloriosas, como la Silent Hill de Christophe Gans) no fuimos pocos los que dejamos de creer. Ya no esperamos la llegada de este momento, o al menos, ya no la esperamos donde una vez creímos que iba a llegar.

A lo mejor la tan deseada confluencia va producirse cuando estemos empuñando un mando que ponga a prueba nuestros pulgares… y que redefina, de paso, el papel del consumidor del producto (que nos haga abandonar la posición de mero espectador para convertirnos en algo más activo).

A lo mejor algunas de las obras de Quantic Dream, Playdead, Team ICO o Naughty Dog ya estén muy cerca de esa tan deseada experiencia fílmico-interactiva definitiva… Y a lo mejor, tendría que calmarme un poco, porque esto, al fin y al cabo, no es más que otra cinta familiar.

Solo que tal vez, y solo tal vez, ahí esté el problema. En la indulgencia con la que un producto de entretenimiento cinematográfico de supuesta primera línea nos pide que nos acerquemos a él. Esto es (conviene no olvidarlo) una producción que ha costado más que lo que seguramente ganaría yo en en doscientas vidas de crítico de cine freelance.

Venimos además (recordémoslo, por favor) de uno de los episodios más bochornosos (por extremadamente ridículos) que últimamente nos haya brindado la industria hollywoodiense.

Hará ya un año (con la broma) que vio la luz el primer tráiler de Sonic, la película, adaptación cinematográfica a imagen real (es un decir) de las aventuras de una de las criaturas -antaño- más populares en el vasto reino de los videojuegos.

A los fans del material original les pareció una ofensa. Los demás opinábamos que debía tratarse de un chiste de mal gusto

Lo que sucedió estuvo incomprensiblemente fuera de los cálculos de los productores: la masa virtual de internet se encolerizó (o explotó en un ataque incontrolable de risa) ante el diseño de ese velocísimo erizo azul. A los fans del material original aquello le parecía una ofensa; los demás opinábamos que debía tratarse de un chiste de mal gusto.

Un cambio de apariencia

El caso es que el equipo de la película rectificó, de aquella manera, cambiando la apariencia del monigote. Y ahí está, seguramente, la única moraleja valiosa que nos deja esta película. A saber: ninguna operación de cirugía estética puede arreglar los problemas que te corroen por dentro.

Porque como cabía esperar, Sonic, la película (versión 1.1) es el resultado lógico de un producto que cuando echó a andar, no sabía con qué cara mirar al mundo. En la dirección de dicho proyecto, por cierto, debuta Jeff Fowler, un novato que de momento se nos muestra con la misma actitud con la que se presentó, al principio, su creación virtual.

Lo primero se arregló con una operación facial llevada a cabo con la ingeniería digital presuntamente más puntera, y sí, cuando llegó el segundo tráiler, los ojos ya no sangraban… pero es que con esto no basta. No debería bastar.

Irónicamente, el villano de esta función (encarnado por un Jim Carrey en su salsa, sin lugar a dudas uno de los pocos activos realmente potentes del conjunto) es un psicópata que desprecia a cualquier ser humano que no sea él, y que solo es capaz de empatizar (por así decirlo) con sus amadísimas máquinas.

Jim Carrey, en su salsa, es sin lugar a dudas uno de los pocos activos realmente potentes del conjunto

Esta más que probable metáfora visual del alma de algún que otro ejecutivo hollywoodiense se pasea constantemente por una pantalla que en ningún momento muestra la más mínima señal de querer aprovechar la ocasión que se le brinda.

No hay ningún subtexto posible en Sonic, la película (v 1.1)… a pesar de que esta se empeñe, una y otra vez, en ser testigo de algunos de los peores males que se están cebando con una industria a la que cada vez le cuesta más ocultar la decadencia en la que está sumida. En 2020, los videojuegos están más cerca que nunca del reino de los sueños, y por esto estimulan como ningún otro producto.

Sonic, una franquicia intranscedente

Mientras, el cine se fija en una franquicia ahora mismo tan intrascendente como Sonic, y a la hora de la verdad, tira de los mismos recursos narrativos y estéticos en los que se aferraba gente como Bryan Singer… hará ya más de cinco años (es decir, en pleno declive de su carrera).

El erizo azul se dirige así, a velocidad ultrasónica, hacia la auto-destrucción de un modelo artístico-empresarial. Lo hace sin querer, claro está, pero la estela luminosa que deja tras de sí, no deja de acentuar las sombras de un camino que, insisto, solo puede llevar al agotamiento.

El erizo azul se dirige así, a velocidad ultrasónica, hacia la auto-destrucción de un modelo artístico-empresarial

Cada broma dialogada, cada gag visual y cada chascarrillo llega años tarde. Ya ha sido visto y escuchado antes… y aun así, ahí sigue, como un triste eco de lo que antes funcionaba, y ahora simplemente ya cansa. Es la nostalgia convertida en roña.

Cine del Apocalipsis; cine moribundo: James Marsden, pobre, mira con ojos confundidos a los ojos muertos de un bicho que por no saber, no sabe si esta va a ser su apariencia definitiva. En este momento crítico de indefinición nos hallamos. Así está el nivel.


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