Esther Lopera
Esther Lopera

A mediados de los sesenta, cuando telefilms internacionales como Bonanza o El Santo se peleaban con producciones españoles como Silencio… se rueda, llegaba a los estudios de Televisión Española un chico tímido, con gafas, patillas y aspecto intelectual, con un currículum que se había forjado en tierras argentinas.

Hijo de actores, volvía a España con buen bagaje profesional, pero en Prado del Rey, en esos momentos apodado como ‘La Ponderosa’ (ese rancho cafre de la familia de cowboys), no le hicieron mucho caso.

El chico perseveró en su intento de perpetrar sus ideas en la caja tonta y en 1965 consiguió lanzar Mañana puede ser verdad, una serie de ciencia ficción dirigida por él, con la que desató una conmoción en la audiencia. Repitió fórmula un año más tarde con lo que se convertiría en la serie de culto Historias para no dormir.

Poco sabía el chaval en ese momento que su nombre estaría en boca de múltiples generaciones y mucho menos que –junto al realizador Jesús Franco– había empezado a escribir las primeras páginas del terror español. Empezaba a brillar Narciso Ibáñez Serrador, alias Chicho.

 

De profesión: Fabricante de pesadillas

Chicho ha conseguido alimentar las pesadillas de un montón de generaciones. Cuando era niña y la televisión todavía era una caja alucinante con imágenes en blanco y negro, solía irme a dormir a regañadientes cuando asomaban los dos rombos en la esquina, ahuyentada por el pavor de mis padres.

A veces, curiosa y algo insolente, me asomaba de cuclillas por la rendija de la puerta del comedor para descubrir qué sinsentido me prohibían ver. Recuerdo la presentación de Historias para no dormir: el rugido de una puerta abriéndose, las letras apareciendo en una sombra de luz y un grito ahogado que auguraba que lo ibas a pasar mal, muy mal. Empezaba a cocerse en mí un interés oculto por el género del terror que me perseguiría durante toda la vida.

Chicho creó su propia La hora de Alfred Hitchcock (1955-1965), director al que admira sobre todas las cosas, y forjó su personaje como presentador y promotor de terror con su serie. Constaba de diferentes mediometrajes de misterio, terror y ciencia ficción y se emitió desde 1966 y hasta 1982, pasando del blanco y negro al color, sin abandonar su fuerza.

Nuestro homenajeado firmaba sus propios guiones con el pseudónimo de Luis Peñafiel –porque le daba palo ver su nombre tantas veces en pantalla– pero también adaptaba relatos de Edgar Allan Poe y Ray Bradbury, entre otros literatos que harían las delicias de cualquier freak.

Su padre, Narciso Ibáñez Menta, protagonizaba casi siempre al personaje principal, porque Chicho tiraba de lo que conocía, lo que tenía cerca y lo que amaba; quizás por ello resulta un personaje tan auténtico y carismático.

La Residencia, un giallo español

Revolucionó la televisión española con sus ideas (el programa Un, Dos, Tres…responda otra vez es uno de los mejores de la historia de TVE) y navegó durante años en el teatro y en el cine. Como director de cine, dos películas le han bastado para que los mejores realizadores del fantástico y del terror del mundo citen su nombre cuando disertan sobre sus influencias.

Su primera incursión en el cine fue, en 1969, La residencia, un giallo gótico a la española que sigue a los artífices del género de origen italiano sin ningún tipo de vergüenza. La historia cuenta los tejemanejes de la señora Fourneur, la estricta directora de una residencia para señoritas, y su relación con las jovencitas estudiantes del lugar y con su propio hijo, un espía de vestuarios que se ve a escondidas con una de ellas.

Narciso Ibáñez Serrador escogió un reparto con algunos actores internacionales como pasaporte de entrada al mercado internacional, además de algunas caras conocidas del celuloide, como la de Víctor Israel, el secundario más oficioso del cine de terror, que trabajó en más de 200 películas durante toda su vida.

Consigue crear una atmósfera opresiva y enfermiza en un lugar de la Provenza, en el que el deseo y el sexo afloran sin pavor, luchando contra la censura. Y lo hace con primerísimos planos y ejecutando el primer asesinato grabado en cámara lenta del cine español. Un ejemplo más sobre cómo Chicho rompía las reglas convirtiéndose en el transgresor de nuestro cine. La película fue todo un éxito comercial y en el quinto mes de proyección todavía se formaban colas en los cines.

Rompiendo reglas, matando a niños

Si La residencia se ha convertido en un film de culto con los años, su segundo film, ¿Quién puede matar a un niño? (1976) ha derivado en el capítulo más importante de la biblia cinéfila de los amantes del terror. El título de la cinta lo dice todo. En un momento en que los niños eran ángeles en la pantalla y que mostrar ante la cámara los cuerpos de críos asesinados era algo atroz y antiético, aunque se tratara de ficción, nuestro director se tira a la piscina y vuelve a  poner el cine español patas arriba.

Basado en un relato de Juan José Pons, la historia cuenta cómo una pareja con una mujer embarazada va a disfrutar de una luna de miel tardía a una isla remota que parece estar habitada solo por niños. Pequeños diablos que animados –por quien sabe qué– se rebelan violentos contra todo adulto. La idea que le interesaba era mostrar qué pasaría si por una vez los que pagan el pato de las tragedias que ocurren en nuestra sociedad fueran los adultos.

Rodada entre tres localizaciones: Menorca, Sitges y Toledo, el film es quizás el más angustiante y terrorífico que una servidora ha visto, porque Chicho destila chorros de terror psicológico y se aleja de les efectos especiales. Nos regala planos en los que pone la cámara a la altura de los niños, consiguiendo un efecto de poder.

Parte de la culpa la tiene la partitura musical creada por Waldo de los Ríos, que consigue erizarnos el pelo y de la que se vendieron un montón de vinilos en su momento. La fotografía de José Luis Alcaide también hizo su parte: la luz blanca y el exceso de sol provoca una asfixia constante en el espectador, que combina a la perfección con las casas blancas de las localizaciones.

Las filias de Chicho asoman por el film desde los títulos de crédito: Los pájaros (Alfred Hitchock 1963), La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), y el referente más claro: El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960). Con los maestros sobre la mesa, solo podía salir una delicatesen. Una obra maestra imprescindible que ha envejecido sin perder su encanto y que es citada por directores de todo el mundo.

J.A. Bayona, quien le entregará el Goya de Honor este sábado, comentaba cómo Chicho le había asustado de niño con este film y Eli Roth, el protegido de Tarantino, afirmaba que es una de sus películas favoritas. En 2012, Makinov, un director bielorruso con una máscara, lanza un remake de producción mejicana que titula Juego de Niños, pero que no le llega ni a la suela del zapato.

Podríamos seguir revisando su prolífica carrera y no dejaríamos de elogiarle. Las nuevas generaciones verán cómo el domingo un señor mayor en silla de ruedas, algo castigado por la vida, recoge un cabezón en la Gala de los Goya y aplaudirán, porque seguro que el nombre les sonará. Los más viejunos verán al artífice de uno de los mejores programas televisivos, rodeado de azafatas bellas con gafas grandes, minifalda y botas brillantes hasta las rodillas.

Otros, en cambio, veremos a ese mismo señor sentado en un sofá victoriano, junto a una chimenea y unos candelabros, fumando un puro y enfundado en un traje con bufanda. Nos provocará una sonrisa melancólica y recordaremos cómo nos marcó nuestra infancia. Porque, después de todo lo que nos ha regalado… ¿Quién puede no amar a Chicho?

 


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