juan antonio bermudez
Juan Antonio Bermúdez

Título originalRoma
Duración: 135′
Nacionalidad: México/Estados Unidos
Dirección, guion y fotografía: Alfonso Cuarón
Montaje: Alfonso Cuarón y Adam Gough
Dirección de arte: Carlos Benassini y Óscar Tello
Intérpretes protagonistas: Yalitza Aparicio (Cleo), Marina de Tavira (Señora Sofía), Nancy García García (Adela), Verónica García (Señora Teresa), Diego Cortina Autrey (Toño), Carlos Peralta (Paco), Marco Graf (Pepe), Daniela Demesa (Sofi), Jorge Antonio Guerrero (Fermín), Fernando Grediaga (Señor Antonio), José Manuel Guerrero Mendoza (Ramón), Latin Lover (Profesor Zovek)

El vínculo de Roma con la todopoderosa Netflix, productora y dueña de sus derechos, ha generado tanto ruido que a menudo ha distraído la atención sobre algo fundamental: es una excelente película DE CINE.

Tan estéril me ha parecido la indignación de algunos por su integración en el estándar de los reconocimientos desde su León de Oro en Venecia (primer festival de renombre que se anima a encumbrar en su palmarés a una obra de plataforma) como el recelo de Netflix con la exhibición en salas. Creo que el cine del futuro cercano será multisoporte o no será, pero esa es otra cuestión que excede a esta crítica.

Lo cierto es que las características visuales y sonoras de Roma agradecen ese visionado en pantalla grande que en gran medida nos ha sido hurtado, aunque incluso encajonada en los pixeles de una tablet conserva sus conmovedoras capacidades de gran obra cinematográfica.

Alfonso Cuarón domina como pocos la fluidez del relato. Lo sabe cualquiera que haya seguido su carrera al menos desde aquella acelerada catarsis sexual, emocional y social que era Y tu mamá también (2001), su tercer largo y su presentación en sociedad a escala internacional.

En Roma se arriesga a hacer cine de autor con herramientas y procesos del más puro espectáculo audiovisual. Le sale muy bien.

La cámara ronda siempre a Cleo, joven criada de una familia burguesa en el DF de los 70. Pero lo hace mediante unos planos muy abiertos que muestran el contexto de este personaje, reconocido por el director como trasunto de la tata mixteca que lo crió.

Virtuosas y sostenidas panorámicas van revelando rincones, actitudes y acciones, lo brusco y lo tierno, la complicidad y el clasismo. Al fondo, transparentándose tras las ventanas, las conversaciones y los programas de televisión, la historia con sus mayúsculas y minúsculas. Y en medio, filtrándose entre todas esas capas, la vida, en un momento terrible y en el siguiente ridícula hasta la carcajada.

Quien se aburra con Roma es que probablemente se aburre con la vida misma, algo que tampoco es un delito.

¿Hay algo de impostura en el manierismo autorial de gran presupuesto? Claro que si, partiendo de la misma elección del blanco y negro como tópico medio ambiente de la nostalgia que soluciona una fotografía prodigiosa.

Es ese manierismo, en cierto modo apabullante, justo el que favorece que una película como esta haya logrado diez nominaciones a los Oscar, incluyendo el insólito doblete en las categorías de Mejor Película y Mejor Película de Habla no inglesa, además de las merecidísimas opciones en Dirección, Diseño de producción y Mejor actriz protagonista para Yalitza Aparicio (debutante y maestra de preescolar, hasta ahora), entre otras.

Hay, por supuesto, muchas posibilidades menos fastuosas e integradas de contar historias similares, muchos ejemplos que van pasando casi a oscuras bajo el foco de los festivales, las carteleras y los medios.

Pero es justo considerar también la honestidad en la mirada de Cuarón, su inteligencia a la hora de esquivar tentaciones paternalistas y excesos sentimentales. Y su habilidad para tramar todos los privilegios profesionales de los que dispone en una ficción que rezuma verdad y habla, como toda gran obra artística, de lo esencial humano.

 

 


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