Las bambalinas de una gala de los Premios Goya da para más de una anécdota. La doble celebración de Belén Cuesta, las paelleras ardiendo más allá de Orión y las fiestas que lo petaron dieron para más de un cotilleo. Aquí la contracrónica de los Goya 2020

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29 Ene 2020
Alejandro Ávila

Ni los forros oscuros sobre los asientos de plástico. Ni las botellas de caro champán. Ni las deslumbrantes luces LED del escenario. Nada podía disimular que nos encontrábamos en un pabellón deportivo. En el paraíso del estadio, los presentadores parecían hormiguitas y el sonido llegaba lejano. Pero nada de eso importaba. Lo primordial era oír por primera vez, en vivo y en directo, y con indisimulada emoción, aquello de: «Y el Goya es para…».

La 34ª edición de los Goya no era una gala cualquiera. Se celebraba en Málaga tras el éxito de Sevilla y todo apuntaba a que iba a ser una noche de más gloria que dolor para Pedro Almodóvar. Y así fue.

«¡Mira dónde está colocado Almodóvar, en pleno centro!», comentaba Jorge Naranjo, cineasta sevillano y académico. El pelo cano y alborotado del director de cine manchego resplandecía, a contraluz, como una corona.

Junto a él, sus fieles escuderos Penélope y Antonio. A su alrededor, la corte de nominados. Y en las gradas, el fervoroso pueblo. Los seis premios Goya confirmaron la escenificación: acabábamos de asistir a la ceremonia de coronación del monarca del cine español. ¡Viva el Rey Pedro I!

Pero ese era solo el espectáculo público. La gala y las horas previas y posteriores fueron un hervidero de anécdotas y cotilleos en una inusual gala celebrada en el Martín Carpena, donde cada fin de semana tira a canasta el Unicaja.

Una alfombra roja… de campeonato

La alfombra roja se desenrolló en la pista de entrenamiento del equipo malagueño. Entre smokings y vestidazos, asomaban indisimuladamente las canastas de baloncesto. Era una inusual alfombra roja cuadrada, muy cómoda para los periodistas -que se movían con desenvoltura por el cuadrilátero interior- pero eterna para los invitados, que tenían que desfilar ante sus cámaras y móviles.

Le pedimos a una renombrada figurinista que nos analice los modelazos que se vieron en la noche más cinematográfica y mejor vestida del año. Lo resume así: «Mucho blanco y negro. Ha sido una gala con poco color, mucho blanco y mucho negro. Había una que iba como Scarlett O’Hara (Lo que el viento se llevó), con unos volúmenes que no los tenían ni en la serie La peste. Pero para mi gusto, la que iba mejor era Mona Martínez, con su vestido de lentejuelas».

«Había mucha pluma… de vestido, me refiero», puntualiza con una sonrisa pícara otra compañera. Fue el caso de una Natalia de Molina nominada a mejor actriz de reparto por Adiós de Paco Cabezas, que asistió con su hija a la gala. Desde el graderío superior no disimuló su emoción cuando le llegó el turno a sus tres actrices nominadas: Natalia de Molina, Mona Martínez y Pilar Gómez.

La ‘pluma’ de Natalia de Molina

Hasta la cocina…

En algún momento de la noche, algunas barreras de seguridad saltaron por los aires y mientras este cronista buscaba su asiento en la gala, terminó en algún punto indeterminado entre la alfombra roja y la grada, rodeado entre los nominados y viviendo un pequeño momento histórico de la crónica del cine andaluz: los productores andaluces de Intemperie (Marta Velasco) y La trinchera infinita  (Olmo Figueredo)-veinte nominaciones (ambas a mejor película) y cuatro premios- cruzándose por los pasillos del Martín Carpena y deseándose suerte mutuamente, poco antes de acceder a sus asientos.

Javier Gutiérrez, junto a Maribel Verdú, accediendo a la gala

Algunos nominados, que pudieron observar de primera mano algunos de los secretos mejor guardados de la gala, contaban que, tras pasar por la Sala Hola (y hacerse las fotos de rigor), pasaron a la de nominados, donde había un ágape, pero hacía más calor «que un cuarto oscuro» o «la cocina de una caseta de feria».

En esos tiempos muertos, pudieron observar que la mayoría de las actrices «están muy delgadas» y que muchos intérpretes apenas envejecen. «Allí había litros de bótox…», comentaban con sorna. Como les va la marcha, se quejaban de que durante la gala, «las filas estaban muy separadas y no podíamos gamberrear entre nosotros. Cuando tienes al equipo cerca, lo pasas mejor sintiendo el calor humano».

Uno de los gestos que pasó más desapercibido durante la gala fue el guiño que le dedicó el músico gaditano Javier Ruibal -mejor canción por Intemperie- al compositor Pablo Cervantes, que no solo ostenta el récord de Premios Asecan del Cine Andaluz junto al sonidista Daniel de Zayas (La Isla Mínima), sino que protagonizó nuestro momento La La Land patrio en 2013 con Los niños salvajes.

No sabemos si Ruibal le guiñó un ojo por ese desafortunado incidente goyesco o porque ambos han compartido los últimos Premios del Cine Andaluz más musicales: mejor canción (Ruibal por Intemperie) y mejor banda sonora (Cervantes por Equipo D).

Javier Ruibal junto al periodista José Antonio Díaz

La gala, en fin, se terminó alargando hasta la 1.30 de la mañana y solo algunos afortunados pudieron jugar al despiste con la organización del catering, sustrayendo alguna botella de vino o consiguiendo unas gotitas de ginebra en su tónica.

Así lo logró un reconocido actor andaluz. Eso sí, a cambio de una foto con el camarero. Bien pasada la medianoche, y tras casi cuatro horas de gala, los invitados salieron en tropel al cóctel, lo que provocó un auténtico caos humano, al celebrarse el ágape en los propios vomitorios del estadio.

Premios Goya… la contracrónica

Paelleras ardiendo más allá de Orión

Camareras en pleno ataque de pánico, algún que otro insulto y empujones por doquier. He visto paelleras ardiendo más allá de Orión… o, al menos, ardiendo más allá de la grada C1, entre pajaritas y tacones.

«¿Pero adónde se llevan las paelleras?», se preguntaba, voz en pecho, una hambrienta invitada, mientras la madre de una nominada aprovechaba la confusión para robarle, en un descuido, un Goya para su hija. (Nota de este redactor: todo apunta a que se trataba de una dramatización orquestada por su salerosa hija para grabar un vídeo humorístico que lo petara en redes).

Mientras tanto, algunos daban cuenta de sus tapas observando a decenas de operarios que desmontaban el escenario nada más terminar la gala. El hambre y la claustrofobia hicieron huir a los más afortunados… aquellos que estaban invitados a las fiestas goyescas.

almodóvar ya lo es todo

almodóvar ya lo es todo

La más exclusiva fue la que organizó Antonio Banderas para medio centenar de amigos y familiares, aunque también estaba la de Movistar -que financia una parte nada despreciable del cine español- en el hotel más lujoso de Málaga, el Miramar, de seis estrellas. Un alojamiento donde además se rodó este verano el biopic de Celine Dion.

Las exclusivas fiestas que lo petaron

En cualquier caso, lo más jugoso de la noche se repartía entre dos fiestas: la de Orson Salazar -más conocido como el marido de Paz Vega- y la de La trinchera infinita en el Hotel Barceló. Mientras la primera presumía de ser la más exclusiva, celebrándose en el Palacio Limonar, la segunda fue, posiblemente, la más divertida y demandada, ya que la película contaba con 15 nominaciones y había mucho equipo andaluz con ganas de fiesta infinita (por favor, que no pase desapercibido el chiste).

En la fiesta-del-marido-de-paz-vega, algún que otro invitado presumía de tener la exclusiva invitación. Mientras tanto, otros -como la llamada Diva del Cine Andaluz– se limitaban a disfrutar con ojos extasiados lo que parecía «una fiesta del Vogue”. Un invitado cuenta que todo estaba “hiperpuesto. El palacio era de ensueño, con un montón de barras con todo tipo de bebidas. Era un flipe, en cada habitación que entrabas, había sillones, flores, photocalls…».

La selecta lista de invitados la componían, entre otros, Benito Zambrano, Ester Expósito, Leonardo Sbaraglia, Natalia de Molina o Asier Exteandía

La selecta lista de invitados la componían, entre otros,  los cineastas Benito Zambrano y Santiago Segura, la cantante Ana Guerra, la escritora Lucía Extebarría y los actores Ester Expósito, Leonardo Sbaraglia, Natalia de Molina o Asier Exteandía, entre otros. En la fiesta no hubo término medio: o una salita tranquila donde Segura daba cuenta de su gintonic o una asfixiante sala de baile subterránea.

Los que no estaban eran Los Javis, que se hicieron los longuis para estar donde de verdad se partía el bakalao: en LA FIESTA (sí, en mayúsculas) de La trinchera infinita. Al fin y al cabo, los creadores de la divertida Paquita Salas, no solo tienen olfato para la diversión, sino que celebraban el Goya a Mejor Actriz de Belén Cuesta, protagonista de La trinchera infinita y de su serie, Paquita Salas.

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Muchos ayer no sabían si felicitarnos o no. ¿Había que celebrar? ¡Pues claro que sí! Lo dimos todo por Belén y por los compis de sonido (Iñaki, Alazne, Xanti y Nacho), pero también por Antonio, Vicente, Luiso, Pascal, Yoly, Felix, Nacho, Lourdes, Saioa, Pepe, Ander, Jon, David, Javier, Laurent, Raúl y por todos los que han hecho posible esta increible película. Porque la pena no es llevarte 2 de 15. La pena (en todo caso) es que ya se ve el final de un largo trayecto que nos ha traído hasta aquí y que nos ha hecho disfrutar tantísimo con este maravilloso grupo de amigos. Pero volveremos a coincidir muchas veces, porque la conexión que ha existido en esta #LaTrincheraInfinita ha estado lejos de ser normal. ¡Viva La Trinchera manquepierda! ¡Viva Andalucía y gora Euskadi! #gotasdeoro #goyas2020

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Cuentan sus amigos más cercanos que la actriz malagueña ha vivido momentos de muchos nervios durante la temporada de premios, llegando a conjurar el estrés en un grupo de whatsapp con sus amigas más íntimas. Triunfante y liberada de los nervios, la intérprete no solo celebró su Goya, botellín en mano y temazos noventero en los pies, sino su propio cumpleaños. Su equipo la agasajó con una tarta de chocolate y un tradicional Cumpleaños feliz.

Carlos Areces convirtió la pista de baile en una danzante y entregada marea humana pinchando clasicazos de Nino Bravo, Queen o las Spice Girls

Pero todo esto no eran más que los prolegómenos a una fiesta en la que el cómico Carlos Areces convirtió la pista de baile en una danzante y entregada marea humana, con famosos como Arturo Valls, Ernesto Alterio, el premiado Enric Auquer (Quien a hierro mata), los propios Javis, la triunfita Amaia, Anna Castillo, Karra Elejalde -al que un grupo de fans abordó para una foto a las seis de la mañana- o Antonio de la Torre, por poner solo algunos ejemplos, dándolo todo.

La fiesta que lo petó

Mención aparte merece el buen rollo que han desprendido el trío de directores vascos de La trinchera infinita durante toda la promoción de la película. Jose Mari Goenaga, Jon Garaño y Aitor Arregi ya dieron muestras de sus dotes bailongas en el Festival de Huelva, pero el día más goyesco del año, danzaron como posesos sobre el escenario. Los denominados «directores vascos más andaluces» terminaron bailando sevillanas –Algo se muere en el alma cuando un amigo se va– junto al pinchadiscos.

Los denominados «directores vascos más andaluces» terminaron bailando sevillanas –Algo se muere en el alma cuando un amigo se va

Otros hits de la noche circulan por redes: We are the champions, con un público totalmente enfervorecido al grito de Queen, y Un beso y una flor, de Nino Bravo, con la que los directores, los productores y los protagonistas de la película -Belén Cuesta, Antonio de la Torre- se despidieron con la emoción a flor de piel.

Rondaban las seis de la mañana cuando el actor-dj Areces puso fin a la fiesta. Pero, como la marcha electrificaba los cuerpos más bailongos, algunos preguntaban por el after, otros por churros y unos cuantos aprovechaban el tobogán de la primera planta -hecho verídico- para salir disparados hasta la salida del hotel.

A lo largo del día siguiente, tras apenas cuatro o cinco horas de sueño, la estación María Zambrano comenzó a lanzar trenes de vuelta a Madrid y a Sevilla, con muchos académicos, nominados y premiados a bordo. El de las dos de la tarde llevaba a un nutrido grupo de representantes del cine andaluz. En uno de los vagones se formó lo que podríamos denominar el tren (andaluz) de los hermanos Marx: una melé de profesionales del cine comentando las mejores jugadas de la noche anterior.

«Goya a la Mejor Fiesta»

«¡Nos llevamos el Goya a la Mejor Fiesta!», «Almodóvar se está convirtiendo en su madre», «El pedazo de collar que llevaba la novia de Banderas, ahí había mucho brillante»… los chismorreos no dejaron dormir a más de una nominada, que terminó uniéndose a un after en el que faltaron las cervecitas, pero no las ojeras de felicidad, las risas y el buen rollo.

Y como todo viaje tiene un final, una pregunta lanzada al aire por un neófito, nos devolvió a todos a la realidad del domingo más melancólico: «Y a todo esto… ¿los Javis estos quiénes son?». Common people, que diría Pulp. Esa que nos trae de vuelta a la Tierra a los que soñamos con los ojos abiertos.


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