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Alejandro Ávila

La Berlinale se ha mantenido un año más fiel a su espíritu comprometido con la realidad. Y lo ha hecho en el fondo y en las formas, preocupándose de que haya un 41% de posibilidades de que el Oso de Oro se lo lleve a casa una directora de cine.

La ciudad de Berlín vibra y su festival se estremece a su son, dejándose llevar por su apertura de mente, su multiculturalidad y su franqueza. Así, en su último año al frente del festival alemán, Dieter Kösslick ha seguido explorando ese cine asiático, africano y latinoamericano que tantas satisfacciones nos ha dado desde que Occidente dejó de mirarse el ombligo.

Ozon: golpe a los abusos sexuales en la Iglesia

Desde Francia nos llegó uno de los primeros golpes al estómago, en un retrato nada indulgente sobre los abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia Católica francesa. Un irreconocible François Ozon presentaba a concurso By the Grace of God, que podríamos considerar un híbrido de la oscarizada Spotlight y la exquisita El club, de Pablo Larraín, estrenada hace unos años en este festival.

Al contrario que en Spotlight, aquí son las propias víctimas las que indagan cual Sherlock Holmes, en los abusos sexuales a los que fueron sometidas por los sacerdotes de su parroquia y sus campamentos de verano.

A través de un género tan bíblico como el epistolar, Ozon retrata la resistencia de la Iglesia a renovarse y entregar por las buenas a los criminales que abusaron de cientos de niños, que no solo habían depositado en ellos su confianza, sino también su fe.

By the Grace of God

Hay películas que emocionan, otras que nos dejan indiferentes, algunas que duelen casi físicamente y, por último, las que nos repugnan hasta la náusea. A estas últimas pertenece The Golden Glove, la película que Fatih Akin acaba de sacar de los mismísimos infiernos.

Con ella, el alemán Akin abre la caja de Pandora, retratando los desmadres del asesino en serie Fritz Honka en los tugurios setenteros de Hamburgo. ¿Está el director alemán retratando el lado más oscuro del alma humana o, por el contrario, está regodeándose en sus miserias y provocando puerilmente al espectador? Le toca a cada espectador hallar su respuesta.

En el caso de este periodista, sólo encuentra un festín de crueldad, que se regocija en el destino de las víctimas. Todo asquea. Empezando por el filtro amarillento de la película y terminando con la histriónica interpretación de Jonas Dassler, que da vida al asesino en serie de un Hamburgo, que se antoja el reverso tenebroso de aquella ciudad jovial, vibrante, multirracial y optimista de Soul Kitchen.

The Golden Glove

La violencia descarnada, la dureza de los puñetazos, los desmembramientos, los asesinatos, la suciedad de la casa, el propio protagonista… todo está orquestado para levantarle las tripas al espectador propenso a ello. Sin embargo, lo peor es el retrato pesimista, sin hálito de esperanza, que dibuja del alcoholismo y de esa miseria económica y moral que lleva a sus víctimas a bajar, sin billete de vuelta, a los mismísimos infiernos.

Noruega salvaje

Quizás para ver esta película, deberíamos haber seguido el consejo del padre del protagonista (Tobias Santelmann) de Out Stealing Horses, quien, mientras desbroza ortigas con las manos, le espeta a su hijo: “Nosotros decidiremos cuándo nos duele”.

Out Stealing Horses es una película noruega correcta, con un exuberante diseño de producción, que se beneficia del esplendor natural del país nórdico. En ella confluyen un presente y un pasado, en el que Trond, interpretado por Stellan Skarsgard en su vejez y Jon Ranes en su adolescencia, aúna el coming of age con el género crepuscular.

Out Stealing Horses

La obra de Hans Petter Moland nos recuerda por momento al Terrence Malick de El árbol de la vida, en su retrato de la infancia, la naturaleza y una figura maternal no exenta de erotismo. Sus personajes son como héroes nórdicos que creen poder dominar la naturaleza a su antojo, pero que en realidad están condenados por sus trágicas pasiones mundanas, la soledad y la muerte.

La tragedia de los niños maltratados

System Clasher (Nora Finscheidt) es una de las películas más notables de la sección oficial de este año. Un retrato del drama (por no decir tragedia) de los niños maltratados y del círculo vicioso de recuperaciones y recaídas a los que se ven sometidos, mientras deambulan por los servicios sociales.

Aparte del trabajazo de la joven y rubísima Helena Zengel, uno de los aspectos más interesantes de la película de Finscheidt es la recreación, en su propio ritmo, de esos altibajos. Aunque pueda terminar extenuando al espectador, se trata de una reproducción del agotamiento que producen estos casos perdidos.

System Crasher

Muy interesante también el planteamiento de la austriaca The Ground Beneath my Feet (Marie Kreutzer), una dura crítica a la inhumana competitividad del mercado laboral actual. Y también, una mirada a la conciliación y de la condena para tantas y tantas mujeres obligadas a ocuparse de sus seres queridos por el mero hecho de ser mujer.

Se trata de un viaje a la locura protagonizado por Lola (Valerie Pachner), perdida en su ambición profesional, y que está lleno de detalles feministas como el trío de mujeres que la protagonizan (Pachner, Pia Hierzegger y Mavie Hörbiger).

Por el matrimonio igualitario

Isabel Coixet ha sido, por su parte, la única representante española que ha competido por el Oso de Oro en esta 69ª edición de la Berlinale. Lo ha hecho con un alegato sobre el matrimonio igualitario, basada en una historia real de principios del siglo XX: Elisa y Marcela. Así se llamaban las dos mujeres que lograron engañar a un párroco gallego para poder casarse en 1901, al hacerse pasar por hombre y mujer.

Elisa y Marcela

El retrato del primer matrimonio igualitario de la historia de España ha generado un divorcio entre el público y la crítica. Se trata, en cualquier caso, de una emocionante historia, con un comienzo almibarado, que contrasta con una segunda parte más dura y sólida. Una historia en blanco y negro protagonizada por Natalia de Molina y Greta Fernández, en la que el amor triunfa por la senda de “tus lunares”. Esta Berlinale ha sido también la de la despedida de Agnès Varda, que se ha jubilado a sus 90 años con el emotivo documental autobiográfico Varda by Agnès.

Triunvirato de veteranas europeas

Este triunvirato de directoras veteranas lo ha completado Agnieszka Holland, quien, como presidenta de la Academia Europea del Cine, ha dado visos de oficialidad a una tendencia clamorosa: la crítica al sistema represivo soviético por parte de los cineastas de la Europa del Este, que tan fidedignamente recogió el Festival de Cine Europeo de Sevilla.

Mr. Jones tiene aires de telefilm (al fin y al cabo, el medio catódico no le es ajeno a a Holland, que ha dirigido capítulos de The Wire, House of Cards y la primera serie polaca de Netflix), pero su registro se vuelve especialmente interesante cuando el periodista galés Gareth Jones (James Norton) se adentra en la Ucrania profunda, donde es capaz de documentar la hambruna con la que Stalin está matando a la población ucraniana.

Mr Jones

También de comunismo, pero en otras latitudes, habla el So Long, my Son de Wang Xiaoshuai. Es, sin lugar a dudas, la obra maestra de festival y la gran rival de la obra israelí antisionista Synonyms (Nadav Lapid) o la celebrada God Exists, Her Name is Petrunya (Teona Strugar Mitevska). So Long, my Son es nuestra favorita para llevarse el Oso de Oro la velada de este sábado.

Una película china de tres horas resulta, a priori, un hueso duro de roer, pero bastan unos minutos de metraje para comprender que Xiaoshuai hace funcionar los engranajes de su largometraje con la exactitud de un reloj.

Una pareja, interpretada por Wang Jingchun y Yong Mei, nos guía por más de tres décadas de historia china, mientras conocemos la trágica pérdida de su vástago, el aborto forzado (debido a la política de hijo único de la Revolución Cultural) y la adopción de un niño.

So Long, My Son

La genialidad de la película, lo que la convierte en una obra maestra, es su capacidad para unir la historia de China con la de unos personajes con los que padecemos y vemos envejecer, mientras reflexionamos sobre el sentido de la vida y el paso del tiempo, funcionando así a varios niveles.

So Long, My Son goza de unas interpretaciones soberbias y un equipo de maquillaje que no solo consigue hacer creíble el envejecimiento de los personajes durante más de 30 años, sino que nos va situando temporalmente en una historia, que avanza y retrocede a una velocidad (casi) de vértigo.

Su montaje, una de las claves de la película, no sólo trata con inteligencia al espectador depositando en él toda su confianza, sino que, junto a su trama e intrigas, consigue mantenerlo atento en cada uno de sus 175 minutos.

Las otras joyas

Con una selección de más de 400 películas, la Berlinale se antoja un complejo mapa del tesoro, donde parte de la diversión para el cinéfilo es descubrir esas joyas escondidas en sus múltiples secciones paralelas.

Una apuesta segura era Staff Only de Neus Ballús, que venía avalada por el éxito de La plaga, su anterior largometraje. Protagonizada por Sergi López, la debutante (y joven) Elena Andrada y el senegalés Diomaye Ngom, la película de Ballús supone una vuelta de tuercas a las relaciones entre turistas europeos y la población africana local. De ese modo, Ballús nos enfrenta a nuestros propios prejuicios, recelos y torpezas a través de los personajes interpretados por López y Andrada, padre e hija en la película.

Staff Only

Desde Asia, Corea del Sur ha ofrecido una buena dosis de esa locura, violencia, psicopatía y mala leche que tantas veces ofrecen sus autores con el Idol de Lee Su-Jin, mientras que una de las grandes joyas de la sección Forum ha llegado desde Irán, donde su población y sus artistas se encuentran cada vez más entre la espada de su régimen fundamentalista y la pared de las sanciones trumpistas.

Así, Leakage nos narra la historia de una mujer madura que suda petróleo. Foziye (Armik Gharibian) se debate en un mar de dudas: que no sabe si lo que le ocurre es un superpoder o una maldición. Por un lado, ese petróleo es fuente de riqueza y, por otro, una condena que la enferma a ella, sus seres queridos, los animales que la rodean y hasta el agua que bebe.

Leakage

No es difícil ver el paralelismo que traza su directora, Suzan Iravanian, con la maldición de las reservas de hidrocarburos en Oriente Medio, fuente de numerosos conflictos bélicos. Asimismo, el petróleo que emana del cuerpo de esta mujer madura, y que recuerda a la menstruación, puede interpretarse como la maldición de ser mujer en Irán.

De nuevo, el cine iraní recurre a las metáforas y los mensajes herméticos o crípticos para denunciar la grave situación de violación de derechos que se vive en el país oriental y poder sortear así una censura, que extiende sus tentáculos hasta los coloquios posteriores a las películas, a los que acuden funcionarios iraníes y que pueden poner en aprietos a los cineastas, a su regreso a Irán. La censura está servida.

Uno de los ‘grandes’ escándalos de esta Berlinale ha sido precisamente la cancelación de la proyección de One Seconddel maestro Zhang Yimou. Aunque desde el primer momento el festival ha alegado “razones técnicas”, la sombra de la censura china, vistos los precedentes, se extendió como un clamoroso rumor por los mentideros del festival.


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