Ratatouille 1

La cocina es una forma universal de hablar de las pasiones, la vida y la profesión. Manuel H. Martín reflexiona sobre el éxito, el trabajo artístico y la crítica a través de una de sus películas preferidas de Pixar: ‘Ratatouille’

Manuel H. Martín
28 Jun 2019
Manuel H. Martín

El sabor del éxito es relativo. Mucho. Entre el éxito y el fracaso (relativos siempre) ocurren otras cosas. Quizás, si cabe, ocurren cosas interesantes, más sencillas, simplemente la vida.

Y lo cierto es que, a medias entre todas estas ideas, siempre queda el simple hecho de dedicarnos a nuestro trabajo con pasión, dedicación y mimo. Querer lo que hacemos sin esperar nada a cambio. Querer, sencillamente, que las cosas salgan bien. Unos lo llaman amar la profesión, otros simplemente ser profesionales. Cualquier de los dos conceptos son válidos y complementarios.

Aunque también es cierto que, ocurre, a veces, que nos cuestionamos sobre el sentido de nuestra pasión y, en definitiva, de nuestra vida. ¿Cuántas películas han hablado sobre ello? Muchas, unas de forma velada, otras de forma directa.

Entre las que lo han hecho de forma directa, encontramos a Ratatouille, mi película preferida de Pixar hasta la fecha por, desde mi punto de vista, su redondo guion, ritmo impecable, estupendos personajes, maravillosas escenas y gran moraleja (que no moralina) final.  Con todos estos valores, hablar de Ratatouille puede resultar incluso actual.

Hace solo unos días leía en prensa un artículo sobre algunos chefs de alta cocina, muy reconocidos, que habían dejado sus prestigiosos negocios, cambiando radicalmente su vida profesional y personal. Estos chefs seguían amando su trabajo, pero quizás buscaban otra forma de afrontar los retos y la vida. Sea como sea, hablar desde algo tan familiar y que todos conocemos como la cocina es una forma universal de hablar de las pasiones, la vida y la profesión.

Brad Bird es el director de otras grandes obras de cine como El gigante de hierro Los increíbles

Volviendo al título que nos ocupa, estamos ante el tercer largometraje de animación de Brad Bird, director de otras grandes obras del cine (no solo de animación) como El gigante de hierro o Los increíbles. Ratatouille cuenta la historia de Remy, un ratón que sueña con convertirse en chef de alta cocina, con un particular “maestro espiritual”, el recién fallecido chef Gusteau, y su lema “cualquiera puede cocinar”.

Para conseguir su sueño, Remy vivirá todo tipo de aventuras, acabando por accidente en la ciudad, alejándose, por momentos, de su familia y los suyos para termina colaborando con un humano (como si este fuera su robot) para poder cocinar “desde la sombra” hasta que todo sea descubierto. Más allá de la trama, lo que hace grande a Ratatouille es su tono de fábula con la que cualquiera de nosotros podemos identificarnos.

Un tono por el que han apostado otros títulos cinematográficos aparentemente dirigidos a un público infantil pero que tienen mucho más que contar como, por ejemplo, Babe, el cerdito valiente. En ambos filmes, sus protagonistas animales sueñan con una profesión (y una vida diferente) a la que, por origen, parecían estar destinados. Uno es un ratón que quiere ser un gran chef,  otro un cerdo pastor ovejero.

Volvamos a Ratatouille. Porque está claro que Remy podemos ser cualquier de  nosotros. ¿Quién no ha soñado con dedicarse a algo imposible? ¿Quién no ha soñado con salir del mundo que conoce (su ciudad, su pueblo, su barrio…) e intentar dedicarse a lo que ama? ¿Quién no se ha sentido incomprendido alguna vez a lo largo del camino? Muchas de estas preguntas podrían rondarnos por la cabeza, por eso es lógico que muchos veamos en ese pequeño (y, sí, adorable) ratón Remy un reflejo en el que inspirarnos.

Pero, quizás, lo más interesante de la película no sea la lucha por los sueños sino todo el proceso por el que transita Remy para llegar a cumplir su sueño. Un sueño que, sin embargo, de algún modo, falla: Remy no acaba siendo el chef de en un reluciente restaurante de reconocimiento internacional de alta cocina sino el cocinero de un restaurante que combina lo mejor de la tradición (y a la familia) con nuevos sabores.

Ahora, rebobinemos un poco, ¿ha fallado Remy? Con los años, puede que veamos que no. Porque el éxito para Remy es dedicarse y seguir trabajando en lo que le gusta, disfrutar sin esperar gran reconocimiento y, además, hacerlo trabajando buscando dar lo mejor de sí, sin olvidar sus orígenes e intentando llegar a todo el mundo. Un reto muy difícil, tanto como el de hacer una película sobre un ratón que quiere ser chef.

La escena de Anton Ego probando el ratatouille sitúa la película en un nivel tan alto que nos permite identificarnos con él

Si algo destaca, por encima de todo el conjunto fílmico, es la escena que da nombre a la película, aquella en la que el crítico Anton Ego prueba un tradicional ratatouille francés (una especie de pisto). Una escena increíble en la que la cámara se adentra en los ojos de Ego para hacer cambiar al personaje, tornando su rostro oscuro hacia la relajación y la luz en cuanto prueba un plato que le hace recordar a la humilde cocina de su madre cuando Anton era solo un niño.

Esta escena sitúa a Ratatouille en un nivel, al menos emocional, muy alto, haciendo que no solo que lleguemos a identificarnos con Remy sino también con un perfil contrario como es el de Anton Ego. Gracias a esta escena y otros elementos que nos han llevado a ella, Ratatouille se adentra en el concepto de humildad, especialmente con la posterior crítica que escribe el propio Ego, en la que se recoge un texto increíble de fragmentos inolvidables: Nos regodeamos en las críticas negativas, que son las más divertidas de escribir y leer. Pero el hecho más amargo que debemos afrontar los críticos es que, a la hora de la verdad, cualquier producto mediocre tiene, probablemente, más sentido que la crítica en la que lo tachamos de basura”.

El tremendo reconocimiento al trabajo, al esfuerzo y a la humildad es lo que hacen que vuelva a ver Ratatouille de vez en cuando. Creo que es un film muy recomendable para descubrir, ver o volver a ver. “No es que cualquiera pueda convertirse en un gran artista, sino que los grandes artistas pueden proceder de cualquier lugar.” Así cerraba Anton Ego su crítica al plato preparado por Remy.

Tanto en la cocina como en el cine, el principal objetivo es que nuestro público deguste y disfrute todo lo que hacemos

Puede que nos resulte inspiradora. Puede que la película nos ayude a ver las cosas de otra forma. A no recrearnos en la meta sino en el proceso, a recrearnos en el simple y sencillo éxito de seguir dedicándonos a lo que amamos. Esto puede servir para la profesión y para la vida, más aún cuando la profesión y la vida se fusionan tanto, y especialmente en profesiones como la cocina o el cine, donde nuestro principal objetivo es que nuestro público deguste y disfrute todo lo que hacemos.

Es recomendable ver Ratatouille de vez en cuando, da igual si estás empezando, terminando o en medio del camino, o incluso volviendo a empezar. Lo importante es el proceso, el camino, y no la meta. Puede que ese sea el verdadero sabor del éxito. Un camino que todos podemos intentar, da igual de dónde vengamos. Remy pudo, y nosotros, al menos, debemos intentarlo.


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